El palacio de Astra temblaba bajo el peso de una realidad que se desmoronaba. Con Ángel sumido en un trance de escarcha espiritual y las sombras de Nihil reptando por las paredes como insectos hambrientos, la atmósfera se volvió eléctrica. El aire pesaba, cargado de partículas de vacío que hacían que cada respiración doliera como si se tragaran cristales rotos.
Afuera, las puertas de roble y acero biespectral crujían. Nihil no esperó a que despertaran al General. Aprovechando el vacío de poder, Nihil lanzó un ataque físico masivo contra las puertas del palacio. Legiones de sombras con armaduras de obsidiana golpeaban los muros, y sus gritos eran como el chirrido de metal contra metal.
¡No pasarán! —rugió Óscar, quien junto a Lyra protegía el ala de las trillizas. Sus manos temblaban, pero su voluntad era de hierro—. ¡Saphira, mantén el domo! ¡Si una sola de esas cosas entra, se acabó!
En el Gran Salón, una grieta de pura oscuridad se abrió en el centro del techo. De ella descendió, flotando con una elegancia aterradora, el Coronel Nihil. Su capa de sombras se arrastraba por el suelo, apagando cualquier rastro de luz a su paso. Su único ojo visible brillaba con una malevolencia que parecía absorber la esperanza misma.
Míralo, Luz —siseó Nihil, señalando con un dedo largo y pálido el cuerpo inerte y congelado de Ángel—. El gran General, reducido a una estatua de hielo negro. ¿Quién te protegerá ahora? ¿Tu orgullo? ¿Tu corona de cristal?
Luz dio un paso al frente. Sus ojos ya no eran los de la reina compasiva; eran pozos de energía biespectral pura. Sus manos se transformaron, alargándose en falanges de luz sólida que vibraban con un tono azul eléctrico y blanco cegador.
No necesito que nadie me proteja, Nihil —respondió Luz, su voz resonando con la fuerza de mil tormentas—. ¡Yo soy la protección de este reino!
Sin previo aviso, Luz se impulsó con una velocidad que rompió la barrera del sonido. El estruendo sacudió los cimientos del palacio. Luz ataca a Nihil con una ferocidad que nunca antes había mostrado. Sus garras celestiales cortaron el aire, dejando estelas de luz que quemaban la oscuridad.
Nihil invocó una espada de vacío para bloquear el primer golpe, pero la fuerza de Luz era abrumadora. El choque de sus poderes creó ondas de choque que destrozaron las columnas de mármol restantes.
¡Eres débil, Luz! ¡Tu amor por estos mortales te hace lenta! —gritó Nihil, lanzando una ráfaga de energía oscura que Luz esquivó con una pirueta en el aire.
¡Mi amor es lo que me da la fuerza para destruirte! —replicó ella.
En un movimiento desesperado y magistral, Luz utilizó un parpadeo biespectral para aparecer justo en el punto ciego de Nihil. Antes de que él pudiera reaccionar, ella lanzó un zarpazo ascendente cargado con toda la rabia de una madre y una esposa herida. El sonido del impacto fue seco y visceral.
Luz con sus garras celestiales le rasguña su ojo de Nihil.
¡AAARGH! ¡MI OJO! ¡MALDITA SEAS, REINA DE NADA! —el grito de Nihil fue un alarido de agonía que hizo que las sombras del palacio se agitaran violentamente. Sangre negra, espesa como el aceite, comenzó a brotar de la herida, manchando su máscara y el suelo.
Nihil retrocedió, tapándose el rostro, mientras su poder se volvía inestable. La oscuridad en el salón comenzó a remolinarse en un tornado violento.
¡Has cometido un error, Luz! —rugió Nihil, su voz distorsionada por el dolor—. ¡Si muero yo, el General morirá conmigo! ¡Su alma está ligada a mi visión!
Selene, que observaba desde las sombras con su guadaña lista, gritó:
¡Luz, detente! ¡Siento el vínculo! ¡Si lo golpeas de nuevo, el corazón de Ángel se romperá!
Luz se quedó congelada, con las garras bañadas en sangre negra, a solo centímetros de dar el golpe final. El pecho de Ángel, en su prisión de hielo, soltó un crujido alarmante.
¿Ves? —rio Nihil entre dientes, aunque su respiración era errática—. Estamos conectados. Mátame... y conviértete en la viuda de Astra.