El ambiente en la celda se había vuelto denso. Tras el enfrentamiento con Lucas, Luz se mantenía en una calma forzada, tratando de regular su respiración. La herida que le había infligido al villano le había devuelto una pizca de dignidad, pero el precio físico había sido alto. Sus músculos gritaban de agotamiento y la magia de las cadenas oscuras seguía succionando su esencia celestial como si fueran parásitos de metal.
Luz cerró los ojos un momento, tratando de enviarle un pensamiento cálido a Aura, deseando que la pequeña sintiera su presencia a pesar de los muros de piedra. Pero el silencio de la prisión fue interrumpido por un sonido de pasos pesados, lentos y calculados. No era la marcha errática de Lucas, sino el caminar monótono y frío de alguien que no sentía placer ni odio, solo una amargura profesional.
La puerta de hierro chirrió. Henry entró en la celda.
Henry no dijo nada. Se quedó allí parado, observando a Luz con sus ojos apagados, sosteniendo su pistola de flechas con una mano y un pequeño frasco con la otra. Al ver al hombre que le había arrebatado a su hija de los brazos y que la había inyectado con ese veneno paralizante, algo dentro de Luz estalló.
¡Tú! —rugió Luz.
A pesar de las cadenas que tiraban de sus alas y muñecas, Luz se impulsó hacia adelante con una velocidad que sorprendió al villano. Sus garras de oscuridad y luz salieron de golpe, brillando con un fulgor mortecino en la penumbra. Se lanzó hacia el rostro de Henry, dispuesta a arrancarle esa expresión de indiferencia.
Pero Henry no era Lucas. Él no se dejaba llevar por el orgullo ni se acercaba de más. Con un movimiento mecánico y preciso, Henry retrocedió un paso y apretó el gatillo de su arma dos veces en menos de un segundo.
El primer sonido fue un clanc metálico. Una flecha de energía de drenaje impactó directamente en el hombro derecho de Luz, atravesando su túnica y clavándose profundamente en el músculo. Luz soltó un grito ahogado mientras sentía cómo el punto de impacto empezaba a arder con un frío insoportable que paralizaba su brazo.
Antes de que pudiera recuperarse, la segunda flecha silbó en el aire, impactando con precisión quirúrgica en su pierna izquierda.
Luz cayó de rodillas, y luego de bruces contra el suelo. El impacto de las flechas no era solo físico; eran flechas de drenaje de poder. En el momento en que tocaron su piel, la poca energía que Luz había logrado acumular para defenderse fue succionada hacia los proyectiles, dejándola temblando y sin fuerzas siquiera para levantar la cabeza.
Eres persistente, Luz. Pero tu persistencia solo te traerá más dolor —dijo Henry con su voz carente de emoción.
Henry se acercó y, con la punta de su bota, giró el rostro de Luz para que lo mirara. La reina tenía los ojos empañados por el dolor, y pequeños hilos de luz plateada escapaban de las heridas donde las flechas seguían clavadas, brillando como joyas rotas.
Estas flechas están diseñadas para absorber el aura celestial —continuó Henry mientras ajustaba su pistola—. Mientras sigan ahí, no podrás invocar ni una chispa de oscuridad. Te quedarás aquí, viendo cómo las paredes se cierran sobre ti, mientras tu hija termina de entregarnos la llave que Nihil tanto desea.
Luz apretó los dientes, sintiendo cómo el frío de las flechas se extendía por sus venas. No podía mover el brazo derecho ni la pierna, y el peso de las cadenas ahora parecía diez veces mayor.
Mátame de una vez... —susurró Luz, con la voz quebrada por la agonía.
No —respondió Henry, dándose la vuelta para salir—. El Coronel tiene planes para ti. Quere que veas el nuevo mundo que construiremos con el poder de Aura. Un mundo donde tú no serás más que un recuerdo encadenado.
La puerta se cerró con un golpe seco, dejando a Luz en la oscuridad total, herida y más débil que nunca. Sin embargo, en el rincón de su mente, el recuerdo de la medalla de Aura seguía latiendo. Aunque su cuerpo estaba roto, su voluntad de madre seguía siendo el único fuego que el Vacío no podía apagar.