Los Secretos de la Magia 2:"El Vacío"

La Promesa en el Umbral

La quietud de la noche en Astra era engañosa. En la alcoba real, el aire pesaba con el aroma a hierbas medicinales y el calor constante que Ángel emanaba para mantener a Luz estabilizada. Sin embargo, fuera de la habitación, en el pasillo de mármol, un pequeño par de botas apenas hacía ruido contra el suelo.
Solion, con su pequeño arco de madera colgado al hombro y una determinación impropia de su edad, se ajustaba la capa. Había escuchado a los curanderos hablar de la Flor de Fénix, una planta que solo crece en las grietas volcánicas más profundas y que tiene el poder de soldar incluso los huesos celestiales en una sola noche.
— Si papá no puede ir porque tiene que cuidarla, yo lo haré —susurró el niño para sí mismo, preparándose para correr hacia las puertas traseras del palacio.
Un Susurro que Detiene el Tiempo
Justo cuando Solion ponía un pie más allá del marco de la puerta, una voz, débil como el aleteo de una mariposa pero cargada de una autoridad maternal innegable, rompió el silencio.
— Solion... no te vayas.
El niño se congeló en el sitio. Se giró lentamente y vio que su madre, a pesar de estar vendada y pálida, tenía un ojo entreabierto. Ella lo estaba observando desde la penumbra de la cama. Luz le dice a Solion que no se vaya, extendiendo su mano sana hacia él en un gesto de súplica.
— ¡Pero mamá! —exclamó Solion, corriendo hacia el borde de la cama, olvidando por un momento su plan de escape—. ¡Saphira dijo que tu ala tardará meses en sanar! Sé dónde está la flor, puedo traerla... puedo hacer que vueles mañana mismo.
Luz hizo un esfuerzo sobrehumano para sentarse un poco, soltando un gemido de dolor que hizo que Ángel, quien se había quedado dormido sentado en una silla, despertara de golpe con los puños encendidos.
— ¿Solion? ¿Qué haces despierto a estas horas? —preguntó Ángel, frotándose los ojos y viendo el arco del niño—. No me digas que ibas a...
— Escúchame, mi pequeño guerrero —interrumpió Luz, ignorando su propio dolor para tomar la mano de su hijo—. El mundo fuera de estos muros es peligroso ahora mismo. Nihil está herido y un animal herido es cuando más muerde. No me importa mi ala... me importas tú.
— ¡Pero quiero que seas la Reina de siempre! —protestó Solion, con las lágrimas asomando en sus ojos—. No quiero verte así, atrapada en una cama.
Luz sonrió con una ternura infinita y lo atrajo hacia ella, permitiendo que el niño apoyara su cabeza en la parte sana de su hombro.
— Mi vuelo no depende de mis alas, Solion, depende de saber que mi familia está a salvo —dijo Luz, mirando a Ángel y luego a su hijo—. Si te vas y te pasa algo, ninguna flor del mundo podría curar mi corazón. Quédate. Ayúdame a sanar aquí, a mi lado.
Ángel suspiró, viendo cómo la terquedad de Solion se derretía ante las palabras de su madre. El General se acercó y puso su mano gigante sobre la cabeza del niño.
— Tu madre tiene razón, campeón. Tu misión ahora no es ser un explorador, sino ser nuestro centinela aquí dentro. ¿Crees que puedas ayudarme a vigilar esta puerta?
Solion asintió con seriedad, limpiándose las lágrimas con la manga.
— Está bien. Me quedo. Pero mañana... mañana me enseñarás a ponerle más fuego a mis flechas, por si ese feo vuelve.
Luz cerró los ojos, finalmente en paz, sintiendo el calor de sus dos hombres protegiéndola. El plan de la flor quedó descartado, pero un nuevo vínculo de protección se había forjado en la habitación.



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En el texto hay: fantasia épica, guerra epica, leyendas y profecias

Editado: 23.07.2026

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