El ambiente en el palacio era asfixiante. A pesar de que la Reina Luz había pedido a Solion que se quedara, el corazón del pequeño príncipe latía con una urgencia que no entendía de paciencias ni de reposos. Para él, cada quejido de su madre era un puñal, y ver a su padre, el imponente Ángel, reducido a un enfermero lleno de culpa, era más de lo que podía soportar. Solion estaba en el pasillo, mirando su arco con frustración, cuando una sombra alta se proyectó sobre él. No era la de un enemigo, sino la de Miguel, el guerrero de hielo y lealtad inquebrantable. A su lado, Aura ya tenía sus colas erizadas, lista para la acción. — No vas a llegar ni a la esquina del jardín antes de que los guardias te atrapen, pequeño —dijo Miguel con una voz profunda y calmada. — ¡No me importa! —desafió Solion, apretando los dientes—. ¡Tengo que traer esa flor! Papá no se mueve de su lado y mamá se está marchitando. ¡Tengo que hacer algo! Miguel miró a Aura, quien asintió con determinación. El guerrero suspiró, sabiendo que lo que estaban a punto de hacer era una desobediencia directa a los Reyes, pero también sabía que el espíritu de Astra no se recuperaría mientras su Reina estuviera en el suelo. — Miguel se une para acompañar a Aura y Solion a buscar la flor —sentenció el guerrero, ajustando su espada—. Si vamos a romper las reglas, lo haremos como soldados. Yo los sacaré por los túneles de drenaje criogénico. Nadie nos verá salir. El escape fue un drama de nervios y susurros. Cruzaron los sótanos del palacio, esquivando las patrullas de Saphira y los centinelas de lava. Aura usaba su agilidad para detectar las vibraciones de los guardias, mientras Miguel congelaba las bisagras de las puertas para que no chirriaran. — Si nos atrapan, Miguel, papá te va a convertir en vapor —susurró Aura mientras trepaban por un conducto de ventilación. — Si no traemos esa flor, Aura, el alma de tu padre ya está convertida en cenizas por la tristeza —respondió Miguel con una seriedad que hizo que los niños guardaran silencio—. Muévanse. El Valle de las Llamas Eternas no espera.
Mientras se alejaban del palacio hacia las tierras volcánicas, Solion miró hacia atrás. La torre de sus padres se veía pequeña y solitaria. Sintió un nudo en la garganta; le había mentido a su madre, había ignorado su súplica. — Ella me dijo que no me fuera... —murmuró Solion, deteniéndose un segundo—. Miguel, ¿y si cuando volvamos ya es tarde? ¿Y si nos necesita ahora? Miguel se arrodilló frente al niño, poniéndole una mano firme en el hombro. — A veces, Solion, amar a alguien significa arriesgar su enojo para salvar su vida. Tu madre es la Reina, pero tú eres su sangre. Ella te perdonará cuando vea que volviste con su vuelo en tus manos. Pero escucha bien: a partir de aquí, el camino es traicionero. Nihil podría tener espías en las grietas. El grupo se internó en la niebla de azufre. El drama aumentó cuando escucharon un aullido que no pertenecía a ninguna criatura conocida de Astra. Era un sonido metálico, frío, una señal de que Nihil no se había ido del todo; estaba acechando los alrededores, esperando precisamente que alguien saliera del palacio. Aura tomó la mano de Solion, y Miguel desenvainó su espada, que brilló con un azul gélido en mitad del infierno volcánico. Estaban solos, lejos de la protección de Ángel y Luz, buscando un milagro en el corazón del peligro.
La biblioteca en Booknet es una lista útil de libros, donde puede:
guardar sus libros favoritos
ver fácilmente las actualizaciones de todos los libros de la biblioteca
estar al tanto de las nuevas reseñas en los libros
Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.