Los Secretos Del Desierto: * Ecos De Los Cuatro Vientos *

PORTIAL: 3. La Princesa de los Corales

Dicen los antiguos de Portial
que hubo una princesa tan hermosa
que los corales cambiaban de color al verla pasar.

Su nombre era Eirene,
hija de reyes que habían nacido con la marea
y crecido creyendo que el mar era su vasallo.

En su infancia, jugaba con las olas,
tejía coronas con algas y perlas,
y creía que el rumor del agua era su canción de cuna.

Pero a medida que crecía,
crecía también su deseo de poder.

  • ¿Por qué las mareas obedecen a la luna y no a mí? — Preguntaba.
  • Porque el mar no tiene reina entre los hombres. — Decían los sabios.

Eirene no aceptó esa respuesta.

Quiso probar que el linaje de su sangre era más fuerte que el de las olas.

Mandó construir un trono de coral y nácar,
tan alto que rozaba la espuma,
y juró que el mar aprendería su nombre.

Pero los corales, que son viejos y sabios,
guardan la memoria de Nareiah.

Y cuando alguien intenta usarlos para orgullo,
su belleza se convierte en filo.

La noche de su coronación,
el cielo estaba quieto,
y el mar dormía como un animal cansado.

Eirene subió al trono,
alzó los brazos al horizonte,
y gritó:

  • ¡Yo soy la heredera de la Reina del Abismo!

El mar la escuchó.

Y despertó.

El mar no rugió.

No hubo trueno ni tormenta.

Solo un silencio denso, inmenso,
como si las aguas contuvieran la respiración del mundo.

Eirene permaneció sobre su trono de coral,
sonriendo al ver que las olas no osaban tocarla.

Pero el mar no se somete: espera.

Al caer la primera luna,
la princesa sintió un leve ardor en sus manos.

Pensó que era la sal.

Al segundo día, el dolor subió por sus brazos.

Miró y vio que pequeñas hebras rosadas,
del mismo color que los corales de su corona,
se habían hundido bajo su piel.

Intentó arrancarlas,
pero brotó sangre, y de la sangre, perlas diminutas.

Los sacerdotes la miraron horrorizados.

  • El mar la reclama. — Dijeron.

Eirene no los escuchó.

Aun cuando los corales trepaban por su cuello,
seguía creyendo que era una señal divina,
un símbolo de su unión con las aguas.

Pero el mar no une: devuelve.

Su piel comenzó a tornarse translúcida,
sus ojos reflejaban la profundidad del abismo,
y su voz, antes dulce, se volvió hueca,
como si hablara desde dentro de una concha vacía.

Los corales florecieron en su espalda,
abriéndose como ramas bajo la luz de la luna.

Cuando intentó moverse, no pudo.

Las raíces la sujetaban al trono.

Entonces entendió.

No era reina del mar…
era parte de él.

Gritó,
pero el mar respondió con un murmullo que solo ella comprendió:

Toda belleza que no ama, se hunde.

Las olas se elevaron, suaves,
cubriéndola con una calma que parecía misericordia.

Cuando el amanecer llegó,
el trono estaba vacío,
y en su lugar, una nueva barrera de corales se alzaba,
brillante, perfecta, viva.

Pasaron los inviernos y las mareas,
y la historia de la princesa se volvió susurro entre los pescadores.

Nadie recordaba su rostro,
pero todos conocían su nombre,
pronunciado con la mezcla de miedo y devoción
que solo inspiran los santos y los naufragios.

Decían que cuando el mar se volvía turquesa al amanecer,
era porque la Dama Coral despertaba en su jardín.

Los buzos más osados afirmaban haber visto su silueta:
una mujer inmóvil entre los corales,
con la mirada abierta y serena,
como si el tiempo no la tocara.

Sus cabellos eran algas que se mecían con la corriente,
y de sus dedos brotaban flores de mar que nunca se marchitaban.

A su alrededor, los peces nadaban con respeto,
los tiburones desviaban su ruta,
y las corrientes se aquietaban al pasar por su trono.

Los Hijos del Abismo, guardianes de Nareiah,
la llamaban La Silenciosa,
pues decían que su voz aún dormía,
esperando el día en que los hombres dejaran de hablar para escuchar.

Pero cuando un barco se acercaba demasiado al arrecife,
el mar cambiaba de color.

Las aguas se volvían rojas como el coral recién nacido,
y una marea súbita lo tragaba todo.

Nadie sabía si era furia o protección,
amor o advertencia.

Solo el trovador, viejo ya, lo comprendió al escuchar la marea susurrar:

La belleza no muere, trovador.

Solo el orgullo la entierra.

Y desde entonces, en Portial se dice que toda ola que rompe con espuma rosada
es una flor que florece en el jardín de la Dama Coral.

Que ella sigue ahí, entre la sombra y la luz,
velando por un mar que ya no pertenece a los hombres,
sino a las memorias que se hundieron con ellos.

El mar, viajero…
el mar tiene memoria de flores.

Lo que la tierra cubre con polvo,
el agua lo guarda con luz.

Y así, donde hubo orgullo,
brotaron corales.

Donde hubo vanidad,
floreció el silencio.

Dicen que la Dama Coral no castiga ni perdona,
solo observa.

Que cada ola que choca contra la piedra
es una advertencia dulce:

Toda corona se oxida, toda belleza sin alma se disuelve.

Y, sin embargo,
el mar la ama.

Porque incluso en su soberbia,
Eirene no buscó destruir, sino brillar demasiado cerca del sol.

El mar la tomó y la volvió raíz.

No para humillarla,
sino para recordarnos que hasta las flores del abismo
nacen de la caída.

A veces, cuando el crepúsculo tiñe las olas de rojo,
juro ver su sombra moviéndose bajo la superficie,
como si peinara sus corales,
soñando aún con el cielo que nunca volverá a tocar.




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