El ambiente en la mansión tras el funeral era una mezcla extraña de duelo, tensión y una pizca de normalidad forzada. Simón seguía sumido en su tristeza, con los ojos rojos de tanto llorar, cuando Laura, todavía un poco torpe en su nuevo papel de aliada, casi se tropieza con él mientras caminaba distraída jugueteando con un pequeño engranaje temporal.
Simón, a pesar de su estado, reaccionó por instinto y la apartó suavemente para evitar que ambos cayeran al suelo. Laura lo miró con una mueca que intentaba ser una disculpa, pero el silencio de Simón era más profundo que cualquier palabra.
Mientras tanto, en un rincón del salón, Oscar intentaba desesperadamente aligerar el ambiente. Con su lámpara verde a media luz, se acercó a Lyra e intentó lanzarle un piropo algo ensayado para coquetear. Sin embargo, Lyra, con una ternura que desarmó por completo al secuaz, simplemente lo envolvió en un abrazo cálido y protector.
Ay, Oscar... eres mi osito favorito —le susurró Lyra al oído, dejando a Oscar completamente rojo y sin palabras, olvidando por un momento sus intentos de galán ante la sinceridad del abrazo.
Lejos de los momentos sentimentales, Leo y Mateo observaban el panorama con pragmatismo. Sabían que, con Laura ahora en el equipo y Nihil furioso tras la derrota de sus generales, la mansión pronto dejaría de ser un refugio seguro para convertirse en el epicentro de un desastre total.
Si queremos evitar lo que viene, tenemos que movernos ya —dijo Leo, ajustándose los guantes.
El carro está listo y cargado —respondió Mateo, señalando hacia el garaje—. Estaremos allí fuera; el que quiera evitar el caos, que suba ahora.
Los dos se dirigieron al vehículo, dejando la puerta abierta como una invitación silenciosa para aquellos que preferían la huida antes que la guerra inminente.
En medio de este movimiento, Simón encontró entre las pertenencias de su hermana el diario de alquimia de Aelia. Al abrirlo con manos temblorosas, una nota cayó al suelo. Gracias a la ayuda de Laura, que reconoció ciertas fórmulas temporales en las páginas, descubrieron que Aelia había estado trabajando en una última poción: una esencia capaz de potenciar los poderes de todos los Elementos y Secuaces para un enfrentamiento final.
No dejó solo lágrimas, Simón —dijo Laura, con una seriedad inusual—. Nos dejó la llave para ganar.