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Estaba tratando de replicar la receta de mi abuela de muffins de limón con semillas de amapolas. Sabía que tenía que lograr la suavidad y el sabor justo del cítrico.
Coloqué, dentro de la batidora, la manteca a punto pomada y batí hasta que se formó una hermosa crema blanca. El secreto de los muffins perfectos eran los ingredientes de calidad, junto con el azúcar moreno que les daba más humedad.
Cuando llegó Leonel del mercado, la cocina era un desastre. Había budines, macaroons y alfajores enfriándose por todas las encimeras de acero.
Mí estación de trabajo estaba llena de harina y cáscaras de huevo.
Lo miré con mi mejor cara de disculpas
—Se me fue de las manos— dije
—No me sorprende, termina con eso y ponte a limpiar este desastre.
Leonel sabía que mantener la limpieza del área no era mi fuerte.
Había hablado con papá muchas veces para convencerme de contratar un ayudante, pero yo me rehusaba. No lo consideraba un trabajo, era mi cable a tierra y no quería que nadie interfiriera.
El ayudante de cocina, Joel, tomó el gran cesto de basura para compost, y comenzó a recoger las cascaras de huevo que había por todos lados. Le sonreí y gesticulé un 'gracias'
La puerta detrás de Joel se abrió, y el aroma a ese perfume que ya había sentido, llegó a mí.
— Buen día— saludó el nuevo de manera general
Hice un leve movimiento de cabeza, aunque ni siquiera me había visto
Emanaba una energía misteriosa y reservada. Además, era una persona muy seria que no se relacionaba con nadie del staff que no sea Julia y a veces con Ana.
Hace 2 semanas trabajaba en el hotel y aún no habíamos cruzado más palabras que un simple buen día. No sabía su nombre, ninguno de ahí lo sabía en realidad. Había observado que, durante sus momentos libres, solía ausentarse. No almorzaba en el hotel, y cuando volvía de quién sabe dónde, se duchaba.
Cuando terminé de limpiar junto con Joel, dejé toda la pastelería enfriando y me dirigí hacia el ascensor para subir a mi habitación.
Mientras me quitaba la chaqueta de cocina, Julia me llamó desde la recepción
— Llegó un paquete para ti— anunció — Es bastante grande y pesado
Se bajó los lentes por el puente de la nariz y me miró por encima de ellos. Sabía que ese gesto era de desaprobación.
Julia solía desaprobar mis compras por internet, no porque fueran caras o exóticas, sino porque no tenía más lugar para guardarlas. Claro que su opinión no me importaba para nada.
—Gracias— respondí con una enorme sonrisa. Y fui corriendo hacia el ascensor
En mi gran puerta morada había una caja gigante. Hace tres meses había pedido por Amazon la colección completa de Game of Thrones en español. Había visto la serie tres veces, pero nunca había leído los libros y sentía emoción por tenerlos al fin en mi biblioteca.
Entré arrastrando la caja a mi habitación, me saqué por completo el uniforme de cocina y me puse mi conjunto deportivo preferido para estar más cómoda. Me senté al borde de mi cama, y abrí esa caja.
La edición especial de tapa dura traía las portadas con los logos de cada una de las casas en el lomo, y hermosas letras plateadas por delante. Le quité el plástico a cada tomo y corrí a colocarlos en mi biblioteca.
Julia tenía mucha razón, ya no tenía lugar para más libros, pero no por eso dejaría de comprar ¿O debería? Hace años me había autoconvencido de que era la mejor inversión que podría hacer. Además, a mi biblioteca, que ocupaba toda la pared frente a mi cama, pronto le agregaría más estantes.
Pero, mientas tanto, cajas y cajas con libros que ya había leído, yacían en el fondo de mi habitación. Le había prometido a cada autor que se encontraba guardado por el momento, que serían reubicados próximamente.
Dentro de la enorme caja también se encontraba la colección de Clásicos y Románticos: Orgullo y perjuicio, Mujercitas, y Jane Eyre. Eran de tapa dura revestida con gamuza y decorado con flores vintage. Todo el texto de cada tomo estaba en cursiva, como si fuera escrito con pluma y a mano.
Estaba tan impresionada con la belleza de esos libros, que cuándo sonó el teléfono de la habitación me hizo saltar el corazón.
—Clara— era la voz Julia — tu padre solicitó verte en su oficina. Ha llegado del viaje
Eso fue todo, y colgó.
Las llamadas de Julia resultaban ser un poco tajantes, sin embargo, sabía perfectamente que si esperaba una respuesta mía sería más una negativa o una queja.
Pero ese día estaba cansada, no estaba dispuesta a pelear. Al menos no con ella.
Cuando bajé, la recepción estaba llena. Un contingente de personas extranjeras había llegado anticipadamente y Julia estaba haciendo el checkin. A su lado, Ana estaba al teléfono escribiendo algo en la computadora y hablando en inglés.
Este, iba a ser un fin de semana agitado.
Me dirigí hacia las oficinas. Tomé una gran bocanada de aire y entré en la número 1, que era la de Riccardo.
Atrás de un escritorio de vidrio, sentado en un sillón enorme ejecutivo, estaba el hombre que, según el registro civil, era mí padre.
Riccardo tenía 43 años, y pese a ser joven, su adicción al trabajo había causado oscuras sombras bajo sus ojos. Pero un así, seguía siendo buen mozo, y podría haber sido un hermoso modelo maduro de Calvin Klein
Era alto, cabello corto de color negro y ojos color miel. Su aspecto era muy pulcro y elegante, vestía con trajes italianos ajustados a su cintura. Tenía una gran espalda, producto de su afición al gimnasio y las pesas, aunque a mis 25 años, no tenía ni un recuerdo de ver a papá en jeans o pantalones deportivos.
Era un hombre con mucho carácter y muy reservado, al igual que yo. Pero lo que nos diferenciaba era que papá directamente no tenía sentimientos. Era un hombre duro, sin una pizca de empatía. Nunca entendí como mamá había matcheado con un hombre como él. No tenía recuerdos tampoco de haberlos visto enamorados, o que papá tuviera algún gesto de amor o de cariño con mamá.