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Piso 5, habitación 17, final del pasillo por la derecha.
Había decidido pintar la puerta de color morado para distinguirla de las demás. La discusión con papá se había extendido por días cuando supo de la elección y Julia había dicho que era "un poco diferente". Pero, lo tenía decidido, mi entrada iba a ser igual a la de Mónica Geller.
Todos los pasillos del hotel eran sobrios, con alfombras grises perladas y puertas de un intenso color bordó que tenían números en dorado. Cuadros de obras desconocidas colgaban en las paredes a modo de decoración y todo el ambiente olía a una mezcla de lavanda y cloro que me recordaba al consultorio de mi dentista.
Grandes ventanales cubrían la pared de la izquierda dejando ingresar la luz por las mañanas; era realmente hermoso. Desde allí se podía ver cómo el mar rompía contra los acantilados rocosos y, durante el atardecer, se asomaban en el horizonte colores naranjas, rosa y morados
Por las noches, las luces tenues y cálidas inundaban la escena. El piso era demasiado silencioso. Pocas veces se escuchaban los pasos de los huéspedes, o el sonido del ascensor al abrirse, o la aspiradora una vez a la semana.
Me gustaba esa paz.
Mis días, desde aquel día, transcurrían en cámara lenta y sólo me dedicaba a leer o a pasar tiempo en la cocina del hotel.
No me gustaba salir demasiado y cuándo lo hacía claramente tenía mi lugar favorito: la playa. Tomaba mi libro o el iPad, cargaba mi bolso con algún snack que generalmente eran arándanos o alguna barrita, llenaba mi botella de agua y me perdía por horas.
Cumbres borrascosas o Friends casi siempre eran mis elegidos. Había leído a Emily Brontë más de diez veces y en todas ellas lograba atraparme con su manera intensa de escribir y transmitir. También había visto Friends, pero ya no recordaba cuántas veces y «I'll be there for you» era la canción que ocupaba el puesto número uno en mi playlist.
El olor a mar, a la arena mojada y la leve brisa fresca en la cara me hacía sentir en paz. Sólo debía hacer doscientos metros para llegar a la primera playa de la ciudad y bajar caminando era de mis actividades favoritas en primavera.
Durante el verano, la zona se convertía en uno de los centros de mayor turismo, miles de personas solían vacacionar en la ciudad, y en invierno se convertía en sede de conferencias y fiestas empresariales
El hotel de papá funcionaba muy bien, sea o no temporada turística. Estaba categorizado con cinco estrellas, y conformado por diez pisos, y más de sesenta habitaciones. El Arrayán era el más grande y lujoso de la ciudad. Era el lugar en el cual los turistas de la élite elegían hospedarse; desde empresarios extranjeros hasta deportistas internacionales. Las reservas solían estar completas durante todo el año.
Trabajaba como community manager del hotel. Los movimientos en redes sociales atraían muchos huéspedes, y las calificaciones en Booking mejoraban cada día más.
El salón principal era la verdadera joya de El Arrayán. Con una capacidad de doscientas personas y su ambientación estilo Versalles, era el más reservado en la región para la celebración de lujosas bodas.
Mamá se había encargado de la decoración, eligiendo cada detalle.
Su enorme cocina era lo que me más atraía de todo el edificio y lo único que me mantenía en ese lugar. Amaba la pastelería y, aunque no era una profesional ni de cerca, se me daba muy bien para ser sincera. Había heredado los genes de mamá y de la abuela.
Los jueves y viernes podía dedicarme a preparar el buffet para del desayuno del fin de semana. Esos días eran mis días favoritos y los de Leonel, el chef, que amablemente le cedía el lugar a una principiante. Particularmente esa, había sido una exigencia mía cuándo papá decidió mudarme al hotel.
Leonel solía darme consejos y ayudarme con la mise en place, pero me daba total libertad para la elección del menú. Aunque era un hombre muy reservado, en silencio nos entendíamos a la perfección.
Por la mañana había tomado el viejo recetario de la abuela. Era un libro pequeño, su tapa estaba forrada en gamuza gris, tenía un batidor bordado a mano en color dorado y las iniciales C.R en rosa. La primera receta era la que había decidido como menú del sábado: torta de zanahorias con nueces (sin pasas de uva). Lo último claramente era agregado de mamá que era alérgica a las uvas y a los arándanos.
Bajé a la cocina alrededor de las diez y encontré a Leonel que ya estaba preparando la lista de compras para el menú de la noche. A su lado había una libreta con un bolígrafo rojo, esa era MI lista. Así que tomé el recetario y copié los ingredientes que necesitaba; nueces, azúcar moreno, zanahorias, polvo de hornear, huevos, aceite.
La receta era sencilla, pero el ingrediente secreto que era de la abuela, hacía que se convierta en una receta única, de sabores delicados y suaves al paladar.
Una vez que terminé la lista, Leonel se fue al mercado. Solía elegir él mismo las verduras orgánicas que utilizaba en sus platos.
Tenía la mañana libre, por lo que me preparé un mocaccino de máquina y me senté en la encimera de acero inoxidable. Los hornos encendidos habían creado un ambiente cálido y, olor a pan caliente y a café, hacía que esa cocina se sintiera como un hogar
Me coloqué los auriculares y comencé a leer por onceava vez cumbres borrascosas. El libro estaba realmente muy maltratado. En sus páginas, había dibujado flores por todas las esquinas y pegado notas adhesivas en cada frase que había llamado mi atención. Disfrutaba verdaderamente ese libro y se podía ver en él, el paso del tiempo.
Me encontraba sumergida en ese pensamiento, cuando alguien tocó mi brazo.
Mi corazón dio un salto.
—Disculpa — dijo
Lo miré extraña. Conocía a cada una de los miembros del staff, incluso a los mozos que sólo trabajaban en el hotel durante los eventos. Pero jamás lo había visto a él.