El sol comenzaba a descender, tiñendo el cielo de un naranja sangriento que parecía presagiar la tragedia. En el palacio, la calma se había roto por completo. Ángel caminaba por los pasillos con paso pesado, sus ojos dorados escaneando cada rincón con una creciente angustia. El calor que emanaba de su cuerpo era tan intenso que el aire a su alrededor vibraba.
¡¿Alguien ha visto a Luz?! —gritaba Ángel, interceptando a Ana y Leo en el gran salón—. Se suponía que volvería del lago hace una hora. ¡Luz no se retrasa nunca con los niños!
Nadie tenía una respuesta. Saphira y los Aliados del Vacío se reunieron en el centro, compartiendo miradas de preocupación. El ambiente de victoria tras el entrenamiento se había evaporado, dejando un vacío helado en el pecho de Ángel.
De repente, un pequeño bulto naranja cruzó la puerta principal a toda velocidad. Era el pequeño Solion, que llegaba jadeando, con su pijama de bebé chamuscado y, curiosamente, varias ramas y hojas enredadas en su cabello rebelde por haber atravesado los arbustos del bosque como un proyectil.
. ¡Solion! —exclamó Ángel, arrodillándose para alzar a su hijo—. ¿Dónde está tu madre? ¿Dónde está Aura?
Solion, todavía demasiado pequeño para articular oraciones complejas y con el corazón latiendo a mil por hora, no podía hablar bien por los nervios. Sin embargo, el pequeño tenía un ingenio especial. Agarró un carboncillo que Mateo había dejado cerca de la chimenea y, sobre el suelo de mármol blanco del palacio, empezó a dibujar con trazos rápidos y frenéticos.
Dibujó un sol (Luz), luego un palo golpeando el sol, y finalmente tres figuras oscuras llevándose a una pequeña estrella (Aura). Terminó dibujando unas cadenas negras que envolvían al sol.
¡Malo! ¡Hombre malo! —balbuceó Solion, señalando el dibujo y luego hacia la dirección del lago de cristal, mientras sus ojitos se llenaban de lágrimas de lava.
Ángel sintió que su corazón se detenía.
Los capturaron... —susurró, con la voz quebrada—. Raphael, Oliver, prepárense. No voy a dejar piedra sobre piedra hasta encontrar a mi familia.
Mientras tanto, a kilómetros de distancia, en la base subterránea de Nihil, el ambiente era de una victoria cruel. Lucas venía arrastrando las cadenas oscuras que sujetaban a Luz. El villano bufaba y sudaba, tirando con todas sus fuerzas porque el cuerpo de Luz, cargado de energía celestial estática, pesaba como si fuera de plomo puro.
¡Maldita sea! ¡¿Qué come esta mujer, estrellas de metal?! —gruñó Lucas, dando un tirón violento que hizo resonar el metal contra el suelo de piedra.
Armando y Henry ya estaban en el centro de la gran sala, frente al trono de sombras. Henry sostenía a Aura por la parte de atrás de su túnica, como si fuera un cachorro molesto. Al fondo, la figura imponente del Coronel Nihil se levantó de su asiento, con sus ojos brillando con una satisfacción malévola.
Al fin... —siseó Nihil, acercándose a los villanos—. La llave de mi nuevo imperio está en mis manos.
Aura, que había estado inusualmente callada por el shock, reaccionó al ver la cara pálida y malvada de Nihil. En un arranque de valentía infantil, la bebé giró la cabeza y le propinó un mordisco feroz en la mano a Henry.
¡AHG! ¡Pequeña alimaña! —gritó Henry, soltándola por el dolor.
Aura cayó al suelo y, aprovechando su pequeño tamaño, empezó a correr por toda la base. Sus ocho colas se agitaban y la novena soltaba destellos plateados mientras esquivaba las piernas de los guardias del Vacío. Corría de un lado a otro, metiéndose bajo las mesas de pociones
y esquivando los manotazos de Lucas.
¡Atrápenla! —rugió Nihil—. ¡No dejen que escape!
Aura vio una salida hacia un túnel oscuro, pero en su desesperación por mirar hacia atrás, se tropezó con una de las cadenas que Lucas había dejado tiradas. La bebé cayó de bruces, soltando un pequeño llanto mientras intentaba levantarse rápidamente, pero las sombras de Nihil ya la estaban rodeando.
El sonido del llanto de su hija actuó como el detonante que la inyección de Henry no pudo anular. En el rincón donde Lucas la había dejado tirada, los ojos de Luz se abrieron de golpe.
Su visión todavía estaba algo borrosa, pero lo primero que vio fue a Aura en el suelo, rodeada de oscuridad. El frío de las cadenas oscuras quemaba su piel, pero la furia que sentía era mucho más ardiente. El veneno de Henry empezó a ser consumido por el calor de su sangre celestial.
Luz apretó los dientes, sintiendo cómo sus garras crecían contra el metal de los grilletes.
Nihil... —la voz de Luz salió como un susurro de ultratumba que detuvo a todos en la sala—. Si pones un solo dedo sobre mi hija, te juro que el Vacío será lo más cálido que conocerás antes de que yo termine contigo.
Luz empezó a ponerse de pie, y el sonido de las cadenas oscuras agrietándose llenó el silencio de la fortaleza.