En las costas del norte de Portial,
donde las aguas golpean la roca con furia antigua,
vivía un hombre sin nombre ni barco.
Nadie sabía de dónde venía,
solo que cada amanecer se arrodillaba frente al mar
y le hablaba en voz baja,
como si pidiera perdón.
Los niños lo llamaban el penitente,
porque su piel estaba marcada por la sal
y sus manos, por los remos que ya no tenía.
Una noche, mientras la tormenta rugía,
un pescador lo escuchó murmurar:
El mar no respondió,
pero las olas, al retirarse, dejaron a sus pies una concha luminosa,
tan blanca que parecía hecha de luna.
Él la tomó con manos temblorosas y escuchó dentro de ella una voz.
Era la voz de una mujer,
o tal vez del mar mismo.
Entonces comprendió.
No pedía perdón por un crimen,
sino por un olvido.
Se levantó, caminó hasta donde las olas rompían,
y habló al horizonte:
Las aguas se calmaron.
Y en la espuma apareció una figura de luz,
translúcida y suave como el recuerdo del amor.
La figura de luz se detuvo frente al penitente.
Su forma era cambiante:
a veces mujer, a veces espuma,
a veces solo un reflejo que temblaba con la respiración del mar.
El hombre cayó de rodillas.
Las lágrimas se mezclaron con la sal.
El hombre la miró con asombro,
y entonces comprendió:
era Elian,
el Capitán de las Sombras Azules.
No como espectro,
sino como alma redimida.
Y la voz del mar; o de Nareiah, habló por última vez:
Guarda las costas, Elian Thorne.
Protege a los que aman el agua sin querer poseerla.
Y que tu sombra azul no asuste más, sino guíe.
El hombre asintió,
y el brillo de la figura se disolvió con el amanecer.
Desde entonces, los marineros cuentan que, cuando la tormenta se levanta,
una sombra azul aparece sobre las olas,
guiando los barcos hacia puerto seguro.
Ya no es un espectro de castigo,
sino de redención.
Y cada vez que el mar se calma después de la furia,
los hombres juran oír una voz lejana,
suave como el roce del agua sobre la arena:
He cumplido mi juramento.
El mar no olvida,
pero sabe perdonar.
Porque incluso la ola más furiosa
termina inclinándose ante la arena.
El Capitán cumplió su promesa,
y con él, todos los hombres que alguna vez desafiaron al abismo
hallaron redención en su nombre.
Ya no hay sombras que condenen,
solo luces que guían.
El mar no castiga; enseña.
El amor no destruye; transforma.
Y toda pérdida, si se recuerda con ternura, se convierte en canto.
A veces, cuando la marea sube suave y el cielo parece respirarse,
juro oír su voz mezclada con la espuma:
—He aprendido, trovador…
—que el poder sin alma se hunde,
—pero la fe, incluso rota, flota.
Y entonces el mar calla.
No con vacío, sino con paz.
Comprendo que toda historia, por dolorosa que haya sido,
termina regresando al lugar donde empezó:
el corazón.
Porque el mar es eso, viajero:
la memoria del alma cuando el alma se atreve a mirar su reflejo.
Y yo; el trovador sin patria, el guardián de los ecos,
sé que mientras el mar siga respirando nombres,
Portial no morirá.
Porque toda ola que toca la orilla
lleva un juramento antiguo:
Recordar lo amado.
Perdonar lo perdido.
Y volver siempre, con calma, a empezar.
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Editado: 26.01.2026