En la mansión, el ambiente era de pura tensión. Aelia se ajustó su cinturón de pociones y miró a su hermano con una determinación que nunca antes había mostrado.
Quédate aquí, Simón —dijo Aelia con voz firme pero dulce—. Tienes que proteger a los bebés con los demás. Yo conozco los trucos de Lucas y Henry mejor que nadie. Voy a estar bien, de verdad.
Simón asintió con duda, apretando su cola de cuchillo contra el suelo. Se quedó en el palacio, caminando de un lado a otro en el gran salón, esperando noticias de su hermana mientras los gemelos lo miraban con curiosidad desde su alfombra de juegos.
En el centro de Astra, la batalla fue intensa pero rápida. Lucy usó sus descargas eléctricas para sobrecargar los sistemas de Henry, mientras que Jennifer utilizó su brillo deslumbrante para confundir a Lucas. Con una combinación de fuerza y estilo, los dos villanos terminaron en el suelo, derrotados y humillados.
¡O sea, literal, somos las mejores! —exclamó Jennifer, sacando su celular.
Mientras los robots de seguridad de la ciudad llegaban, Jennifer y Lucy se pusieron en posición para una selfie, haciendo señas de paz y victoria con el cuerpo de Lucas tirado detrás de ellas. Aelia, al ver a sus antiguos compañeros de fechorías derrotados, soltó una carcajada genuina, sintiéndose por primera vez libre de la sombra de Nihil.
Pero la celebración fue prematura. Henry, herido y lleno de odio, aprovechó que todos estaban distraídos con las fotos. Con un movimiento desesperado, estiró la mano hacia su arma de energía que yacía a pocos centímetros.
El disparo de energía oscura atravesó el aire justo cuando Aelia se reía de un chiste de Jennifer. El impacto fue directo. La risa de Aelia se cortó en seco y su cuerpo cayó lentamente sobre el pavimento frío.
¡AELIA! —gritó Lucy, soltando su celular, que cayó al suelo con la pantalla rota.
A kilómetros de distancia, en la mansión, Simón se detuvo en seco. Un escalofrío le recorrió la espalda y sintió un vacío repentino en el pecho. Miró hacia la ventana que daba a la ciudad, donde el humo empezaba a disiparse, pero el silencio que sentía en su vínculo fraternal era ensordecedor.
Él no sabía lo que acababa de pasar, pero los bebés, Aura y Solion, dejaron de jugar y empezaron a llorar suavemente, como si pudieran sentir el dolor que estaba a punto de llegar a la casa.