El aire en el Gran Salón se volvió tan denso que era casi sólido. El círculo de runas lunares que Selene había trazado comenzó a emitir un zumbido de baja frecuencia que hacía vibrar los dientes. Era el sonido del destino siendo forzado por la magia prohibida.
Selene comienza el ritual, cerrando los ojos y dejando que sus manos brillaran con una oscuridad plateada. Sus labios se movían a una velocidad sobrehumana, recitando cánticos en una lengua que Astra había olvidado hacía milenios. El humo lunar empezó a trepar por las piernas de Ángel, buscando el vínculo que lo ataba a su verdugo.
¡No te detengas, Selene! ¡Yo lo retendré! —gritó Luz, lanzándose de nuevo al frente.
Luz mantiene ocupado a Nihil, atacando con una desesperación que bordeaba la locura. Cada golpe de sus garras celestiales buscaba la carne de Nihil para evitar que él lanzara un solo hechizo contra la Dama Lunar. El salón era un destello constante de luz biespectral y explosiones de vacío.
Nihil estaba furioso. El dolor de su ojo rasgado le nublaba el juicio y la humillación de ser herido por una "criatura de luz" lo estaba volviendo errático y brutal.
¡Basta de juegos, pequeña reina! —rugió Nihil, acumulando una masa de energía oscura en su bota.
Con una velocidad que Luz no pudo prever debido a su agotamiento, Nihil patea a Luz a la columna. El impacto fue seco, un trueno de hueso contra piedra. Luz cae y se queda muy mal herida, su armadura biespectral se fragmentó y su respiración se volvió un silbido doloroso. Intentó levantarse, apoyando su mano en el suelo, pero la oscuridad ya estaba sobre ella.
Te advertí que este sería tu fin —siseó el villano.
Sin una gota de piedad, Nihil le pisa la mano con toda su fuerza, aplastando los dedos de la Reina contra el mármol frío. Luz grita feo, un alarido de agonía pura que desgarró el corazón de Solion y Aura, quienes observaban impotentes desde su escondite.
Justo en ese instante de horror, el aire alrededor de la estatua de obsidiana estalló. Una onda de calor abrasador barrió la nieve y el hielo negro del salón. Selene termina el ritual, cayendo de rodillas, agotada, pero con una sonrisa triunfal en sus labios pálidos. El vínculo se había roto.
Ángel abrió los ojos. No eran ojos humanos, eran dos soles de lava líquida. El General recuperó el movimiento justo a tiempo para presenciar la escena más devastadora de su existencia: su esposa, la mujer que amaba más que a su propia vida, estaba en el suelo, humillada y sangrando.
Ángel ve a Nihil con un cuchillo afilado en el cuello de Luz. El metal oscuro rozaba la piel de la Reina, amenazando con apagar la luz de Astra para siempre.
Un movimiento más, General, y verás cómo su luz se apaga —amenazó Nihil, con la voz temblorosa por la adrenalina y el dolor.
Ángel no gritó. No rugió. El silencio que emanó del General fue mucho más aterrador que cualquier explosión volcánica. El suelo bajo sus pies empezó a derretirse, convirtiendo el mármol en magma ardiente.
Nihil... —la voz de Ángel sonó como el crujido de las placas tectónicas—. Suéltala. Ahora. Porque si dejas una sola marca más en ella, no habrá rincón en el vacío donde puedas esconderte de lo que te voy a hacer.