Tocan mi puerta a las cinco de la mañana para entrenar. Ignoro las miradas que se enfocan en nosotros al pasear por el hotel, pero Brayden no y hasta los saludas.
Cuatro horas en la mañana dentro de un salón pequeño sin un tercio de pared sólida, la mayor parte de la habitación son vitrinas y espejos en los cuales nos vimos bailando.
Tomamos una hora de descanso donde Brayden se pierde explorando el sitio, obligando a su tío a irlo a buscar.
Idiota se nace, no se hace.
—Hola —una voz suave, un poco temblorosa, interrumpe el silencio del salón.
¿En qué momento entró?
Ni siquiera me molesto en mirarla cuando se sienta a mi lado
—Me llamo Samara, también estoy en la competencia —continúa ella, buscando desesperadamente entablar una conversación.
Me hago la que bebe agua cuando el chico de ayer, el chico del balcón, pasa frente al salón sin separar la mirada que no le esquivo. Sonrió cuando me guiña un ojo y por un momento capto que la lora de al lado nunca dejó de hablar.
—... entonces mi novia me convenció, pero cuando fuimos a optar no aceptaban parejas del mismo sexo. ¿No es homofóbico y retrógrado eso?
— ¿Quién eres y por qué me hablas?
—Me llamo Samara, ya te lo dije, y te hablo porque pareces agradable.
¿Qué tengo cara de qué?
¿Acaso tengo un imán para este tipo de gente?
Me le quede viendo, esperando, algo, además de esa sonrisilla de niña. Palpo mis bolsillos buscando el imán para los tontos.
Tengo una maldición.
¿Qué otra cara debo poner para que no me molesten?
Ya mucho tengo con lidiar a diario con las idioteces de Brayden y los dramas Jess.
Sus cachetes rojos me muestran que también estuvo practicando, su mirada una tristeza oculta, su sonrisa que le falta autoestima y que por eso viene a hablarle a una desconocida. Es un poco regordeta, de cabello castaño y ojo marrones, una cara tierna e inocente, aunque intuyo que es mayor que yo.
— ¿Y qué no te enseñaron a no hablar con extraños?
—Sí —admitió, soltando una risita—, pero también a hacer amigos, y quiero llevarme el mérito de ser la primera en decirte que bailas bastante bien.
— ¿Y es que a parte no hay privacidad? —sigo con la atención clavada en Jared.
—No cuando las paredes son de cristal y tu compañero y tu llaman atraen las miradas.
Eso último captó mi atención de inmediato. Me detuve y la miré de reojo.
— ¿Mi compañero?
—El guapo chico rubio de sonrisa, se ve bastante feliz.
Te lo regalo.
—Y tú ¡Wao! Hasta yo quise que me sometieras.
Se me estanca la risa.
— ¿Qué?
—Que eres muy linda...
— ¡MEJOR TE HUBIERAN ABORTADO! —el grito ensordecedor de Carlos retumbó en todo el ala.
Samira o Sabrina —ya ni me importaba su nombre—se levanta de un brinco cuando Carlos empuja a Brayden dentro de la habitación, gritándole cosas que hace que Sandra salga corriendo.
Carlos ni siquiera la repara, nos hace entrenar un poco más y luego nos obliga a almorzar como si nos fueran a matar el día de mañana, siento que así será.
Fiby me relaja un poco llevándome a un spa, pero que a mitad del masaje su esposo entra hecho en una furia y me saca para llevarme al salón de prácticas donde sudo durante dos horas más.
—¡Esto es explotación! —lo sigo detrás cuando abre unas grandes puertas de madera.
—Demándame.
Nos da paso a un anfiteatro enorme que me marea en minutos, puestos acolchado de terciopelo a cada lado de nosotros, de dos pisos con techo de cúpula, cuenta con balcones y las escaleras son empinadas hacia abajo lo cual casi hace que Brayden ruede por ellas.
Por un momento, lo imagine.
—Mañana a esta misma hora estarán parados ahí, frente a cientos de personas. Los jueces aquí —voltea a un escritorio de mármol negro muy elegante—, dos de ellos se irán cuando pasen a la fase final así que nos enfocaremos en Maximiliano, un poco anticuado, pero rumores dicen que le gusta la innovación, que lo sorprendan. Él será constante, su decisión será la más influyente.
—Y si no pasamos ¿qué? —molesta Brayden.
—Lo harán —dice seguro.
— ¿Y si por equis razón me sobornan y yo acepto perder?
Carlos sonrió
— ¿Quieres que le diga a Nova lo que hacías a los treces años?
— ¿Qué hacía? —la curiosidad me gana.
— ¡NO LE DIGAS! —gritó, poniéndose rojo hasta las orejas
Eso, a su tío, lo hizo soltar una carcajada limpia.
—Gana el primer lugar y tu dignidad queda intacta.
Lo que queda de la tarde Carlos nos explica lo que tenemos que hacer, que decir y como vestir. Nos vuelve a explicar la dinámica de la competencia basadas en dos fases, que tendríamos que pasar si no...
—Los echo a los dos.
— ¡Carlos! — lo pellizcó su mujer en el brazo—. Tampoco es como si sus vidas dependieran de eso. ¡Dios! siempre eres así de bruto.
Brayden me mira con cierto temor, pero no por las amenazas, sino segundos antes de bajar las escaleras al supuesto restaurant. Mientras nos adentramos más oscuros se vuelve el pasillo y las antorchas eléctricas me hacen sentir que me llevan a un calabozo de torturas.
En el spa Fiby escuchó sobre el restaurant privado del hotel y Carlos llamó para reservar una mesa, el lugar quedaba en la parte trasera y subterránea del recinto, algo así como para darle ese toque secreto. El olor a vino me llega junto con la melodía de jazz que da paso al ambiente relajante, sensual y poco iluminado.
El suelo es de madera y las paredes de grama artificial. Un hombre con esmoquin no recibe los abrigos y las carteras, me quito la chaqueta de cuero acomodándome el top y la falda oscura de tela trasparente.
La charla no se detiene ahí, por primera vez veo a Carlos ansioso y emocionado, compartiéndonos lo que tiene pensado hacer en la academia con el dinero, como ampliarlo o mudarlo a un estudio lejos del centro de la ciudad.
— ¿Hablaron con sus padres? —consulta Fiby.
Editado: 21.05.2026