Los Secretos de la Magia 2:"El Vacío"

El Peso de la Corona

El estruendo de la batalla fue reemplazado por un silencio sepulcral, interrumpido únicamente por el crepitar de las llamas que aún devoraban parte del mobiliario real. Nihil se va, batiéndose en retirada hacia las sombras exteriores, herido en su orgullo y en su carne, pero dejando tras de sí un rastro de devastación que ningún portal podría borrar.
El ala médica del palacio era ahora el corazón de la angustia. Luz está en tratamiento, recostada sobre una camilla de piedra lunar que emitía un brillo azulado, diseñado para calmar los nervios. Sin embargo, el daño físico era profundo. El veneno del vacío y la fuerza bruta de Nihil habían dejado marcas que la magia no podía borrar instantáneamente.

¡Ahg...! ¡Ángel, detente! —gemía Luz, con la respiración entrecortada—. Siento como si tuviera fuego líquido en las venas... y a la vez un frío que me rompe los huesos.

Luz se queja por el dolor, apretando los dientes hasta que sus encías sangraron levemente. Cada vez que intentaba mover su mano aplastada, un espasmo de agonía recorría su cuerpo. Ángel solo la abraza, envolviéndola con una delicadeza que contrastaba con su inmenso tamaño. El General lloraba en silencio, dejando que sus lágrimas de fuego se evaporaran antes de tocar la piel de su esposa.

Shh... estoy aquí, mi luz. Estoy aquí —susurraba Ángel, pegando su frente a la de ella—. Pásame el dolor a mí, si pudieras... daría cada gota de mi lava por no escucharte sufrir así. Solo respira conmigo. Uno, dos...

No puedo, Ángel... me duele demasiado —sollozó Luz, escondiendo el rostro en el pecho de su esposo, buscando ese calor que por poco pierde para siempre.
La Herida del ielo
Saphira se acercó con un cuenco de esencia de estrellas y vendajes empapados en néctar de Yggdrasil. Su rostro, usualmente sereno, estaba tenso. Con cuidado extremo, extendió las extremidades de la Reina. Al llegar a la espalda de Luz, Saphira soltó un suspiro ahogado.
Saphira revisa sus alas con dedos temblorosos. El plumaje biespectral, que solía brillar como una aurora boreal, estaba opaco y manchado de sangre negra. Al palpar la base del ala derecha, se escuchó un crujido sordo que hizo que Luz soltara un grito desgarrador que resonó en todo el palacio.
— ¡Maldita sea! —exclamó Saphira, con la voz quebrada—. Ve que su ala estaba fracturada. El impacto contra la columna no solo rompió el mármol, Ángel... le destrozó el hueso celestial.
— ¿Podrá volver a volar, Saphira? —preguntó Ángel, su voz temblando de furia contenida hacia Nihil—. ¡Dime la verdad!
— Sanará, pero será un proceso lento y tortuoso —respondió Saphira mientras le pone más vendaje, ajustando las telas con una presión necesaria que hacía que Luz se retorciera en la camilla—. La luz biespectral necesita un anclaje físico, y si este hueso no suelda bien, su poder quedará inestable. Luz, necesito que te quedes quieta, por favor...
— ¡DUELE! ¡Saphira, por favor, basta! —gritaba Luz, mientras las lágrimas empapaban las vendas.
Una Promesa de Fuego
Ángel apretó el abrazo, dejando que su energía protectora actuara como un sedante natural, aunque sabía que no era suficiente. Miró a Saphira con ojos determinados.
— Haz lo que tengas que hacer. Si tiene que gritar, que grite, pero sálvala —dijo el General, mirando luego a su esposa—. Escúchame, Luz. Nihil pagará por cada lágrima. No solo lo voy a derrotar... voy a borrar su existencia del mapa de Astra. Nadie vuelve a tocar a la Reina. Nadie.
Luz, agotada por el dolor y el esfuerzo de mantenerse consciente, solo pudo apretar débilmente la mano de Ángel antes de caer en un sueño profundo inducido por las hierbas de Saphira. El palacio estaba a salvo, pero el precio de la victoria se sentía más pesado que cualquier derrota.



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En el texto hay: fantasia épica, guerra epica, leyendas y profecias

Editado: 10.07.2026

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