Los Secretos Del Desierto: * Ecos De Los Cuatro Vientos *

EPÍLOGO- ECOS DE LOS CUATRO VIENTOS

He caminado por todos los rostros del mundo.

He sentido el ardor de Namhara,
donde la arena aún recuerda el paso del primer rey y el grito del desierto.

He escuchado los susurros de Holaguare,
donde los árboles guardan los nombres que los hombres olvidan
y las raíces abrazan los corazones de los perdidos.

He temblado bajo el hielo de Solantre,
donde el amor se congela solo para no morir del todo,
donde cada lágrima se vuelve cristal para que el tiempo no la borre.

Y he visto el rostro infinito de Portial,
donde el mar no castiga ni consuela:
solo recuerda.

Cuatro reinos. Cuatro voces.
Cuatro heridas que laten en la misma piel del mundo.

Ahora sé que no eran lugares…
sino partes de nosotros.

Namhara fue la memoria del fuego,
Holaguare, la raíz del alma,
Solantre, el eco del amor que resiste,
y Portial, la promesa de perdón.

Y en su unión; en este viento que sopla desde los cuatro horizontes,
el mundo se reconoce entero.

Porque todo lo que nace arde.

Todo lo que arde crece.

Todo lo que crece se enfría.

Y todo lo que se enfría regresa al mar.

Yo, el trovador sin patria,
he sido llama, hoja, hielo y ola.

He contado sus historias para que no mueran,
y ahora comprendo que yo también soy una de ellas.

El viento me llama por mi verdadero nombre,
el que el tiempo me arrebató cuando empezó este viaje.

No es un nombre humano.

Es una nota.

Una vibración que el mundo reconoce
cuando el silencio es perfecto.

Me detengo.

La arena, el bosque, el hielo y el agua se mezclan a mis pies,
formando un círculo que brilla con los colores del amanecer.

Siento que el mundo respira conmigo.

Que todo lo que fue; y todo lo que será,
está aquí, latiendo bajo mi voz.

Mientras alguien recuerde, el tiempo no podrá vencer.

Mientras alguien escuche, el mundo seguirá cantando.

Y así, cuando el último acorde de mi laúd se disuelva en el aire,
no habrá silencio.

Solo un eco.

Un eco que viajará por los desiertos, los bosques, los hielos y los mares,
buscando un nuevo viajero.

Alguien que escuche.

Alguien que crea.

Alguien que continúe el canto.

Porque las historias no mueren.

Solo cambian de voz.

El viento ha callado,
pero no el mundo.

En el silencio posterior a la canción,
la tierra respira más despacio,
como si escuchara todavía el último acorde del trovador.

En Namhara, las dunas vuelven a cantar con la noche,
y los mercaderes, sin saber por qué,
cuentan historias al fuego con lágrimas en los ojos.

En Holaguare, los árboles inclinan sus ramas
y dejan caer hojas que susurran nombres antiguos.

En Solantre, el hielo se quiebra con un sonido suave,
y por debajo, el agua corre como si despertara.

En Portial, el mar se alza en calma,
reflejando cuatro lunas en la superficie,
una por cada reino…
y una más, tenue, por la voz que los unió.

No todos recuerdan su nombre.

Pero cuando el viento sopla desde los cuatro horizontes,
algo en el alma humana responde.

Y quien escucha con el corazón
puede oírlo aún:

la voz sin patria,
el guardián de los ecos,
el trovador que caminó hasta el fin del mundo solo para enseñar que nada termina.

Su laúd descansa ahora sobre una roca bañada por la marea.

Las cuerdas vibran solas cuando los cuatro vientos se cruzan,
recordándole al cielo que mientras haya historia, habrá canto.

Tal vez algún día otro viajero encontrará ese laúd,
lo tomará entre sus manos,
y sentirá que el mundo lo escucha.

Entonces, el ciclo comenzará de nuevo.

Porque las historias; como el viento, como el amor, como el mar,
nunca mueren.

Solo esperan.

Y así termina el primer canto del mundo,
pero no su melodía.

Pues mientras alguien crea,
el eco de los cuatro vientos seguirá respirando.

Si has llegado hasta aquí,
ya no eres un oyente:
eres guardián del eco.

Las historias que te conté no son mías,
ni tuyas,
ni de los reinos que el tiempo cubrió con arena, bosque, hielo o sal.

Son del viento.

Él me las susurró cuando aún era joven y creía que el mundo tenía fronteras.
Ahora sé que no hay mapas,
solo caminos que se repiten bajo distintos soles.

Caminé por el desierto y aprendí que el poder sin alma se vuelve polvo.

Caminé bajo los árboles y entendí que las raíces también saben llorar.

Dormí bajo el hielo y descubrí que incluso el amor más quieto sueña con derretirse.

Me hundí en el mar y vi que toda pérdida puede transformarse en belleza.

Y ahora, cuando el viento me llama otra vez,
dejo mi laúd aquí, entre tus manos.

No temas si tiembla.

No es por miedo, sino por memoria.

Cántale a lo que ames, aunque nadie escuche.

Habla con ternura a lo que temes.

Recuerda a los que te olvidaron.

Porque mientras haya una voz que se atreva a pronunciar,
aunque sea una sola palabra,
el mundo seguirá vivo.

No busques mi nombre; el viento lo borró para que el tuyo tenga espacio.

Pero cuando sientas en el pecho ese silencio que arde,
cuando algo dentro de ti quiera contarse sin saber cómo,
sabrás que me has escuchado.

Y entonces,
toma aire,
levanta la mirada,
y deja que tu voz continúe la mía.

Porque yo, el trovador sin patria,
solo fui el primero en recordar
que los mitos no son pasado…
son promesas que aún respiran.




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