Dicen los marineros más viejos; los que aún temen mirar al horizonte cuando cae la noche
que existe un barco que navega sin sombra ni reflejo.
Lo llaman El Azur,
aunque nadie recuerda si fue su nombre original
o si el mar se lo dio cuando devoró su tripulación.
Bajo sus velas, el viento no sopla.
Se mueve con la marea,
pero nunca toca puerto.
Su capitán, Elian Thorne,
fue un hombre de carne, voz y ambición.
Un navegante que no temía ni dioses ni monstruos,
pues decía que todo lo que el mar escondía
podía conquistarse con paciencia y pólvora.
Un día, en los límites del archipiélago de los Suspiros,
Elian encontró un trozo de mapa escrito con sal.
Decía:
Donde el mar se oscurece, el alma puede verse.
Y el capitán creyó haber hallado el camino hacia el poder,
hacia los secretos del Abismo donde reinaba Nareiah.
Reunió a su tripulación y zarpó al anochecer,
sin saber que el destino que se busca en las sombras
no concede regreso.
Durante siete noches, navegaron entre mares inmóviles,
bajo estrellas que parecían mirar con ojos humanos.
Hasta que el octavo amanecer no llegó.
El cielo se detuvo.
El mar se volvió de un azul tan oscuro
que parecía absorber la luz.
Y entonces escucharon una voz.
No era humana,
ni divina,
sino algo entre ambas:
un canto que venía de dentro del agua,
de esas profundidades donde ni la luz ni el perdón llegan.
Elian sonrió.
Y el mar respondió:
¿A qué precio?
Durante tres días navegaron bajo un cielo sin amanecer.
Las aguas eran tan densas que el timón no respondía,
y el viento, si soplaba, lo hacía hacia adentro del barco.
Los hombres hablaban poco.
En sus ojos brillaba una inquietud que el capitán confundió con obediencia.
Pero el mar, cuando calla demasiado, empieza a hablar en la mente.
Las noches se hicieron eternas.
Algunos juraron ver figuras nadando bajo la quilla:
sombras que imitaban sus movimientos,
como si el agua los reflejara no por fuera, sino por dentro.
Uno de los marineros, joven aún, gritó en mitad de la oscuridad:
Elian respondió sin mirarlo:
Pero el muchacho lo hizo.
Y al instante, su cuerpo se deshizo en espuma.
Los hombres quisieron orar,
pero las palabras no flotaban;
el aire dentro del barco era pesado,
como si el océano se infiltrara por los poros.
Esa noche, el capitán vio su reflejo en el agua.
No tenía rostro.
Solo dos ojos luminosos, del mismo azul que rodeaba su barco.
Desde entonces, cada hombre comenzó a ver su sombra dentro del mar,
y uno a uno fueron cayendo,
arrastrados no por las olas,
sino por aquello que llevaban dentro.
Elian no tembló.
Creyó que el mar lo estaba probando,
que debía llegar al fondo de su propia oscuridad para conquistarla.
Así, siguió navegando hacia adelante,
con el timón firme y el corazón vacío,
mientras las aguas lo envolvían como un sueño sin retorno.
Y cuando el último de sus hombres desapareció,
el capitán comprendió que el barco ya no flotaba…
sino que caía.
Elian Thorne cayó más allá del silencio.
Su barco, sin velas ni tripulación,
descendía entre columnas de luz verde y sombras que respiraban.
Las aguas ya no eran frías,
sino densas, antiguas, vivas.
Y allí, en la frontera donde la luz muere,
la vio.
Nareiah, la Reina del Abismo.
No tenía rostro ni forma fija:
era todas las mareas,
todas las lunas reflejadas,
todos los llantos de los que el mar reclamó.
Su voz no salió de una boca,
sino de cada burbuja,
de cada corriente,
del mismo corazón del océano.
Un silencio recorrió el agua.
Las sombras del fondo se agitaron, como riendo sin sonido.
Entonces Nareiah extendió su mano; una mano hecha de espuma y oscuridad,
y tocó el pecho del capitán.
El mar se cerró sobre él.
Cuando abrió los ojos, ya no había cielo ni barco,
solo un océano inmóvil reflejando su rostro.
Su piel era azul.
Su sombra, líquida.
Y su corazón ya no latía… sino que fluía.
Nareiah se apartó con compasión infinita:
Desde entonces, los marineros dicen que, en noches sin luna,
pueden ver un navío de luz azul cruzando las aguas muertas,
guiado por un hombre sin rostro que navega entre los sueños.
Su mirada es calma.
Sus pasos no dejan huella.
Y cuando pasa, el mar se oscurece…
como si el mismo océano recordara que incluso el poder,
cuando olvida el alma,
se convierte en sombra.
Hay destinos que no terminan,
solo se disuelven bajo el agua.
Elian Thorne no murió:
el mar lo volvió pensamiento.
Dicen que, en los abismos más tranquilos,
cuando el mundo calla y la luna no mira,
se escucha un murmullo que no pertenece ni a hombre ni a ola:
el eco del capitán que quiso conocer el fondo del poder
y terminó conociendo el fondo de sí mismo.
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Editado: 26.01.2026