Los Secretos de la Magia 2:"El Vacío"

Sangre Celestial y el Abrazo del Tiempo

El aire en los niveles inferiores de la fortaleza de Nihil era tan espeso que parecía ceniza. Ángel corría por los pasillos, sus pisadas de lava fundiendo el suelo de piedra, mientras Jake lo seguía de cerca. Aunque Jake era hermano de Williams y un antiguo villano, en ese momento su lealtad estaba con la familia de su hermano; su capacidad para detectar mentes le servía de brújula en ese laberinto de pesadilla.

¡Por aquí, Ángel! Siento una presencia protectora adelante —gritó Jake, señalando un cruce de túneles iluminado por antorchas de fuego fatuo.

De una de las habitaciones laterales, la puerta se abrió de golpe. Laura salió a toda prisa, aún envuelta en su toalla y con el cabello húmedo, pero apretando contra su pecho a la pequeña Aura. La bebé, al ver a su padre envuelto en llamas, estiró sus bracitos soltando un balbuceo lleno de alivio.

¡Jake! ¡Aquí está! —exclamó Laura con la respiración entrecortada.
Jake se adelantó y Laura, confiando en él, le entregó a la hija de Luz.

LLévatela arriba, ponla a salvo con los demas —le pidió Laura.

Jake asintió con seriedad, protegiendo a Aura con su propia capa. La bebé se aferró a él, mirando hacia atrás con ojos grandes, buscando a su madre. Pero Ángel no se detuvo; el alivio de ver a la hija de su amigo a salvo fue reemplazado instantáneamente por un terror gélido al sentir el aroma metálico de la sangre celestial que flotaba en el aire.

En ese instante, un destello dorado iluminó el pasillo. Eris, la guardiana del tiempo, apareció de la nada, con su tridente en mano y una expresión de angustia que desapareció al ver a Laura viva.

¡Laura! —gritó Eris. Sin importarle el caos a su alrededor, corrió hacia ella y la envolvió en un abrazo desesperado.

Eris había temido lo peor, sabiendo que Laura se había arriesgado al ocultar a la niña en su cuarto. Por un momento, las dos maestras del tiempo se quedaron allí, unidas en un abrazo que parecía detener el cronómetro del universo, mientras el fuego de la batalla rugía en el piso superior.

Ajeno a todo lo que no fuera su esposa, Ángel llegó frente a la celda de máxima seguridad. Al ver a través de los barrotes, su corazón se hizo pedazos. Luz estaba en el suelo, rodeada de un charco de sangre plateada que brillaba con una luz agonizante. Las heridas del hombro y la pierna, causadas por las flechas de Henry, no dejaban de manchar el suelo.

¡LUZ! —rugió Ángel.
No buscó la llave. No hubo sutileza. Ángel acumuló todo el calor de su núcleo de lava en sus puños y golpeó los barrotes con una fuerza sísmica. El metal oscuro, diseñado para absorber magia, se puso al rojo vivo y finalmente estalló en mil pedazos bajo la furia del elemental.
Ángel entró tropezando en la celda y se dejó caer de rodillas junto a ella.

¡Mi vida, ya estoy aquí! ¡Luz, mírame! —gritó, tratando de levantarla con cuidado, pero temiendo quemarla con su propio calor corporal.

Luz levantó la vista, sus ojos estaban nublados y sus labios, antes rosados, estaban pálidos. Al sentir el calor de Ángel, se aferró a su túnica con las pocas fuerzas que le quedaban. Sus lágrimas se mezclaban con la sangre en el suelo.

Ángel... ayúdame... por favor... —sollozó Luz, con una voz que era apenas un hilo de vida—. Me duele mucho... estoy perdiendo mucha sangre... no dejes que me apague...

Ángel la estrechó contra su pecho, tratando de usar su calor para sellar las heridas abiertas, mientras sus propias lágrimas caían sobre el rostro de Luz.

No te vas a apagar, ¿me oyes? Eres la reina de Astra, mi reina. ¡Resiste! ¡Saphira! ¡ANA! ¡NECESITO AYUDA AQUÍ!

El grito de Ángel resonó por toda la fortaleza, un llamado de auxilio que marcó el inicio de la verdadera guerra por la supervivencia de la Luz.



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En el texto hay: fantasia épica, guerra epica, leyendas y profecias

Editado: 28.05.2026

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