En el extremo más septentrional del mundo,
donde incluso la aurora se cansa de brillar,
se alza una torre tan antigua
que nadie recuerda quién la construyó.
La llaman La Torre de las Almas Heladas,
aunque los monjes prefieren decirle El Faro del Silencio.
Se dice que está hecha del hielo más puro que existe,
el que no se derrite ni siquiera ante el fuego de los dioses.
No tiene puertas.
No tiene escaleras.
Solo un espiral tallado en la propia pared,
que asciende hacia un resplandor pálido,
como si el cielo la hubiera reclamado antes de tiempo.
Dentro, cada muro parece contener un rostro.
No tallado, no pintado…
sino preservado,
como si las almas que subieron hasta allí
hubieran dejado su última respiración atrapada en el cristal.
Los sabios dicen que la torre llama a los que no hallan paz.
Que aquellos que mueren con una promesa incumplida,
un amor sin despedida,
o una palabra que el miedo les robó,
oyen su canto en sueños.
Y cuando despiertan,
caminan hacia el norte,
sin detenerse,
siguiendo el eco que solo ellos escuchan.
Nadie los ve regresar.
Pero en las noches de luna azul,
cuando el viento sopla desde las cumbres,
los viajeros juran oír un murmullo dentro del hielo:
voces antiguas, suaves,
rezando, llorando, cantando…
como si el silencio mismo intentara recordar lo que fue olvidado.
Su nombre era Eldran,
y había vivido toda su vida en las sombras del monasterio de Solantre.
No era santo ni sabio,
solo un hombre cansado de rezar sin respuesta.
Había amado una vez,
en un tiempo que el invierno borró de los calendarios,
a una mujer que murió antes de decirle adiós.
Desde entonces, cada plegaria era una grieta más en su fe.
Una noche, mientras los demás monjes dormían,
Eldran oyó un sonido que no era del viento:
un murmullo,
una voz tenue que lo llamaba por su nombre,
repitiéndolo una y otra vez con paciencia infinita.
Se levantó, temblando,
y vio a través del ventanal un resplandor al norte,
como una estrella que no debía estar allí.
Supo entonces que la torre lo llamaba.
No dejó carta ni promesa.
Solo tomó su abrigo y su rosario,
y caminó hacia el frío.
Dicen los pastores que lo vieron pasar entre los glaciares,
caminando descalzo,
con los ojos fijos en la luz.
Que el hielo no lo hería,
que las ventiscas se abrían ante él,
como si el invierno mismo le hiciera un camino.
Al séptimo día, llegó a la torre.
El resplandor era tan intenso
que el cielo parecía respirar dentro de sus muros.
Tocó la superficie del hielo,
y en ese instante escuchó todas las voces del mundo.
La de su amada, primero,
luego las de los niños, los ancianos, los viajeros,
los que habían partido sin dejar palabra.
Todas hablaban a la vez,
no pidiendo ayuda,
sino recuerdo.
Eldran cayó de rodillas.
Lloró hasta que su llanto se volvió escarcha,
y su cuerpo empezó a perder el calor.
El hielo respondió con un brillo suave,
y lo envolvió sin dolor.
Al amanecer, la torre era una más alta.
En su nueva pared transparente,
el rostro de Eldran parecía dormir,
sereno, con los labios curvados en una oración sin voz.
He visto la torre, viajero.
La vi desde lejos, cuando el sol no se atrevía a tocarla.
Y aunque mis pasos no alcanzaron su base,
sentí que una parte de mí ya estaba allí dentro,
dormida,
esperando ser recordada.
No hay horror en ese lugar.
Solo silencio.
El tipo de silencio que no juzga ni castiga,
sino que guarda.
Los hombres temen al hielo porque creen que mata,
pero el hielo de Solantre no destruye:
preserva lo que el tiempo olvida.
En esas paredes respiran los ecos de los que amaron,
los que creyeron,
los que no pudieron decir adiós.
Y si cierras los ojos,
puedes oírlos,
cantando en un idioma que no pertenece a los vivos ni a los muertos:
el idioma de la memoria.
El fuego purifica,
el hielo conserva.
El fuego grita para existir,
el hielo susurra para no desaparecer.
Así entendí que la piedad del invierno no es la muerte,
sino el recuerdo que se niega a morir.
Y cuando partí de Solantre,
dejé mis huellas sobre la nieve fresca,
sabiendo que pronto serían borradas.
Pero no me dolió.
Porque comprendí que todo lo que amamos,
si es verdadero,
encuentra en el hielo su forma más pura:
la permanencia.
Así me alejé de la torre,
con la certeza de que las almas heladas no están presas…
están esperando que alguien,
en algún lugar del mundo,
vuelva a pronunciar su nombre.
Y mientras quede un trovador que cante,
Solantre no dormirá del todo.
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Editado: 05.01.2026