Los Secretos Del Desierto: * Ecos De Los Cuatro Vientos *

SOLANTRE: 5. El Último Fuego de Solantre

Dicen que hubo un invierno tan largo
que incluso las estrellas olvidaron su lugar en el cielo.

El sol no salía.

Los glaciares devoraban las aldeas,
y los lobos cantaban a la luna sin saber si seguía ahí.

Los sabios lo llamaron El Silencio Blanco,
porque ni el tiempo se atrevía a avanzar.

En medio de esa quietud nació Kael,
hijo de un herrero que jamás vio el fuego.

Su padre hablaba del calor como de una leyenda:
algo que una vez existió para dar forma a los metales
y color a las almas.

Pero Kael no podía imaginarlo.

Para él, el mundo era hielo,
y la luz, una promesa que no le pertenecía.

Hasta que un día, en los restos de una mina abandonada,
halló un fragmento de piedra roja,
lisa, cálida, viva.

La llamó Corazón del Alba.

Al tocarla, sintió por primera vez el calor.
No quemaba.
No dolía.

Era como si el invierno retrocediera solo en torno a su piel.

Esa noche soñó con un fuego que danzaba,
con hombres riendo,
con madres cantando,
con niños corriendo bajo una luz que no dolía a los ojos.

Cuando despertó, el fragmento brillaba débilmente.

Y Kael comprendió que no era un sueño.

Kael bajó de la mina con el corazón latiendo como un tambor nuevo.

En sus manos, el fragmento rojo brillaba débilmente,
y el aire a su alrededor se volvió menos cruel.

Los aldeanos lo miraron con miedo.

Ninguno recordaba el color del fuego,
y al ver esa luz desconocida pensaron que era maldición.

  • Apaga eso, — le dijeron los monjes del norte —
    no despiertes lo que el hielo quiso olvidar.

Pero Kael no obedeció.

  • ¿Cómo puede ser pecado lo que da calor? — Preguntó —
    ¿Cómo puede la vida temer a su propia chispa?

Nadie respondió.

Esa noche, escondido en la caverna más profunda,
encendió una pequeña llama sobre el Corazón del Alba.

Era débil, temblorosa,
pero su luz era tan pura
que las paredes comenzaron a brillar como oro bajo la escarcha.

El fuego danzó,
y por primera vez en siglos, la nieve se derritió.

Kael lloró.
No por miedo, sino por belleza.

Con manos temblorosas llevó la llama al centro de la aldea.

Los niños se acercaron primero,
luego las madres,
luego los ancianos.

Sintieron su calor, y algunos rieron;
otros, incapaces de soportar el cambio,
retrocedieron como si el fuego fuera un espejo
donde pudieran verse a sí mismos renaciendo.

  • ¿Qué es eso? — Preguntó un anciano.
  • Es el fin del silencio, — Respondió Kael —
    y el principio del recuerdo.

Pero el hielo del mundo no se entrega sin precio.

Aquella misma noche, los glaciares comenzaron a crujir.

El viento rugió con voz de tormenta,
y una ventisca descendió sobre la aldea,
buscando devorar la llama.

Kael comprendió entonces:
el fuego había vuelto,
pero el invierno no estaba dispuesto a irse.

La ventisca llegó como una bestia sin rostro.

Los muros crujieron, las montañas rugieron,
y el cielo se volvió blanco,
tan blanco que el mundo parecía borrarse.

El fuego tembló, amenazando con extinguirse.

Kael lo sostuvo entre sus manos desnudas,
y el calor le abrió grietas en la piel,
pero no soltó la llama.

  • No dejaré que mueras otra vez, — susurró —
    no después de haberte visto bailar.

Cada paso que daba hacia el corazón de la tormenta
hacía que la nieve se derritiera a su alrededor,
creando un sendero efímero de agua y vapor.

Las sombras del invierno se alzaron ante él,
susurrando con voces de hielo antiguo:

  • Todo fuego trae ruina.
  • Todo calor olvida.
  • Todo amor consume.

Kael apretó los dientes y respondió:

  • Y, aun así, sin fuego, no hay vida.

Entonces alzó las manos y dejó que la llama lo abrazara.

El fuego lo envolvió,
pero no lo devoró:
lo transformó.

Por un instante,
el hielo y el fuego convivieron.

El cielo se tiñó de rojo y azul,
el viento calló,
y una luz nueva iluminó las montañas.

Cuando la tormenta cesó,
no quedaba cuerpo, ni piedra, ni sombra.

Solo una pequeña chispa,
suspendida en el aire,
flotando sobre el lugar donde Kael cayó.

Esa chispa no se apagó jamás.

Los monjes la hallaron días después,
ardiendo aún en el centro de la nieve,
sin consumir nada,
sin destruir.

La guardaron en un santuario de cristal,
y la llamaron El Fuego Eterno de Kael.

Desde entonces, cada aurora en Solantre
tiene un tinte dorado,
y cada corazón que late recuerda su nombre.

He caminado entre los glaciares,
donde los ecos son más viejos que los nombres,
y el viento arrastra oraciones que nadie recuerda haber dicho.

He visto amores congelados en el tiempo,
lobos que custodian el alma del invierno,
torres donde la memoria canta su vigilia,
y un niño que encendió el amanecer con sus manos desnudas.

Todos ellos, fragmentos de una misma verdad:
que el frío no es ausencia,
sino espera.

Y que en el corazón más helado puede arder una chispa
que ni la muerte sabe apagar.

El hielo preserva la forma del amor,
pero el fuego le da voz.

Sin uno, el otro olvida.
Juntos… recuerdan.

Solantre me enseñó que la quietud también reza,
que el silencio puede tener alma,
y que la esperanza; esa llama imposible,
a veces sobrevive solo para que el mundo no olvide cómo soñar.

Cuando partí de sus montañas,
miré atrás por última vez.




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