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Me dirigí al ascensor y apreté el botón 5.
'Habitación 17, al fondo a la derecha' Me repetía una y otra vez.
Cuando las puertas se abrieron, salí del ascensor y vi la majestuosidad de los pasillos: elegantes, con alfombra gris y las puertas de las habitaciones todas del mismo color bordó intenso; lámparas de pie en las esquinas, y a mi derecha un bellman cart estacionado.
Me llamó la atención la puerta morada al final del pasillo. Tenía un recuadro amarillo al rededor del número 17. Esa debía ser la oficina de Clara.
Golpeé despacio
Y su voz suave, desde adentro, respondió
— Adelante
Conté diez segundos y con un poco con miedo, tomé la manija y entré.
Me quedé completamente en silencio.
Era una habitación enorme, con una cama kingsize a la derecha de la puerta. Tenía un hermoso respaldo gris estilo princesa y un edredón blanco con pequeñas y delicadas rosas. Estaba lleno de almohadas de distintos tamaños en tonos pasteles.
A la izquierda, un sofá redondo rosado y, sobre él, muchas cajas envueltas en papel de regalo.
Bueno, las cajas eran un factor común en toda la habitación, parecía el comienzo de una mudanza. La pared del fondo estaba toda ocupada por una gran biblioteca empotrada repleta de libros y debajo de ella más libros en caja que no tenían lugar.
Había un pequeño balcón a la derecha, sus vistas daban directo al mar. Estaba a punto de atardecer, por lo que, quizás, podría ver la puesta del sol desde allí
Sobre la pared de la izquierda había una gran arcada que daba a otro lugar, que desde mi campo visual no lograba distinguir.
Desde allí salió Clara.
— ¡ Oh!—exclamó sorprendida — lo siento, pensé que era Julia
—Me disculpo, debí anunciarme primero
Todo era muy formal y ella había pedido, de manera muy muy específica, que no lo fuera. Entonces me relajé.
—Julia me dijo que podía subir, pero supuse que era tu oficina.
Ella sonrió, con esa sonrisa que por la mañana me había dejado pensando.
— Si y qué bueno que lo hiciste. Necesito de tu altura.
—¿Altura?— sonreí
—Así es, ven— dijo y se adentró por la arcada.
Cuando seguí sus pasos pude ver hacía dónde llevaba: era un vestidor, un majestuoso vestidor, con muchos cajones y puertas en color negro. En medio, una isla, también color negro y por absolutamente todo el espacio: cajas, zapatos, carteras, y más libros.
Al fondo, un gran ventanal en forma de L se extendía desde el techo hasta el suelo. A sus pies, en el suelo, había una especie de sillón con muchos almohadones redondos en color gris y un libro abierto. Reconocía esa portada, aunque nunca lo había leído, Clara lo transportaba a todos lados.
A mi derecha, dos cuadros en el piso. Uno lo reconocía, lo había visto muchas veces. Era azul con colores amarillos. Aunque no sabía bien qué era. Y el segundo era un árbol, hermoso, pero sencillo.
Una puerta, también a mi derecha, llevaba a un baño que no pude visualizar bien.
Me pregunté si todas las habitaciones del hotel eran iguales, o sólo esa era especialmente grande.
Había una pequeña escalera portátil al costado del vestidor.
— Necesito que me ayudes a bajar esas cajas — dijo y señaló hacia arriba.
El vestidor tenía un techo de doble altura
— Okey —respondí— manos a la obra.
Me quité el saco, y doblé las mangas de la camisa blanca hasta los codos
—Esas cajas deben estar llenas de polvo, ten cuidado —dijo.
Mientras yo subía, Clara insistió en sostener la pequeña escalerita para evitar que me caiga. No había forma de que me cayera de 6 peldaños, pero la mujer era terca.
Perdí la cuenta de las cajas había bajado, pero todas estaban envueltas en distintos tipos de papel de regalo. Clara fue acomodando una arriba de la otra para que no se amontonaran.
Cuando terminé, mi camisa blanca estaba sucia y los pantalones azules llenos de polvo. Me sacudí lo más que pude; aún me quedaban unas horas en el trabajo y tenía que estar presentable.
Una caja particular llamó mi atención, era roja y rectangular. No estaba envuelta, simplemente estaba cerrada con un lazo dorado.
Volví a la habitación, y encontré a Clara rodeada de papel de regalo y sentada en el suelo
—Te preguntarás porqué tantas cajas— dijo mientras rompía el papel
En realidad sólo me preguntaba por qué estaban envueltas.
Asentí en silencio, mientras trataba de sacudirme el polvo del traje
— Bueno, tooooodo esto— señaló —son regalos que Riccardo me ha traído de sus viajes
— Oh.
No entendía ¿Por qué no había abierto esos regalos? ¿Por qué llama por nombre de pila a su papá?
— No me interesan ni un poco y, como verás, no es que sepa especialmente lo que hay dentro.
— ¿No? —No lograba crear una oración completa, algo que solía suceder cuando estaba con Clara
Ella sonrió. Ese día había sonreído mucho.
— No. Y la razón por la que los estoy abriendo después de años es porque quiero donar todo, pero antes debo clasificar los regalos
No dije nada.
Me quedé observando como Clara abría caja tras caja. Había un poco de todo, desde carteras, hasta joyería, móvil, zapatos, gafas, cámara fotográfica, incluso una portátil. Todo nuevo. Todo eso iba a donar
Una de las cajas no estaba envuelta y tenía un lazo rosado, ella se quedó mirándola y la abrió con cuidado. Eran libros. Cuando los sacó, se levantó y se sentó en la cama. Los observaba, acariciaba su tapa como si fuera un perrito.
Levantó la vista y me di cuenta de sus ojos tristes y vidriosos.
Quería decir algo para que vuelva a sonreír, pero no sabía qué.
El silencio duró unos minutos.
— ¿Has leído todos estos libros? —dije torpemente, sólo para sacarla de su mundo en el que se había inmerso
—Casi — su voz temblaba —Estos particularmente acabo de comprármelos y aún no he tenido tiempo de leerlos —señaló esos libros que había sacado de la caja.