Después del caos musical y la destrucción de la guarida, la familia finalmente regresó a la seguridad de la mansión. Sin embargo, el peligro no se había ido del todo. Un pequeño robot centinela, que se había quedado escondido en el techo del carro de Leo y Mateo, saltó de repente hacia Luz mientras ella abrazaba a sus bebés.
Luz se quedó paralizada; el agotamiento de la batalla le impidió reaccionar a tiempo. Pero Aura, sintiendo el peligro hacia su madre, no esperó a que nadie la defendiera. Con un brillo intenso en sus ocho colitas de zorro, la pequeña liberó una descarga de energía celestial pura que hizo explotar al robot en mil pedazos.
La explosión llenó el aire de un humo negro y pegajoso. Cuando el polvo se asentó, Luz, temblando, vio a su hija: la pequeña Aura estaba completamente cubierta de aceite negro de motor de pies a cabeza.
¡Oh, mi pequeña guerrera! —exclamó Luz, abrazando a Aura sin importarle mancharse ella misma. Luego, mirando a Ángel, sentenció—: Se acabó la acción por hoy. Es momento de bañarlos.
Lo que parecía una tarea sencilla se convirtió en la misión más difícil del día. Mientras Ángel se encargaba de la titánica labor de cambiar los pañales de Solion (quien intentaba derretir los cierres del pañal con sus dedos de lava), Luz preparaba la bañera.
En cuanto Luz acercó a Aura al agua tibia, la bebé soltó un estornudo cargado de energía. Una pequeña onda de choque salpicó toda el agua de la bañera hacia la cara de Luz. Aura frunció el ceño y agitó sus ocho colitas, dejando claro que ella prefería el aceite a la limpieza.
Por otro lado, Solion no estaba dispuesto a que el agua apagara sus alitas pequeñas. Con una superfuerza sorprendente, el bebé se sujetó de las esquinas de la bañera con sus manitas calientes, dejando pequeñas marcas de quemaduras en el borde mientras se negaba a soltarse.
Ángel sudaba la gota gorda tratando de despegar a Solion de la esquina. — ¡Hijo, por favor! ¡Solo es un poco de agua con burbujas de lavanda de las que te gustaban! —rogaba Ángel, mientras Solion soltaba chispas de protesta.
La Jefa, que pasaba por el pasillo y escuchó el escándalo, se asomó a la puerta y vio a Luz empapada, a Ángel forcejeando con un bebé pegado a la pared y a Aura flotando a medio metro del agua para no mojarse.
Sinceramente —dijo la Jefa, cruzándose de brazos—, pelear contra Nihil era mucho más silencioso que esto.