Mis oídos captan chapuzones desde el patio trasero.
Jure ver a los gemelos escabullirse esta mañana en secreto, una camioneta había venido a buscar a la víbora de Sarah lo cual me deja con un solo McCarthy.
La curiosidad de saber qué hace me hace echar un vistazo.
—¿Brayden? —lo llamo sin recibir respuesta.
Las hormonas me clavan los pies en el suelo al momento que deslizo la puerta y mis ojos captan al ser que, muy a mi pesar, me acelera el pulso cuando surge de la piscina impulsándose de las barandas metálicas que tensan los músculos de su abdomen.
No se ha dado cuenta de mi presencia por lo que cuando se da la vuelta para tomar una toalla capto el tatuaje de su apellido en su costilla, pero otra cosa llama mi atención, una enorme cicatriz que me sienta como un pinchazo en el pecho.
—No pensé que fueras de esa clase.
Se da vuelta sorprendido con la toalla sobre los hombros
—¿De la clase que se baña?
Señalo el tatuaje.
— Ah, el sello de ganado —sonríe sin una pizca de vergüenza, pasándose la toalla por los hombros—. Es lo único que nos permiten. Yo lo hice por la presión social ya que es como una tradición familiar—el ceño se le endurece—. Una horrible, y muy dolorosa, tradición familiar.
Su perro ladra mientras nada hacia nosotros con la legua afuera, el pelaje rubio nos empapa a ambos cuando se sacude el agua haciéndome estornudar.
—Que mal, un perro te mojó primero que yo —le dedico una sonrisa insinuante.
La confianza del Brayden despistado que conocí, al Brayden descarado de ahora ha mermado un poco lo latoso que es. Es eso o ya me acostumbré a sus coqueterías.
— ¿Cómo alguien tan tragón como tu tiene ese cuerpo?
— ¿Qué se supone que significa eso? ¿Qué te gustó mi cuerpo? Me sonrojas.
—Significa—resalto la palabra—, que muchos se matan para tener esa figura mientras tú hartas papas fritas.
— ¿Dime tú como es que tienes ese cuerpo? —me señala el cuerpo entero.
—Hago ejercicio, salgo a correr y tengo una dieta estricta.
—Ah, pues... yo he llegado a dormir veinte horas seguidas.
—Tu abuela debe estar muy orgullosa de ti.
Sus pasos siguen mis pisadas en el césped mientras me acerco a la mesa de cristal. Él se tira en la silla, empapándola mientras yo me acomodo en silencio frente suyo.
— ¿Cómo la estás pasando?
— ¿Cuántas veces me lo vas a preguntar? —me cruzo de piernas.
—Las veces que sean necesario hasta que digas que son las mejores vacaciones de tu vida.
—La paso bien —esta vez no miento—. ¿Puedes dejar de fastidiar?
Finge pensarlo en tanto el cabello rubio gotea sobre su hombro.
—No—apoya los brazos en la mesa—. ¿Puedo hacerte una pregunta?
—De igual forma te pasaras mi respuesta por el culo—reparo los lunares pintados en su piel.
— ¿Rafa y tu...? —vaciló—. He oído historias
Me quise reír en su cara.
—Rafa y yo, Nayet y yo, Ashton y yo, incluso con Isaac—enumero los rumores con los dedos—. Todas esas mierdas que has escuchado son mentiras. Nunca he estado con ellos, son mis amigos, entre paréntesis, casi hermanos.
— ¿Entonces por qué...?
—Te haré una pregunta yo ahora—lo interrumpo, imitando su posición—. Un día te vieron pagándole el almuerzo a Samantha ¿Sales con ella? ¿Te la estás cogiendo?
—¿¡QUE?! ¡NOOO!
—¿Ves mi punto? —me recuesto en la silla, satisfecha—. La gente ve lo que quiere ver e inventa el resto.
Mueve la cabeza y por ende doy por respondidas todas sus preguntas sobre los chismes o mi reputación.
—Y aprovechando el momento... ¿Qué fue lo que hice para que me fastidiaras? Digo, no creo que solo fue por haberte salvado la vida.
—En parte: sí. Aunque, creo que fue por tu sonrisa que me empezaste a gustar.
Aprieto los labios en una mueca fastidiada.
— ¡Te juro que no lo sé! Cuando te vi aquella tarde pensé que no te volvería a ver, me obsesioné con buscarte; luego escuché sobre una chica prácticamente satánica y admito que me llamó la atención. Yo me preguntaba: ¿Quién carajos es esa tal Nova y por qué es parte de la Yakuza?
Solté a reír.
—¿La Yakuza? ¿En serio?
— ¡Lo juro! Luego, cuando caí a tus pies se me paro todo—abrí los ojos, pero sin quitar la sonrisa—. ¡No mal pienses!
—¡No me pidas eso después de lo que dijiste!
Volví a reír, pero está vez él me acompaña.
— ¡El corazón! ¡Se me paró el corazón! Te observé por un buen tiempo hasta que decidí hablarte.
—Con razón me sentía acosada.
—Me impresiono al saber que TÚ eras esa tal Nova Thompson, sobreviviente de la coca.
— ¡En mi vida había probado la coca!
—Era lo que había escuchado —se defiende—. Igual no lo creí, cuando te vi parecías tan... distante, tan indefensa y... melancólica. Provocaba suicidarse al verte.
—La gente me dice amargada.
—Si, lo creo—se ríe—. Aun sin estar en los cinco sentidos hiciste lo que ningún ser humano haría por otro.
—Ibas a morir, Brayden —recrimino.
—Tu igual, y aun así te lanzaste sin conocerme —su tono se vuelve insoportablemente suave. Estira la mano sobre la mesa y roza mis nudillos con sus dedos húmedos—. ¿Crees que eso no es suficiente para enamorarme de ti?
—Me vistes en un mal momento, eso es todo —murmuro, retirando mi mano despacio, como si el contacto me quemara..
—Esos son los mejores para conocer a alguien.
Las palabras fueron las adecuadas para el momento, pero mi corazón no late como debería o como lo haría la de una chica de mi edad.
Mi corazón está extrañamente calmado, pero mi estómago se aprieta de una forma que me confunde. Es como si mi cuerpo entendiera algo que mi mente se niega a aceptar.
— ¿¡Por qué tardas?! —exigen al otro de la piscina.
Diana se fija en mí con una expresión muy contraria a la mortal que le dedica a su hermano. Se me había olvidado de que me pidió ayuda. Me levanto de la mesa, haciendo oídos sordos a los llamados de Brayden que me piden que me quede.
Editado: 21.05.2026