La mansión estaba sumida en una penumbra que ni la luz de Luz podía disipar. En el jardín trasero, bajo el gran sauce de cristal, habían preparado un altar sencillo para Aelia. Las flores que Maya había hecho brotar eran de un color violeta pálido, el mismo tono de las pociones que Aelia solía preparar con tanto orgullo.
Simón estaba arrodillado frente al cuerpo de su hermana, con la frente apoyada en el borde del altar. No le importaba que su cola de cuchillo estuviera enterrada en la tierra o que su ropa estuviera sucia. Sus sollozos eran desgarradores, un sonido de pura soledad que hacía que hasta los secuaces más rudos, como Oscar, bajaran la cabeza con respeto.
Me dejaste solo... —susurraba Simón entre lágrimas—. Dijiste que volverías... ¿quién me va a regañar ahora cuando meta la pata?
De repente, el aire se fracturó. Un portal violeta se abrió y de él salió Laura, luciendo su habitual sonrisa algo desquiciada y juguetona, aunque esta vez sus ojos se veían cansados.
¡Hola, familia! ¿Llegué tarde a la fiesta de lágrimas? —dijo Laura con una risita nerviosa, jugueteando con su reloj de arena.
La Jefa saltaron de inmediato, con sus armas listas, pero Eris se interpuso, bajando el tridente de su compañera.
¡Esperen! —gritó Eris, caminando hacia su hermana—. Laura, mírame. Mira lo que Nihil le hizo a Aelia. Ella era tu amiga, tu compañera. ¿De verdad quieres seguir sirviendo a un monstruo que mata por diversión?
Laura miró el cuerpo inerte de Aelia. Su sonrisa desapareció poco a poco, reemplazada por una mueca de confusión y, finalmente, de claridad. Su locura siempre había sido un escudo, pero ver a Simón destrozado rompió algo dentro de ella.
Nihil dijo que ella era "prescindible"... —murmuró Laura, dejando caer su reloj de arena, que Eris atrapó en el aire—. Él no tiene tiempo para los débiles... y yo... yo tengo mucho tiempo. Demasiado.
Laura se acercó lentamente a Simón y, con una torpeza casi infantil, puso una mano sobre su espalda.
Oye, chico-cuchillo... Nihil va a pagar por arruinar el horario. Yo... yo me quedo. Ayudaré a arreglar esto.
Eris abrazó a Laura, quien se quedó rígida un segundo antes de soltar un suspiro largo. Por primera vez en eones, las hermanas del tiempo estaban del mismo lado.
Mientras tanto, en el balcón de la mansión, Aura miraba hacia el funeral desde los brazos de Luz. Sus ocho colitas brillaban con una luz suave, como si estuviera enviando un último adiós a la chica de las pociones que, aunque fuera por una noche, la hizo dormir con burbujas de lavanda.