Dicen los pescadores de Portial
que todo hombre que ha pasado demasiadas noches en el mar
termina oyendo su nombre entre las olas.
Algunos lo ignoran.
Otros se arrojan al agua.
Y a veces, muy pocas veces,
el mar responde.
Así comenzó la historia de Lorian,
un marinero que había navegado más allá de las rutas conocidas,
buscando el fin del horizonte.
No temía a las tempestades ni a la soledad,
pero en sus sueños oía una voz:
un canto suave, tan triste que dolía respirarlo.
Una noche de luna alta,
cuando el viento dormía y el mar parecía un espejo,
oyó la melodía otra vez.
Era una voz de mujer,
pura como la espuma,
profunda como el abismo.
Lorian se asomó por la borda,
y entre las aguas vio dos ojos que no eran de este mundo:
azules, inmensos, antiguos.
La sirena no hablaba.
Cantaba.
Su voz no pedía amor ni compasión,
solo escucha.
Lorian bajó su linterna al mar,
y la luz tembló sobre su rostro.
No había malicia en ella,
solo soledad.
Esa noche, el marinero se quedó junto a la borda,
escuchando hasta que el amanecer borró el canto.
Y cuando el sol se alzó,
supo que nunca más podría vivir lejos del mar.
Pasaron lunas.
Lorian regresaba cada noche al mismo lugar,
allí donde el mar respiraba con ritmo de corazón dormido.
Llamaba su nombre al viento,
aunque no sabía si era un nombre o un rezo.
Y un día, cuando el cielo se confundió con el agua,
la sirena emergió.
Su piel brillaba como cristal bajo el amanecer,
y su cabello era una corriente que no se decidía entre el oro y la sombra.
No hablaban,
porque entre ellos el silencio era lenguaje suficiente.
Ella tocó su rostro,
y el salitre del mar se mezcló con las lágrimas del hombre.
Entonces la sirena lo tomó de la mano
y lo llevó bajo el agua.
Lorian sintió miedo, pero no ahogamiento:
el mar lo envolvía con dulzura,
y en su pecho no había aire, sino música.
En las profundidades vio jardines de coral,
ruinas antiguas donde las estatuas lloraban burbujas,
y luces que danzaban como almas sin peso.
Allí, donde no existía el tiempo,
la sirena lo besó.
No fue beso de deseo,
sino de reconocimiento.
Dos soledades que se encontraron por fin.
Cuando emergieron, la noche había vuelto.
Ella lo miró, con tristeza infinita,
porque el amor del mar y el aire no puede sobrevivir a la aurora.
Lorian no volvió a tierra.
El puerto lo esperó durante días,
las velas colgaban rotas,
y su nombre se perdió en el murmullo de las tabernas.
Pero el mar, que no olvida, lo guardó.
En la noche sin luna, cuando la marea subió sin viento,
la sirena emergió una última vez.
Él estaba allí, de pie sobre la proa de su barco,
sin miedo, sin fuego,
solo con la certeza de quien ha dejado atrás la frontera.
Entonces él sonrió,
y se arrojó al mar.
El agua lo envolvió,
primero fría, luego tibia,
luego tan cálida que parecía latir.
Sintió su cuerpo perder peso,
su aliento disolverse,
pero no la muerte.
La sirena lo sostuvo entre sus brazos,
y en su pecho nació un nuevo pulso,
una respiración sin aire,
un silencio que sabía a eternidad.
Así, dicen los antiguos marineros,
Lorian se convirtió en el Primer Hijo del Horizonte,
el único hombre que cruzó el límite del mar sin perder su alma.
Algunos afirman que aún se le ve en los amaneceres más quietos,
cuando el agua se vuelve espejo y el viento calla.
Dos figuras nadan juntas entre las olas —
una de luz, otra de sombra—
recordándole al mundo que incluso los imposibles,
si son puros, no mueren…
solo cambian de profundidad.
He visto el mar guardar silencios más hondos que las tumbas,
pero también he visto cómo una sola nota de amor
puede mover sus aguas enteras.
Dicen que Lorian y la sirena duermen bajo un arco de luz,
donde el fondo del océano se curva hacia el cielo,
y que su unión mantiene el equilibrio entre los mundos.
Tal vez el mar los haya olvidado.
Pero cada vez que una ola besa la costa con ternura,
sé que el recuerdo sigue vivo.
El amor no siempre salva,
pero siempre deja belleza en su ruina.
El amor no siempre permanece,
pero el mundo cambia cada vez que alguien se atreve a elegirlo.
Lorian no murió,
solo eligió un silencio más profundo.
La sirena no lo perdió,
solo aprendió a amar sin orilla.
Y el mar… el mar siguió cantando,
porque el amor y la marea tienen la misma fe:
retroceden solo para regresar con más fuerza.
A veces, cuando navego de noche,
creo oír su canto entre las olas.
No hay palabras, solo respiraciones.
Entonces el horizonte se abre un instante,
y me parece verlos
él, con el alma hecha agua;
ella, con el corazón hecho aire.
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Editado: 05.01.2026