Hay un rumor que solo escuchan los que han perdido algo irrecuperable.
Es el sonido del mar.
No el de las olas golpeando la costa,
sino el del fondo,
donde la luz no llega
y los recuerdos no saben si flotan o se hunden.
Allí, en el límite del mundo,
comienza Portial,
el reino que nunca duerme,
el espejo cambiante del cielo.
Dicen que sus ciudades se alzan sobre pilares de coral,
que las cúpulas resplandecen como perlas vivas,
y que bajo ellas duermen los reyes antiguos,
custodiados por las canciones de las sirenas.
He caminado durante lunas enteras para llegar a sus orillas.
Dejé atrás los ecos del hielo y seguí el murmullo de las mareas,
ese canto que parece venir de todas partes y de ninguna.
En el camino, el viento cambió de voz.
Ya no era el silbido cortante del norte,
sino un suspiro húmedo,
lleno de historias que la arena quiso olvidar.
Las olas me recibieron como a un viejo amigo,
con espuma en lugar de brazos
y promesas disfrazadas de bruma.
Y comprendí que cada reino que había cruzado —
el fuego del desierto,
las raíces del bosque,
el hielo del norte—
me había preparado para esto:
para escuchar el corazón del mundo latiendo bajo el agua.
Dicen que en Portial nada muere del todo.
Lo que se ahoga, canta.
Aquí las historias no se escriben,
se hunden,
y las corrientes las guardan como cartas destinadas a los dioses.
Así comienza mi canto en Portial,
donde las lágrimas son sagradas,
los silencios flotan,
y la verdad, como el mar,
nunca tiene una sola profundidad.
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Editado: 05.01.2026