Antes de que los hombres construyeran puertos,
antes de que el cielo y el agua aprendieran a separarse,
el mundo era una sola respiración.
En el fondo del océano dormía Nareiah,
la que no conocía forma ni frontera,
la voz primera del mar.
Dicen que cuando los dioses encendieron la tierra con fuego,
fue ella quien lloró para apagarla,
y de sus lágrimas nacieron los océanos.
Durante siglos, el agua fue silencio.
Pero cuando los hombres llegaron y arrojaron sus barcos sobre su espalda,
el mar sintió curiosidad.
Quiso entenderlos.
Quiso amarlos.
Y así, Nareiah emergió de las profundidades con cuerpo de mujer,
piel del color del amanecer sobre el agua,
y ojos tan hondos que contenían la noche entera.
Caminó entre los primeros pescadores,
habló con las reinas del litoral,
enseñó a los hombres a leer las mareas y a escuchar el pulso del viento.
A cambio, pidió una sola promesa:
Los hombres juraron.
Pero los juramentos, cuando son pronunciados con miedo,
flotan.
Pasaron los siglos,
y el hombre empezó a querer lo que no podía contener:
el fondo, el oro, las ciudades perdidas.
Cavaron con hierro,
sembraron anclas,
y construyeron murallas contra la marea.
Nareiah los observó en silencio.
Su amor se volvió marea.
Su paciencia, tempestad.
Y una noche, cuando el mundo dormía,
el mar se alzó y devoró las costas.
Las torres se hundieron,
las campanas callaron,
y los barcos desaparecieron sin dejar nombre.
Pero cuando la furia cesó,
la reina no volvió al abismo.
Se quedó en las aguas medias,
donde la luz aún toca las sombras,
y desde entonces custodia los secretos del hombre,
recordándole que toda conquista tiene un precio.
Dicen los más viejos navegantes que el mar no olvida,
solo espera.
Cuando los reyes de la superficie vieron la calma regresar,
pensaron que la Reina había perdonado.
Pero el silencio del mar es un lenguaje que los hombres nunca aprendieron a leer.
Nareiah aún caminaba entre ellos,
vestida con agua y luz,
enseñando a los sabios el arte de escuchar las corrientes
y a los niños el nombre de los vientos.
Los hombres la adoraban.
Las reinas la envidiaban.
Y los sacerdotes temían su poder,
porque en sus ojos vieron algo que ningún dios de la superficie poseía:
piedad.
Fue entonces cuando el rey de Portial; un hombre ambicioso,
con corona de coral y corazón de hierro,
ideó su crimen.
Convocó a los magos de la costa,
los que domaban las mareas con conjuros de sal y mercurio,
y tejió una red hecha de reflejos:
un hechizo capaz de atrapar la forma misma del agua.
Cuando Nareiah volvió a la orilla para cantar a las lunas nuevas,
los hombres arrojaron la red sobre ella.
El mar rugió,
las olas se alzaron como muros,
y los delfines huyeron hacia la oscuridad.
Ella no gritó.
Solo los miró con una tristeza que los partió en dos.
Entonces el mar se abrió.
Las aguas temblaron desde el fondo del mundo.
La red se disolvió como espuma,
y el cuerpo de Nareiah comenzó a cambiar:
sus ojos se volvieron abismos,
su voz, trueno,
su cabello, corrientes que arrastraban estrellas.
Y con un último canto,
Nareiah descendió hacia el fondo del océano.
Desde entonces,
el mar tiene dos rostros:
uno sereno que besa la costa,
y otro oscuro que murmura los nombres de los que se ahogaron por soberbia.
Bajo siete mares y siete sombras descendió Nareiah,
más allá del alcance del sol,
donde el agua ya no es azul sino memoria.
Allí no hay suelo ni techo,
solo un horizonte líquido donde el tiempo se disuelve.
Su cuerpo dejó de ser carne;
su voz se volvió corriente,
su mirada, marea.
Y en torno a ella, las almas de los ahogados comenzaron a despertar.
Eran miles,
cuerpos suspendidos como hojas que nunca tocaron tierra.
Las almas la miraron con ojos vacíos.
Así nació el Abismo,
un reino sin muerte ni nacimiento,
donde los que fueron traicionados por el agua
hallaron reposo en la voz que los llamó.
Nareiah caminó entre ellos,
y con cada paso una nueva criatura despertaba:
peces con rostros humanos,
medusas que hablaban en sueños,
corales que guardaban susurros.
Les enseñó a cantar en el idioma del agua,
un lenguaje que no tiene principio ni final,
solo movimiento.
Y cuando el canto del Abismo resonó por primera vez,
la superficie tembló.
Los marineros miraron al horizonte y oyeron un murmullo
que no venía del viento ni de las olas.
Era la voz del fondo,
una melodía que decía:
Nada se pierde, solo se hunde.
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Editado: 05.01.2026