La batalla en el lago había alcanzado un punto de ferocidad nunca antes visto. Luz, con sus alas desplegadas y sus espadas de energía celestial y oscuridad chocando contra las dagas de rosas de Armando, parecía llevar la delantera. Sus movimientos eran una danza mortal de precisión y furia maternal. Armando, con su locura activada, reía de forma errática mientras las nubes de sombras se disipaban ante los cortes de luz de la reina.
Sin embargo, el destino es traicionero cuando hay villanos que juegan sucio.
Justo cuando Luz se preparaba para dar el golpe de gracia que dejaría a Armando fuera de combate, un grito de pánico rompió su concentración. Aura, que estaba a pocos metros protegida por un pequeño escudo de energía, soltó un llanto desgarrador al ver una sombra proyectarse sobre ella.
¡MAMÁ! —balbuceó la pequeña, el miedo nublando su brillo plateado.
Luz cometió el error que cualquier madre cometería: giró la cabeza por un microsegundo para asegurarse de que su hija estaba bien. Ese fue el momento que Lucas esperaba. Con una cobardía absoluta, el villano se deslizó por detrás y, en lugar de usar su tridente, utilizó un pesado palo reforzado con energía del Vacío que había recogido del suelo.
El golpe impactó directamente en la nuca de Luz.
El mundo de Luz se volvió blanco y luego gris. Cayó de rodillas, con las espadas desvaneciéndose en sus manos. Un pitido agudo llenó sus oídos y su visión se volvió borrosa, como si mirara a través de un cristal empañado. Intentó levantarse, pero sus piernas no respondían; el golpe de Lucas no solo había sido físico, sino que llevaba una carga de parálisis del Vacío.
Aura, desesperada al ver a su madre derrumbada, gateó hacia ella con lágrimas en los ojos. La bebé, en su instinto más puro por despertar a quien más amaba, empezó a morder suavemente el brazo de Luz, tratando de sacarla de ese letargo.
Despierta... mami... despierta —parecían decir sus balbuceos entrecortados.
Luz sintió los pequeños mordiscos y trató de enfocar la vista. Vio la silueta de Henry acercándose lentamente, con su rostro amargado y una jeringa que brillaba con un líquido púrpura neón.
No... —susurró Luz, tratando de invocar una chispa de fuego celestial, pero sus dedos solo soltaron un humo débil que se extinguió de inmediato.
Henry se arrodilló frente a ella con frialdad.
Tu luz es molesta, pero esta inyección de drenaje total te pondrá a dormir por mucho tiempo —dijo Henry con voz monótona.
Sin piedad, clavó la aguja en el cuello de Luz. El efecto fue instantáneo. La poca visión que le quedaba se apagó por completo. El calor de su cuerpo desapareció, siendo reemplazado por un frío gélido que recorrió su columna vertebral. Luz se desplomó pesadamente sobre la hierba del lago, quedando inconsciente.
Lucas soltó una carcajada triunfal y agarró a Aura por la cintura, levantándola del suelo. La bebé luchó, pataleó y trató de usar su novena cola, pero el miedo era tan grande que su poder se bloqueó, emitiendo solo pequeños destellos inútiles.
¡Miren lo que tenemos aquí! La pequeña llave de Nihil —dijo Lucas con arrogancia—. El Coronel estará muy complacido.
Armando, todavía con su mirada de locura pero ahora más calmado, sacó unas cadenas oscuras que emitían un sonido metálico y fantasmal. Con movimientos rápidos, encadenaron los brazos y alas de la inconsciente Luz. Las cadenas no eran normales; absorbían cualquier rastro de magia, asegurándose de que, aunque despertara, fuera una prisionera sin poder.
Llévenla a la torre de las sombras —ordenó Armando—. Henry, lleva a la niña directamente al portal del Coronel. El amanecer ya no será de los héroes.
Mientras los villanos se retiraban con su botín, el lago de cristal quedó en un silencio sepulcral, solo interrumpido por la flor de loto que Solion había dejado atrás, ahora marchitándose por la presencia del Vacío.