Los Secretos de la Magia 2:"El Vacío"

Entre el Fuego y la Fragilidad

El silencio en la sala de sanación era absoluto, roto únicamente por el rasgar de la última tira de lino bendito. Saphira termina de poner la venda de Luz, asegurando con firmeza pero con una suavidad extrema el ala fracturada contra su espalda. La Reina, agotada por la agonía del tratamiento, apenas mantenía los ojos entreabiertos, su respiración era un hilo débil que empañaba el aire frío.
— Está hecho —susurró Saphira, limpiándose el sudor de la frente—. Pero el hueso celestial es caprichoso, Ángel. Si se mueve bruscamente, la fractura podría ser permanente. Ella no puede caminar, ni mucho menos intentar invocar sus alas por ahora.

Ángel no esperó a que Saphira terminara de dar las instrucciones. Con un movimiento que desafiaba su propia naturaleza destructiva, deslizó sus brazos bajo el cuerpo de su esposa. Ángel lleva cargada a Luz, manteniéndola pegada a su pecho. El contraste era desgarrador: el General, una mole de lava y armadura de roca, sostenía a la Reina, que en ese momento parecía hecha de cristal a punto de quebrarse.
— Vamos a casa, Luz —murmuró él, su voz vibrando en el pecho de la Reina como un ronroneo protector.
Mientras caminaban por los pasillos, los guardias y sirvientes se hacían a un lado, bajando la cabeza en señal de respeto y dolor. El Rey no miraba a nadie; su vista estaba fija en el rostro pálido de Luz, cuidando que cada paso no sacudiera su herida.

Al llegar a su cuarto, la luz de la luna entraba por el gran ventanal, bañando la cama de seda con un resplandor plateado. Ángel la depositó con una lentitud casi agónica sobre las almohadas.
— Ángel... no te vayas —balbuceó Luz, extendiendo su mano sana, con los dedos temblando por el esfuerzo—. Tengo miedo de cerrar los ojos y que él... que Nihil esté allí de nuevo.
Ángel le tomó la mano, besando cada uno de sus nudillos.
— No me voy a mover de aquí, mi vida. Si el vacío quiere volver a tocarte, tendrá que apagar primero el núcleo de mi corazón —dijo él, sentándose en el borde de la cama, sin soltarla—. Duerme. Yo seré tu guardia. Yo seré tu fuego.
Luz soltó un suspiro de alivio, dejando que el calor de Ángel actuara como la mejor de las medicinas. Sin embargo, en la oscuridad del pasillo, Solion y Aura observaban por la rendija de la puerta. Solion apretaba su pequeño arco, y Aura tenía sus colas erizadas. La paz había vuelto, pero ambos sabían que su madre no volvería a ser la misma hasta que sus alas volvieran a surcar el cielo de Astra.



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En el texto hay: fantasia épica, guerra epica, leyendas y profecias

Editado: 23.07.2026

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