Hay reinos que no terminan,
solo descansan en la memoria del mundo.
Solantre no murió con el invierno,
ni despertó con el fuego.
Solo cambió de respiración.
Bajo sus montañas aún duermen los corazones que amaron sin voz,
las promesas que no se rompieron, sino que se congelaron,
esperando el día en que el tiempo vuelva a fluir.
Yo, el trovador sin patria,
fui testigo de su quietud infinita.
Vi a los hombres que oraban al hielo,
temiendo su pureza.
Vi a las mujeres que hablaban con el viento,
confiando en su piedad.
Y comprendí que el frío no es enemigo ni redentor,
sino el espejo donde el alma se prueba a sí misma.
El fuego enseña a sentir,
el hielo enseña a resistir.
Entre ambos nace la fe.
En las tierras del norte aprendí que el amor no siempre florece,
a veces germina bajo la escarcha,
invisible, silencioso,
esperando el coraje de un solo corazón
para romper la capa del miedo.
Y cuando el hielo se quiebra,
el sonido no es destrucción…
Es nacimiento.
Por eso, si alguna vez viajas a Solantre y el viento te llama por tu nombre,
no temas.
No es una advertencia.
Es un saludo.
Porque los ecos del norte no olvidan,
y las almas que amaron allí no duermen:
vigilan.
Ellas guardan el fuego que Kael encendió,
la canción que Ineira dejó en el lago,
la pureza de Selya y su lobo,
la plegaria muda de Eldran ante la torre.
Todo eso vive en el hielo,
respirando con calma,
esperando una voz humana para volver a ser.
Y mientras quede un corazón dispuesto a escuchar el silencio,
Solantre no caerá en el olvido.
Porque incluso el invierno más largo
es solo la pausa entre dos amaneceres.
El frío no termina…
se transforma en luz.
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Editado: 05.01.2026