Tres días han pasado en donde rumores de mi supuesto castigo lo exageran diciendo que es porque amenacé a un profesor.
A veces me divierten los rumores, descubro cosas de mí misma que ni yo sabía que había hecho. Según el primer piso, soy una psicópata en potencia; según el segundo piso, solo tengo un mal día.
Hacerme la de oídos sordos es lo que me mantiene en paz. Llevo años en Belcroft, y los que me conocen saben de lo que soy y no soy capaz, obviamente jamás y nunca me atrevería a alzarle la mano a nadie, no caería bajo.
—Nova, por favor, termina con la sección de Clásicos... y trata de no... ya sabes... —Ana, la bibliotecaria, se aleja de mí como si yo fuera una bomba de relojería con el contador en cero.
—¿Tratar de no qué, Ana? —le pregunto sin mirarla.
Ella balbucea algo y se refugia tras su mostrador. Suspiro.
Vuelvo a ponerme de puntilla ignorando el hecho de sentirme observada, la biblioteca está sola y aun así siento que me vigilan. Me acomodo la falda antes de colocar a Romeo & Julieta en su lugar, sin embargo, gracias a la genética de mi madre no llego.
Maldigo entre dientes. Observo el carrito que me ayuda a trasladar los libros, y lo que posiblemente sea el peor error que se me haya podido ocurrir en lo que va de semana me viene a la cabeza.
Con mucho esfuerzo mantengo el equilibrio encima de este. Vuelvo a ponerme de puntilla y por fin dejo el libro en su lugar.
—Lindas piernas.
Tambaleo del susto y las mismas manos que me asustaron sostienen el carrito para que no me caiga.
Miro a Brayden McCarthy y la sangre empieza a hervirme cuando me doy cuenta de que no me está mirando a la cara, él se me queda viendo las piernas.
—Deja de mirarme.
Se aparta de inmediato, levantando las manos con las palmas abiertas.
Este sería un buen momento para darles la introducción de quien es este ser:
Como salidos de un perfecto cuento de hada, los hermanos McCarthy llegaron hace dos meses a Belcroft High. Su hermana menor, Diana, es la que más llama la atención pareciendo una muñeca de porcelana, rubia de ojos azul grisáceo y facciones delicadas, nunca se queda quieta corriendo de aquí para allá.
Este es otro que no deja de llamar la atención.
Ambos son igual de escandalosos.
—Me llamo Brayden.
Ya lo sé.
—¿Y tu nombre? —pregunta.
Lo ignoro. Bajo del carrito con cuidado de que no se me levante la falda y me doy la vuelta dispuesta a irme.
Siento su mirada clavada en mi trasero y me detengo por lo que parece ser un desafío no muy inteligente de su parte, miro por encima de mi hombro cuando oigo el impacto de algo caerse, seguido de otro libro.
Termino de encararlo, su cabello rubio cae encima de su ojo izquierdo mientras finge leer un libro, lo tira al suelo y agarra otro repitiendo el acto. Esta vez me observa con ¿diversión?
Sonríe como si esto fuese un juego.
Camino con los puños apretados, resistiendo las ganas de rebajarme a su nivel. Recojo los libros que había tirado y al acomodar el último lo miro directamente a los ojos.
—Tienes lindos ojos — suelta de repente —. Tienen ese brillo de querer asesinarme, pero no sabes dónde esconder el cuerpo. Es hermoso.
Hago un cálculo de cuantas neuronas puede tener. «Muy pocas.»
Le doy la espalda y vuelvo a escuchar la misma caída.
Esta vez, sonrío ante su audacia.
Debe de tener los cojones grandes.
—Recógelo —digo pausadamente.
Él me mira atónito. Por un momento parece estar sorprendido por mi reacción. Lo veo inclinarse a recogerlo, pero a no mucho de tocar el libro vuelve a su postura, riéndose de forma estrepitosa en mi cara. ¡En mi cara!
— ¡Pero por supuesto que no!
— ¿Qué?
¿Me dijo que no?
—Es tu castigo ¿no?
Ah, y de paso respondón.
—Mi castigo es ordenar la biblioteca, no aguantar tu berrinche —siseo, dándole un paso al frente—. Así que hazles honor a tus bolas y recoge tu mierda.
Su cara se contrae por unas milésimas de segundos. Cierra los ojos y con una sonrisa, igual a la de un niño travieso, tira la mitad de la hilera que acabo de arreglar haciendo eco por toda la biblioteca.
La rabia hace efervescencia y comienza la tonada de tiburón.
Rápidos taconazos se empiezan a escuchar por la madera. Ahí viene Ana. Vuelvo a mirar a Brayden que tenía las intenciones de escapar, pero antes de que diera otro paso lo sujeto de su chaqueta de jean obligándolo a quedarse.
—Pero ¿qué...? —balbucea él.
— ¿¡Qué es este reguero?! —Reclama Ana—. ¡Nova!
McCarthy agranda los ojos, mirándome a mí y luego a Ana. Por un momento, el terror cruza su rostro.
Tal parece que su pequeño cerebro reconoció mi nombre y lo relacionó con los rumores.
Sí, idiota, soy esa Nova.
— ¡Tenías que acomodar los libros!
—Brayden los tiró —no me molesto en dar detalles. Nos mira aún más seria que antes.
Para empezar, la biblioteca está cerrada, nadie además de mi debería estar aquí. Cumplí mi parte, que se pudra él.
—Los dos, a la sala de castigo —señala la salida.
— ¿Qué dijo? —inquiero
Ella inevitablemente dio un paso atrás cuando yo doy uno al frente.
—¿Cómo que los dos? —inquiero—. ¿Dónde estabas tú que lo dejaste pasar, Ana?
Vuelve a retroceder.
—No-no me intimidas, Nova —balbucea.
Por supuesto que sí.
—Llama-mare a Ricardo si no... no vas por las buenas.
Siento como mis uñas se clavan en la palma de mi mano intentado mantener la compostura. Brayden guarda las suyas en los bolsillos y sonríe sin importarle que Ana nos esté escoltando hasta el salón del profesor Ricardo.
El hombre despega la vista de su teléfono y nos mira esbozando una risa socarrona.
— ¿Tres veces en una semana, Nova?
Ruedo los ojos, dándome cuenta de que Brayden mira sin disimular mi falda.
Editado: 21.05.2026