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Había terminado mi turno nocturno en la farmacia cuando chequee mi móvil y había una llamada perdida de Emilio.
Emilio había sido un gran amigo de papá. Se habían conocido hace años en el club de tenis y habían conformado una gran dupla deportiva. Solían viajar juntos a distintas competencias, por lo que, Eva, su esposa, y mamá, también habían creado una amistad. Cuando era pequeño, pasábamos los veranos juntos, en la pequeña casa de Eva, a las afueras de la ciudad, lejos de todo el caos turístico.
Cuando mis padres murieron, ambos se ocuparon de apoyarnos a Tomás y a mí. Pero hace poco más de dos años Eva también había fallecido de una larga enfermedad y, desde entonces, Emilio se había vuelto sumamente reservado y pasaba sus días solo y trabajando.
El viejete tenía sesenta años y había trabajado para el dueño del hotel más prestigioso de la ciudad por más de treinta. Pero ese día había decidido jubilarse y quería dejar en su lugar a alguien de confianza y responsable.
Había coordinado una entrevista para mí con el señor Giovanni, dueño de El Arrayán.
Sentía un poco de nervios porque sabía que era un trabajo a tiempo completo y, aunque el pago se duplicaba, lo que me ayudaba con los gastos médicos, significaba menos tiempo para compartir con Tomás.
Tomás era mi hermano pequeño de 9 años. Había sido un niño muy inquieto que le gustaba hacer deportes, andar en bici y patinar. Era super fan de los superhéroes de Marvel y su favorito era el Capitán América. También el mio.
Con tan sólo siete años le diagnosticaron fibrosis quística, una enfermedad genética que se había agravado en estos últimos dos años. Por lo que los médicos habían solicitado un trasplante de pulmón, y mientras llegaba, Tomás debía transportar diariamente su mochila de oxígeno. Desde entonces, su energía y su ánimo cambiaban de manera constante, dependiendo de su estado. Y ahora, sólo jugaba a los legos y veía Disney+.
Luego de la muerte de nuestros padres, me había prometido cuidarlo con mi vida y darle todo para hacerlo feliz. Su diagnóstico había sido devastador, pero debía seguir adelante.
Mi tía Elina, o Lina como le decía mamá, era mi sostén y compañía en todo el proceso. Ella se encargaba de cuidar de Tomás mientras yo trabajaba.
Era una mujer pequeña, de unos rulos muy marcados, regordeta y con grandes caderas. Nunca se había casado, ni tampoco había tenido hijos, por lo que Tomás y yo éramos su única familia. Se caracterizaba por ser una mujer muy feliz, con un gran sentido del humor y muy amorosa. Toda esa energía y cariño había sido lo que me había ayudado para salir adelante con veintitrés años y un hermano de cuatro cuando mis padres fallecieron.
La falta de dinero en la familia fue constante, durante los años posteriores al accidente. Y, luego del diagnóstico de mi hermano, la situación empeoró drásticamente.
Tuve dos trabajos durante casi cuatro años, durante la semana era seguridad en una cadena de farmacias y durante mis noches libres, en un bar de mala muerte
Por eso, cuando Emilio llamó, no dudé aceptar la entrevista en El Arrayán.
El viernes por la mañana la temperatura había descendido considerablemente. Las leves brisas del otoño habían comenzado a sentirse y el olor a mar impregnaba cada espacio de la ciudad.
Solía aprovechar el atardecer para salir a correr por la playa, aunque mi casa se encontraba al otro extremo de la ciudad.
Mi mente se relajaba y simplemente dejaba de pensar mientras corría.
Cuando era niño corría con papá por la playa durante horas. Él estaba seguro de que llegaría lejos y por eso insistía en que debía tener un entrenamiento más estricto. Luego, de adolescente, ya había comenzado a formarme profesionalmente y a participar de carreras. Durante esos años había salido campeón de 2 maratones e incluso había participado de un triatlón.
Ahora, con veintiocho años, sólo podía correr como hobbie algunos días. Mi hermano, las responsabilidades y el trabajo pasaron a ser mi prioridad.
En la llamada Emilio había sido claro, debía llegar a las 9:30 am, y encontrarlo en el estacionamiento de atrás del hotel, en el sector de empleados.
Apenas llegue, él estaba esperándome con un paquete. Dentro, había un traje azul perfectamente planchado y unos zapatos negros lustrados.
—Este va a ser tu uniforme a partir de ahora — dijo muy serio.
Yo lo miré y solo asentí. Nunca había vestido formal, siempre había preferido utilizar jogging y zapatillas. Mi estilo era más bien deportivo.
En ese momento se me vino a la mente un pequeño recuerdo del casamiento de mamá y papá, cuando tenía 15 años. Había peleado con papá porque me obligaba a utilizar camisa, y mamá solo me miraba sonriendo para que aceptara. Y lo hice, por ella.
Pero la ropa formal me incomodaba, nunca había utilizado ni corbata ni zapatos tan elegantes.
El traje tenía letras en dorado y un pequeño arrayán bordado muy delicadamente sobre el bolsillo de la izquierda.
Recibí el paquete de Emilio y me guío hacía la puerta trasera del hotel. Ingresamos a los vestidores y me entregó una pequeña llave del candado del locker número 17. Me cambié y dejé mi ropa dentro. Cuando salí al pasillo Emilio recibió una llamada, y antes de irse me pidió que busque a Julia.
No me dio más directivas.
Decidí entrar por la puerta contigua a los vestidores. Apenas ingrese, el lugar estaba perfectamente cálido y el aroma a pan y a café me invadió
Una gran cocina se encontraba detrás de esa puerta. Era blanca e impoluta y los artefactos de acero brillaban. Había un pequeño televisor encendido en un canal que transmitía videoclips viejos.
Sonaba Ed Sheeran.
Sonreí y me imaginé a mamá sonriendo. Ella amaba su música y tenía toda la discografía.
En la otra punta de la cocina había una chica sentada en la encimera, leyendo. Estaba muy sumergida en el libro maltratado que tenía en sus manos.
Llevaba puesto un sweater color verde pastel, un jean rasgado en las rodillas y zapatillas Converse blancas. El cabello, que lo tenía recogido en una gran cola de caballo, era negro como la obsidiana. Tenía las uñas pintadas de negro y un anillo en su dedo índice que tamborileaba en la encimera