Los secretos de la esclava

47. Persecución

Después de echar un vistazo luego de cierto tiempo, el hombre que las vigilaba finalmente dejó la carpa al ver a ambas mujeres completamente dormidas, fue en ese momento en que Soraya abrió los ojos primero antes de sentarse.

—¿Cómo vas con eso, Mare? —murmuró.

Mare abrió los ojos al instante mientras movía sus manos que estaban a sus espaldas, frotando la soga contra una roca que estaba cerca de ellas.

—Ya casi... estas cuerdas no parecen ser demasiado fuertes... —murmuró, pasando después a hacer algo de fuerza—. Vamos... un poco más...

La piel de sus muñecas ardía, pero eso no detuvo a Mare de continuar haciendo fuerza para que, al final, la cuerda ya desgastada por los roces, finalmente lograra ceder ante tal acción. Las manos de Mare quedaron libres, y en complicidad, Soraya también sonrió.

—Lo hiciste, Mare, tu idea fue maravillosa —dijo mientras volteaba para que pudiera desatar sus manos también.

—Bueno... me vi obligada a aprender algunas cosas —respondió con una pequeña sonrisa, desatando la cuerda que apresaba las manos de Soraya.

Mare se quedó en silencio por unos segundos, ya que podía ver un cierto brillo en las manos de Soraya, y poco a poco una espiral de arena se formaba sobre sus palmas. La peliazul recordaba ciertas cosas que Cédric y compañía le habían explicado con anterioridad, por lo que tuvo una idea de lo que estaba viendo.

—Magia del desierto —murmuró Mare, antes de ver cómo su amiga soplaba y provocaba que esa arena se esparciera—. Ese fue el llamado de auxilio que Zia les envió desde antes.

—Exacto, con esto, al menos seremos capaces de dar nuestra ubicación —explicó aquello de forma animada, ya que las cosas iban bien.

—Supongo que... deberíamos conseguir un arma —supuso Mare, pero justo en ese momento, ambas escucharon voces.

Las dos regresaron a las posiciones en las que estaban, parece que la oportunidad de obtener armas había llegado.

Uno de sus captores ingresó a la carpa, acercándose a ellas para verificar que siguen respirando, tanto Soraya como Mare no dejaron ver que se habían liberado de las cuerdas, fingieron tan bien que el hombre no vio nada sospechoso.

El momento fue crucial, en el mismo instante en que les dio la espalda para dejar la carpa, Mare fue la primera en lanzarse hacia sus piernas.

—¿¡Qué mierda!? —exclamó volteando a ver a Mare.

La fuerza ejercida en aquel agarre, más la sorpresa y la tardía reacción, provocó que él perdiera el equilibrio, terminando por caer de cara contra la arena; esta ayudó a que el sonido fuera amortiguado.

Soraya fue la siguiente en moverse, acercándose lo más rápido posible para aplicar una llave que cortaría todo flujo de oxígeno. Los movimientos bruscos para liberarse no se hicieron esperar, por esto mismo fue que Mare trató de sujetarlo mientras Soraya aplicaba más presión, no pasó mucho tiempo hasta que el hombre sucumbió. Lentamente, los forcejeos cesaron, y sólo quedaron ellas dos junto a una persona inconsciente.

Las chicas actuaron rápido, empezando con la espada que Soraya le arrebató, y a las manos y pies que Mare ató, incluso lo dejó amordazado.

—Con eso no debería de ser capaz de alertar a otros, ¿qué sigue? —preguntó, antes de sentir escalofríos al ver cómo su amiga se asomaba muy apenas fuera de la carpa—. S-Soraya...

—... hay demasiados bandidos cerca —comprobó antes de volver a entrar—. No podremos salir por enfrente, nos descubrirán.

Mare se mostró preocupada, pero respiró profundo para mantener la calma lo mayor posible. Analizando el lugar nuevamente volvió a acercarse al hombre que ahora estaba atado, y rebuscando un poco más, pudo encontrar un cuchillo más pequeño oculto en la pantorrilla. Con total sigilo, se acercó a la parte trasera de la carpa, y con cuidado, logró rasgar un poco de la tela.

—¿Qué haces, Mare? —consultó Soraya.

—... noté que las voces de los bandidos se escuchan más por el frente, con algo de suerte... la parte trasera podría estar libre —respondió, acercando su ojo al orificio de la carpa para observar qué había fuera—. Soraya, no veo a nadie por acá, podemos salir.

Soraya se mostraba muy impresionada por la percepción de Mare ante esta situación, no había duda de que su amiga era muy inteligente. No perdieron tiempo, y con mucho cuidado, terminaron de rasgar la tela, al menos lo suficiente para que ambas pudieran salir.

—Ve tu primero, con cuidado —indicó Soraya, mirando hacia atrás para hacer guardia por si alguien venía.

Mare miró hacia ambos lados una vez más, antes de dejar la carpa finalmente, aunque escuchar las voces ajenas provocaba pánico en su corazón, y por segundos se quedaba congelada. Sin embargo, Soraya estuvo detrás de ella para darle un empujón; con los latidos de ambas yendo a mil por hora, manteniendo un firme agarre entre sus manos para no separarse, lograron hacer distancia de lo que parecía ser un pequeño campamento montado en medio del desierto.

No podían detenerse, aunque lograron alejarse, no habían rocas que las ocultaran, por lo que seguía existiendo el riesgo de que las descubrieran. No saben cuánto tardará en llegar la ayuda, pero por lo menos, los bandidos ya no serán capaces de usarlas como rehenes, no mientras sigan manteniendo la distancia de ellos.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.