La llegada de las trillizas Esmeralda, Lily y Flor había convertido el Palacio de Astra en una fiesta constante de luces parpadeantes y risas infantiles. Sin embargo, mientras el palacio celebraba la vida, los pequeños guerreros del reino sentían que debían demostrar su propia valía.
En el patio de entrenamiento, Solion y Aura se enfrentaban bajo la atenta mirada de su padre. Solion, con apenas unos años pero una puntería que ya asustaba, tensaba un pequeño arco de madera reforzada.
¡Mira esto, Aura! ¡Puedo darle a esa manzana desde el otro lado de la fuente! —exclamó Solion, con los ojos brillando con la intensidad del fuego de su padre.
Aura, con sus colas moviéndose de lado a lado con elegancia, se cruzó de brazos.
La fuerza no lo es todo, hermanito. Papá dice que la agilidad es la clave. ¡Apuesto a que puedo llegar a la manzana antes de que tu flecha siquiera salga volando!
Ángel, sentado en un banco cercano mientras pulía su arco de rocas, soltó una carcajada profunda.
¡Cuidado con lo que apuestan! En la guerra, la competencia es buena, pero la coordinación lo es todo. ¡A ver qué tienen!
Mientras tanto, en la sala de las cunas de cristal, el pobre Jake seguía siendo el blanco de las pequeñas. Esmeralda, Lily y Flor habían descubierto que si coordinaban sus destellos, podían crear patrones en las paredes que hacían que Jake se mareara.
¡Lyra, por favor, diles que se detengan! —suplicaba Jake, tapándose los ojos—. ¡Parece que estoy en medio de una tormenta eléctrica!
Lyra, que estaba amamantando a una de ellas mientras Óscar intentaba (y fallaba) cambiar un pañal sin quemarse con la colita de lámpara de la bebé, solo sonrió.
Son niñas, Jake. Les gusta el brillo. Tal vez si les leyeras ese libro de estrategias en voz alta se quedarían dormidas.
Pero fuera de los muros iluminados, la paz era frágil. En los límites del jardín de los suspiros, donde las flores de cristal se vuelven opacas, una figura encapuchada observaba. No era una sombra cualquiera; era un explorador enviado por la Nihil, un ser que no emitía calor ni luz.
El explorador sacó un pequeño frasco de vidrio oscuro y lo destapó. Un humo denso y púrpura comenzó a filtrarse hacia las raíces de los árboles.
Disfruten de sus luces, pequeños Elementos —siseó la voz del extraño—. Porque muy pronto, el Vacío vendrá a apagar todas las lámparas de Astra.
Nadie en el palacio sintió la presencia. Ni los sensores de las cunas de Saphira, ni la aguda vista de Ángel. La oscuridad había encontrado una grieta en la felicidad del reino.