He caminado por los desiertos donde la arena canta,
he dormido bajo los bosques que sueñan en silencio,
y he respirado el frío de los reinos donde el amor se congela.
Pero solo aquí, en Portial,
entendí lo que los otros mundos intentaban decirme:
que todo final es solo una orilla distinta.
El mar me habló, no con palabras,
sino con reflejos.
Me mostró a Nareiah, la Reina del Abismo,
aún vigilante bajo las olas.
A Lorian, que amó hasta fundirse con el agua.
A Eirene, la Dama Coral, que floreció en su caída.
Y al Capitán, que cambió su condena por un juramento de luz.
Todos ellos viven en el rumor de las olas,
y cuando el mar respira, sus nombres respiran con él.
Nada se pierde, trovador,
solo cambia de profundidad.
El viento trae sal a mis labios,
y por un momento creo oír el eco de un laúd ahogado.
Quizá no sea mío.
Quizá sea el canto de quienes me precedieron,
repitiendo la melodía infinita del mar.
A su orilla dejo mis palabras,
no como ofrenda,
sino como espejo.
Porque si el mar es memoria,
entonces cada historia que canto regresa a él,
y en su reflejo, me reconozco.
Me despido, pero no me voy.
Pues el mar no tiene final,
solo horizontes que se alejan para volver a encontrarse.
Allí donde el agua toca el cielo,
donde los vientos cruzan sus nombres,
el trovador seguirá caminando.
Y cuando el mundo olvide los reinos,
cuando el silencio cubra las historias,
el mar aún cantará.
Porque mientras exista una sola voz dispuesta a escuchar,
Portial vivirá.
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Editado: 26.01.2026