Me tiembla el pie, rasguño la puerta y el viento helado alborota mi cabello mojado.
—Te vas a enfermar.
Brayden intenta cerrar la ventana, pero interpongo la mano en el vidrio evitando que suba más.
—No puedo respirar —confieso.
Brayden toma mi mano y la aprieta; cierro los ojos dando una inhalación honda. Por primera vez necesito sentir que lo tengo al lado, que tengo a alguien apoyando aun sabiendo que se hundirá conmigo.
—Dime que todo saldrá bien —le pido—, dímelo cada vez que veas que tengo miedo o que me estoy arrepiento.
—Todo saldrá bien —repite, llevado mi mano a sus labios.
Eso espero, esto a punto de meter la pata hasta el fondo.
Estoy hecha un manojo de nervios, casi la una de la madruga, en unas cuantas horas tengo la final del concurso y aquí estoy, fuera del hotel vía a la comisaria del centro de la ciudad.
Esto es por mamá, por Debrah, Nayet, Megan, por todos aquellos que amo... aunque no lo sepan.
Brayden estaciona una esquina antes de la comisaria y aprieto el pendrive.
—Todo saldrá bien —acaricia mi pierna.
Mi vista va a sus labios y lo beso sin dudarlo ni un segundo.
Lo siento estremecer y sonrío.
—Todo estará bien —me confirma antes de dejarme ir.
La calle es helada y solitaria. Hay dos guardias en la puerta de la comisaría que apenas me miran cuando paso; para ellos soy solo un civil más. Adentro, el oficial de guardia teclea en un computador viejo mientras suena una radio con música de los ochenta a bajo volumen.
Me acerco al mostrador.
—¿Se le ofrece algo, señorita? —pregunta sin levantar la vista.
—Vengo a poner una denuncia.
El oficial suspira, toma un formulario en blanco y finalmente me mira.
—¿Qué tipo de delito? ¿Es usted víctima o testigo?
—Soy testigo directo. Y tengo evidencia; la policía de mi ciudad no me puede ayudar porque esta comprada, por eso necesito que me ayuden.
Saca un bolígrafo y empieza a tomar nota. Siento como los otros oficiales están atentos a mi declaración.
— ¿Quién la amenaza? —pregunta, bajándole el volumen a la radio—. ¿Por qué la amenaza y con que la amenaza?
—No solo me amenazan a mí, me amenazan con hacerle daño a mi familia, a mis amigos, porque tengo pruebas en fotos, grabaciones y audios de todos los crímenes que ha cometido el senador Gabriel Greed y su hijo.
Al hombre se le cayó el boli, sus ojos se expandieron a igual que la tensión.
—Llamare al jefe —se levanta de golpe—. Oficial Rojas, acompañe a la señorita a la sala de declaraciones.
Todos corren y se mueven con la mención del político del año.
—Por aquí.
Me guía un moreno llevándome a una sala tipo películas, habitación blanca, vacía, una mesa y dos sillas frente a un espejo donde decido sentarme dándole la espalda por si deciden vigilarme.
Al poco tiempo un anciano entra, con ropa casual y café en mano, toma asiento frente a mí.
—Mi nombre es Dante, jefe de esta comisaria. El oficial de guardia me dice que usted trae acusaciones muy graves contra el senador Greed.
Necesito a Brayden.
—Si.
— ¿Pruebas físicas que corrobore lo declarado?
Saco el pendrive de mi bolsillo y lo pongo sobre la mesa, pero cubriéndolo con mi mano antes de que él pueda tomarlo, dejando claro una sola cosa.
—Quiero protección para una lista de personas, pero ellos no deben de saber que están siendo vigilados. No saben que están peligro, y quiero que siga así, sin levantar sospechas.
Dante le da un sorbo a su café y me mira con una mezcla de cansancio y diversión.
—Niña, el programa de protección a testigos lo aprueba un juez, no yo. ¿Cómo piensa que cuidemos a personas que no saben que están siendo cuidadas?
—Eso lo tienen que pensar usted si quieren que les entregue la evidencia...
El viejo se ríe.
—Niña, fuiste tú la que vino hasta aquí.
—Pero son ustedes los que se benefician con mi evidencia —finalizo la negociación.
El anciano esboza una sonrisa seca. Una adolescente acaba de acorralarlo. Asiente lentamente.
—Traigan los formularios de medidas cautelares —ordena hacia la puerta abierta. Una oficial entra segundos después con una carpeta—. Coloque nombre y dirección. Evaluaremos el nivel de riesgo.
Empiezo con mamá, luego Brayden y sigo con los demás llenando la hoja por la mitad.
Anciano se acabó el café con un silbido.
—Son muchas. Y ni siquiera te anotas tu misma
— ¿Ya ve por qué mi vida no es la que corre peligro?
La mujer se va dejándonos a solas de nuevo.
— Bien. Comencemos —estableció—. ¿Nombre completo?
Trague saliva cuando el hombre le dio play a la grabadora.
—Nova Elizabeth Thompson—respire hondo—. El año pasado entró un alumno nuevo, Adrián Greed, no sabía quién era hasta que me presentó a su padre, y a partir de ahí empeoró todo.
» Tuve un mal presentimiento esa noche, y cuando el guardia de seguridad de su casa me hizo firmar un acuerdo de confidencialidad es que empecé a tomar mis precauciones.
» En la primera carpeta del pendrive esta gran parte de ese acuerdo con la firma del senador y su esposa como testigo.
— ¿Firmó aun siendo una menor de edad? —preguntó él.
—Si —conteste—. He de recordar que hasta ese momento no sabía en qué me metía.
—¿Un padre o representante legal estaba con usted?
—No.
—El acuerdo no es legal —sentenció y anotó—. Continúe.
—Otro día, Adrián nos invitó a un bar, lo dejaban entrar sin ningún problema. Una de esas tantas noches, recorrí el lugar y lo seguí. Ese bar es solo una fachada, debajo de Júpiter hay una especie de infierno con muchas puertas, cada una parece una habitación de tortura y es ahí donde meten a los enemigos.
El hombre me miró, como si no me creyera.
— ¡Tengo pruebas!
— ¿Me permite verlas?
Asentí.
Dante no lo conecta a su red. Llama a un técnico que trae una laptop gruesa, aislada de internet, y conecta el USB.
Editado: 21.05.2026