La mañana comenzó mucho antes de lo previsto en la habitación principal. Aunque Luz y Ángel dormían profundamente tras la larga noche de juegos de los bebés, la paz no estaba destinada a durar.
Solion y Aura, que se habían despertado con una energía renovada tras las burbujas de sueño de Aelia, lograron escabullirse de su cuna. Usando sus alitas pequeñas, Solion flotó hasta el picaporte, mientras que Aura usó sus ocho colitas de zorro para impulsarse y abrir la puerta de sus padres. Sin previo aviso, los gemelos entraron a toda velocidad y saltaron con entusiasmo sobre la cama de sus padres. Solion aterrizó directamente sobre el pecho de Ángel, soltando una risita que quemó un poco la sábana. Aura saltó sobre el lado de Luz, agitando sus colas con tanta fuerza que el impulso casi empuja a su madre fuera del colchón.
¡Aah! —gritó Luz, despertando de golpe mientras se tambaleaba en el borde de la cama, salvándose de caer al suelo solo porque Ángel la sujetó rápidamente del brazo, a pesar de tener a Solion saltando sobre él.
¡Buenos días a ustedes también, pequeños terremotos! —dijo Ángel entre risas y bostezos, tratando de calmar la situación mientras el cuarto se llenaba de plumas blancas y chispas de lava. Luz, recuperando el equilibrio y el aliento, no pudo evitar sonreír al ver las caritas traviesas de sus hijos. Sin embargo, en el pasillo, Oscar y La Jefa se asomaron preocupados por los gritos, solo para encontrar a la familia en medio de una guerra de almohadas iniciada por los bebés.
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