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Bastián
El despertador sonó a las siete; había olvidado desactivarlo. Busqué el móvil a ciegas por toda la cama con ligeros golpecitos hasta que la luz del aparato al desbloquear la pantalla me encandiló. Con un solo ojo abierto apagué la alarma y hundí mi cabeza nuevamente en mi almohada
Cuando volví a despertar ya habían pasado dos horas.
Me levanté con mucha más energía y fui directo a darme una ducha. Al salir, el pasillo estaba impregnado con el aroma a pan tostado y a café; Lina ya había adelantado y estaba preparando el desayuno.
— Hola mi corazón—saludó Lina con una gran sonrisa
— Buen día — le di un beso en la frente
Lina estaba tarareando una canción mientras secaba los platos. Era una pequeña hormiguita regordeta yendo de un lado a otro: guardaba la vajilla, anotaba cosas en un pequeño papel y vigilaba los huevos en la sartén, todo a la vez. Sacudí mi cabeza y sonreí; era imposible seguirle el ritmo
Mi tía no paraba de hablar sobre su clase de cerámica y de costura o de la feria que tendrían el domingo, y todo el stock que debía organizar. De pronto detuvo su monólogo y me miró de reojo:
—Tu vieja tía te aburre ¿Verdad?
Tomé su mano y se la apreté con fuerza
— Jamás. Extrañaba desayunar contigo.
Ella sonrió de oreja a oreja y retomó la conversación. Lina estaba radiante y, aunque yo solía ser una persona un poco más tranquila, su energía siempre terminaba por contagiarme
Luego del desayuno, nos encargamos de preparar todo para el picnic en la playa. En una canastita de mimbre con pequeñas florcitas tejidas colocamos vasos, platos, servilletas y mucha comida. Lina planchó una manta a cuadritos - la típica para un picnic - y la guardó también. Colocó herméticos congelados para mantener el frío dentro de una lonchera cubierta de papel aluminio y dentro, latitas de Coca-Cola y Fanta.
A Tomás le encantaban las frambuesas, asique tomé un recipiente y guardé una buena porción.
Lina había horneado esas galletas de anis que tanto nos gustaban y también había armado sándwiches de pollo que envolvió delicadamente en papel film. Decidí desempolvar el viejo juego de tejo de papá ; aunque no recordaba bien como jugarlo, estaba seguro de que lo averiguaríamos.
Tomé también una vieja pelota de voley de Tomás y sus accesorios para la playa. Guardé todo en el auto y fui a despertar al diablillo.
Una hora después, estábamos de camino a la playa.
Tomás iba muy contento cantando a los gritos; había llevado su nuevo parlante pequeño que mi tía le había regalado. Lina iba sonriendo, como siempre, y lo acompañaba cantando, aunque la gran mayoría del tiempo sólo tarareaba porque no se sabía la letra.
Llegamos y aparqué el auto en una zona alejada; había sido un viaje de cuarenta minutos desde casa. Tomamos la canastita, y los juegos y caminamos por la orilla de la playa
Había descubierto un nuevo lugar el día anterior, mientras corría. Era una pequeña gruta que se había formado naturalmente, y que escondía tenía una playa hermosa; lo mejor era que no necesitábamos llevar nada que nos repare del sol porque la piedras hacían ese trabajo
Tomás iba saltando descalzo por toda la arena, llevando su tubo de oxígeno en una mochila que se tambaleaba con cada brinco. Solía agotarse rápido cuando corría o cuando realizaba cualquier actividad que implicara una exigencia a sus pulmones; pero ese día estaba muy contento, y ni siquiera su falta de aire podía detenerlo
Iba escuchando y cantando I don't care en un inglés no muy comprensible
Mi hermano no tenía recuerdos de mamá, pero siempre preguntaba sobre ella. Sabía que su cantante favorito era Ed Sheeran, por lo que había descargado todas sus canciones y las escuchaba sin parar. Se sabía absolutamente todas las letras, aunque le costaba horrores pronunciar las palabras
Mientras mi tía y Tomás iban adelante cantando felices, chequee mi móvil. Tenía que estar atento a cualquier noticia de Julia (o Clara)
¿Clara? Tenía que llamarla o enviarle un mensaje para corroborar que todo estuviera en orden.
Bloqueé la pantalla del móvil y lo guardé en el bolsillo; estaba sobreanalizando demasiado, buscando algún pretexto para hablarle. Llamaría al hotel a mitad del día para asegurarme; el plan de ese día era disfrutar con Tomas y Lina
Sin embargo, a medida que nos acercábamos a la gruta, pude divisar a una persona en el rincón que yo había elegido para pasar la tarde.
Clara
Cuándo abrí los ojos, después de mi pequeña meditación, vi como una señora de rulos y un niño se acercaban saltando. Estaban cantando y riendo. El niño cargaba un mini parlante en dónde sonaba de Ed Sheeran; la música rebotaba en la roca de la gruta y se extendía en la playa vacía
Detrás de ellos, cargando una canastita, caminaba alguien que se me hacía conocido. ¿Bastián?
No lograba distinguirlo bien bien; el sol me daba de frente y solo veía su silueta a contraluz
— ¡Hola! — exclamó el niño agitando su mano con entusiasmo
Tenía el pelo castaño con ligeras ondas y la tez muy blanca. Al sonreír, se le formaban dos huequitos encantadores en sus mejillas. Cargaba una mochila y una especie de tubo del que salía una sonda delgada; esta terminaba justo en sus fosas nasales.
— Hola tú —le respondí, contagiada de su energía
El niño me dedicó una gran sonrisa y comenzó a quitarse la ropa, quedándose solo con un bañador azul, con estrellas blancas
La mujer que lo acompañaba también sonreía y sus mejillas estaban levemente encendidas por los rayos del sol. Al igual que el niño, era de tez blanca pero su cabello era de un hermoso color dorado y pequeños rulos apretados contorneaban su rostro. Era de baja estatura y vestía un conjunto de lino color rosa chicle que me pareció divino
Me saludó muy amablemente haciendo un gesto con su cabeza, mientras se acercaba