El ambiente en la fortaleza de Nihil se volvió gélido, un frío que no era de este mundo, sino que emanaba de la pura maldad del Vacío. Luz intentó levantarse, sus ojos inyectados en una mezcla de fuego celestial y sombras, pero su cuerpo aún traicionaba su voluntad por culpa del veneno de la jeringa.
Henry, irritado por el mordisco que le había dado la bebé y viendo que Luz intentaba rebelarse, levantó su bota reforzada para asestarle otro golpe brutal en las costillas. Pero antes de que el impacto llegara, una mano de sombras, fría como la muerte, detuvo su pierna en el aire.
Basta, Henry —siseó el Coronel Nihil. Su voz no era un grito, era un susurro que hacía que los huesos vibraran—. No la rompas todavía. El dolor físico es efímero. Quiero que sienta cómo su mundo se desintegra lentamente.
Nihil se acercó a la cara de Luz, cuya mejilla estaba contra el suelo frío.
Bienvenida a tu nuevo hogar, Luz. No morirás hoy. Vivirás en las celdas más profundas, donde la luz del sol es una leyenda y el único sonido es el de tus propios lamentos. Pero tu hija... —Nihil miró a Aura, que temblaba en el suelo— ella tiene un propósito más noble.
Nihil señaló a la bebé con un dedo largo y pálido.
Henry, llévatela a la Cámara de Extracción. Comienza el proceso de drenaje. Quiero que esa novena cola alimente mis motores del Vacío. No importa si llora, no importa si su luz se apaga. Solo quiero su poder.
Luz, al escuchar eso, soltó un grito que no sonó humano, sino como el rugido de una bestia herida. Con una fuerza desesperada, lanzó un zarpazo con sus garras hacia Nihil, pero Lucas se interpuso, agarrándola de los cabellos y tirando de las cadenas oscuras con una violencia que hizo que el cuello de Luz crujiera.
¡Suéltala! ¡SUÉLTALA, MONSTRUO! —gritaba Luz mientras era arrastrada por el suelo de piedra.
Lucas se reía, una risa histérica y oscura que daba más miedo que el propio silencio.
¡Mírate, "Reina"! —se burlaba Lucas mientras la arrastraba hacia los niveles inferiores—. Ahora solo eres una prisionera más. ¡Camina!
Luz fue lanzada al interior de una celda cuyas paredes estaban grabadas con runas de desesperación. Las cadenas fueron clavadas a la pared, dejándola suspendida en una oscuridad total donde solo se escuchaba el goteo de agua negra.
Mientras tanto, en la Cámara de Extracción, el horror apenas comenzaba. Henry colocó a Aura sobre un altar de piedra fría. La bebé lloraba, llamando a su madre con balbuceos desgarradores, mientras Henry preparaba su pistola de flechas, pero esta vez conectada a unos cables que brillaban con un hambre insaciable.
Esto va a doler, pequeña —dijo Henry sin una pizca de remordimiento en su mirada amargada.
Apuntó directamente a la novena cola. Un rayo púrpura salió de la pistola y se enganchó a la energía plateada de Aura. La bebé arqueó su pequeño cuerpo, soltando un grito silencioso mientras su brillo empezaba a ser succionado, viajando por los cables hacia el corazón de la fortaleza.
En el palacio, Ángel cayó de rodillas de repente, llevándose una mano al pecho.
Aura... Luz... —susurró con horror. Podía sentir cómo el vínculo espiritual con su familia se estaba marchitando, como si una sombra gigante se estuviera tragando sus almas.
El miedo que recorría Astra ahora era absoluto. La noche no solo había llegado al cielo, sino que se había instalado en el corazón de los héroes. El tiempo se agotaba, y el llanto de una bebé estaba siendo silenciado por la sed de poder del Vacío.