Los días siguientes a aquella reunión furtiva tuvieron la rutina de siempre. Cédric había ayudado a Zia a regresar a las casas donde los prisioneros descansaban, pero después de eso, ellos no se volvieron a ver en varios días.
Zia había prometido a sus padres que no se dejaría vencer por la presión de esos territorios, pero desde que Cédric los mencionó, siente que las fuerzas lo estaban abandonando. Sin embargo, empezaba a creer en él. 《Prometo averiguar lo que pasó con tus padres》, esas palabras retumbaban en su cabeza.
Si era honesto, no quería tener esperanzas, su único consuelo sería el saber finalmente lo que ocurrió, y ante la situación, esperar algo bueno no era una opción fiable. «¿Será que pudo encontrar alguna información?», se preguntó a sí mismo mientras trabajaba.
—¡No, por favor!
El grito repentino de una pequeña fue suficiente para sacar a Zia de sus pensamientos. Una niña inocente estaba siendo rodeada por soldados mientras suplicaba.
—¡Esos materiales costaban más que tu miserable vida! —dijo uno de los guardias, antes de propinarle una patada.
La niña soltó un grito de dolor y miedo cuando cayó al suelo, arrastrándose por el barro, terminó acorralada contra unos bloques de concreto. Presa del miedo, se abrazó a sí misma mientras miraba a sus agresores acercarse, ya no había espacio alguno por el cual pudiera escapar.
Zia observaba todo, completamente quieto en su lugar, su mente gritaba un montón de cosas. Una voz decía que no mirara, otra exigía que dejaran en paz a esa niña, después escuchaba que no se involucrara; estaba confundido, ¿qué debía hacer?
—¡Ahh me duele, suélteme, se lo suplico!
El sufrimiento de esa niña estaba generando un sentimiento de culpa en el corazón de Zia, y por más que miraba a los alrededores, nadie parecía estar dispuesto a defenderla, tenían miedo a las represalias, al riesgo que pueden correr. No era justo, ¿por qué tenían que soportar todo esto? Sus vidas eran tan pacificas antes de entrar en este infierno, no es justo, no es justo, no es justo, ¡no es justo!
—¡Quítate de en medio, asqueroso rumiriano! —gritó uno de los guardias.
Ahora el resto de los prisioneros observaban perplejos el cómo Zia estaba usando su cuerpo como escudo para proteger a la niña, recibiendo todos los golpes que los guardias le daban sin arrepentimiento.
No escuchaba nada, no hacía caso a nada, sólo estaba concentrado en proteger el cuerpo de esa pequeña niña, aunque ahora no sabía qué iba a ser de ellos. Al ver que Zia no soltaba a la niña, los guardias parecieron cansarse, y seguido de eso, perdieron el interés.
—Ah malditas escorias, déjenlos, no valen la pena, ¡lárguense a trabajar! —ordenó antes de irse y ser seguido por el resto, uno de ellos les pateó tierra.
Todo había pasado, sólo quedó el dolor y el susto del momento. La niña se aferró a Zia antes de echarse a llorar, tenía uno que otro golpe en el rostro.
—¡Quiero a mi mami, quiero a mi mami aahhh!
No había palabras de consolación para una pequeña que estaba herida, las palabras de un desconocido no provocarían la calma que sólo una madre o un padre podrían brindar, Zia no podía... hacer más por aquella niña que también había sido apartada de su familia.
Llegada la noche, todo era silencio y oscuridad en las casas de los prisioneros, pero como era de esperarse, Zia no era capaz de dormir, estaba confundido, indeciso. «Quiero que tú me ayudes», las palabras de Cédric resonaron en su cabeza, y tras soportar lo de hace un momento, comenzaba a pensar que tal vez... sólo tal vez...
—¿Te metiste en problemas?
Zia se levantó de golpe, luciendo la piel más pálida que la nieve. La mirada de Cédric se torció al ver la reacción de Zia, no vio venir que se espantaría tanto.
—¿¡Por qué apareces así!? —exclamó Zia en bajo.
—Shh puedes reclamarme después, vamos —dijo Cédric, jalándolo para que se levantara.
Una vez más y sin poder decir nada, Zia terminó siguiendo a Cédric hasta la posada; no pronunciaba palabra alguna, todavía se mostraba afectado por lo que pasó ese día.
—¿No te estas arriesgando mucho al hacer esto? —preguntó Zia, notando al instante el silencio de Cédric.
—El que se está arriesgando es alguien más, escuché que te metiste en problemas con los guardias, ¿buscas morir? —reprochó Cédric, y Zia desvió la mirada, ante esto, Cédric sólo suspiró
—Bueno, no importa, al menos estás vivo... escucha, la última vez te prometí que encontraría información de tu familia —dijo, sacando un sobre del bolsillo interno de su saco para entregárselo—, pero también recuerda que no prometí dar buenas noticias, esto es todo lo que está al alcance de mis manos.
Cédric recordó esos días en los que se lo pasó buscando a los padres de Zia, pero cuando pudo dar con ellos, ya era demasiado tarde. El padre ya había fallecido, y su madre estaba al borde de la muerte; Cédric hizo lo posible por concederle un último deseo, y se convirtió en el mensajero de sus últimas palabras.