El jardín del palacio de Astra estaba sumido en una tensión insoportable. Luz yacía en el césped, pálida y fría como el mármol, mientras el veneno de las flechas de Henry luchaba por apagar su llama interior. Pero el amor de los Elementos es una fuerza que ni el mismísimo Vacío puede calcular.
Ángel no estaba dispuesto a dejar que su reina se apagara. Con las lágrimas rodando por sus mejillas y convirtiéndose en pequeñas esferas de cristal por el calor, tomó las manos de Luz.
¡No te me vas, Luz! ¡Escúchame! ¡Todavía tenemos muchas canciones que cantar con los niños! —gritó Ángel, dejando que su núcleo de lava brillara con una intensidad nunca antes vista.
Ana y Leo se colocaron de inmediato a los costados. Ana soltó su arco y puso sus manos sobre los hombros de Luz, mientras Leo, olvidando todos sus miedos, puso sus manos sobre sus pies.
¡Ahora! —ordenó Ana—. ¡Fuego de vida, calor de familia! ¡Regresen a nuestra reina!
Un torrente de energía naranja, dorada y roja empezó a fluir desde los tres Elementos hacia el cuerpo de Luz. No era un fuego que quemaba, era un calor reconfortante, como el de un hogar en invierno. La escarcha negra que cubría la ropa de Luz empezó a derretirse, convirtiéndose en vapor brillante. El color volvió a sus mejillas, pasando del blanco traslúcido a un rosado saludable en cuestión de segundos.
De repente, Luz dio una gran bocanada de aire y abrió los ojos de golpe. Su mirada dorada recuperó todo su brillo y, al ver a Ángel frente a ella, soltó una risita débil pero llena de alegría.
Estás... estás muy caliente, Ángel —bromeó ella con la voz suave, mientras se sentaba con la ayuda de su esposo.
¡LUZ! —Ángel la envolvió en un abrazo tan grande que casi la levanta por los aires, mientras Ana y Leo celebraban saltando y chocando las manos.
Al ver a su madre despierta y sana, la pequeña Aura soltó un grito de felicidad. En lugar de agotarse, la bebé empezó a dar saltitos de alegría, moviendo sus nueve colas como si fueran abanicos de luz. Solion, que acababa de llegar corriendo con Jake, se lanzó sobre su madre y su hermana, creando una montaña de abrazos y risas en medio del césped.
La Jefa, al ver la escena, guardó sus shurikens con una sonrisa de lado, sintiéndose orgullosa de su familia. Mateo, aprovechando el momento de felicidad, volvió a subirle el volumen a su guitarra eléctrica.
¡ESTA VA POR LA REINA! —gritó, tocando un solo de victoria que hizo que todos empezaran a bailar.
Raphael y los secuases de la jefa se relajaron por fin. Lucy empezó a lanzar fuegos artificiales eléctricos al cielo, creando figuras de corazones y estrellas, mientras Jenifer usaba su hipnosis para que el ambiente oliera a flores frescas y pastel de vainilla.
Incluso los secuaces, Valeria, Elara y Kassandra, se unieron al brindis con el café que Leo volvió a traer (esta vez con galletas). Óscar se despertó de su siesta, abrazó su peluche y, al ver a todos felices, se unió al baile con un paso muy divertido que hizo reír a todos.
Esa noche, el palacio no fue una fortaleza de guerra, sino un hogar lleno de luz. Aura no perdió sus poderes; al contrario, parecía que ver a su madre recuperada le había dado más energía. La pequeña volaba bajito alrededor de Solion, mientras Laura y Eris compartían una charla tranquila bajo la luz de la luna, felices de que el plan de Nihil hubiera fallado estrepitosamente.
Nihil estaba lejos, pero en Astra, el fuego de la unión era más fuerte que cualquier oscuridad.