Mientras los novios disfrutaban de su momento privado en el lago, el ala de los villanos en la fiesta se volvió el centro de una videollamada muy esperada.
La Jefa, fiel a su instinto de controladora incluso en vacaciones, llamó a través de un portal holográfico. Valeria y Elara, sus hijas, sostuvieron el dispositivo mientras Jake, Kassandra y Lyra se amontonaban para entrar en el encuadre. Todos compartían risas y anécdotas, relajados por el ambiente festivo que se respiraba en el palacio.
¿Cómo va la fiesta en mi ausencia? —preguntó La Jefa con una ceja levantada, analizando el fondo de la imagen a través de su shuriken comunicador.
Todo bien, Jefa, está todo muy tranquilo —respondieron casi al unísono, ocultando las travesuras de la noche.
Más les vale —sentenció ella—. No quiero enterarme de que hicieron un desorden monumental mientras no estoy. Mantengan el perfil bajo.
En ese preciso instante, Oscar era la viva imagen del agotamiento. Estaba sentado en un sofá lateral, profundamente dormido, con su lámpara de fuego verde a un lado y su celular a punto de resbalar de sus manos flojas. Justo cuando el teléfono iba a impactar contra el suelo, el grito de La Jefa atravesó el portal
¡OSCAR, DESPIERTA!
El secunace dio un salto tan alto que casi activa su humo de hipnosis por accidente. Desorientado y parpadeando con fuerza, recuperó su celular en el aire y fingió que había estado prestando atención todo el tiempo. Tras las risas de los demás secuaces, la llamada terminó y todos intentaron volver a la normalidad, o al menos a lo que ellos llaman "normalidad".
En otro rincón del salón, la situación era mucho menos controlada. Lucy, la heroína del trueno, se había tomado una botella entera de alcohol de los Elementos y ahora era un torbellino de energía pura e incontrolable.
¡Mírenme! ¡Soy un rayo humano! —gritaba Lucy mientras corría de un lado a otro con una velocidad que hacía saltar chispas de sus aros de electricidad.
Oliver, manteniendo su característica paciencia y seriedad, intentaba usar su control de la gravedad para frenarla, pero Lucy era demasiado escurridiza.
¡Lucy, detente! Vas a electrocutar el pastel o a algún invitado —pedía Oliver mientras intentaba atraparla con una espada de gravedad ligera para no lastimarla.