13
Mi mente divagaba entre recuerdos de la tarde en la playa, y ese momento de tensión que habíamos vivido con Julia. Me sentía confundido, y también estaba enojado
En todo el tiempo que llevaba trabajando para el señor Giovanni, nunca había visto felicidad tan real en los ojos de Clara como la de aquella tarde. No podía quitarme de la cabeza sus carcajadas con Tomás cada vez que ganaban una partida, o a Lina alentándolos desde la arena. No había sido una tarde convencional. Yo trabajaba para el padre de Clara y no era normal que su hija pasara tiempo conmigo y mi familia; pero sólo había sido una coincidencia.
Sin embargo, eso no cambiaba el hecho de que debí haber estado pendiente de mi móvil. Debí haber evitado que Clara mienta por mí. Y, sobre todo, debí haberla protegido del maltrato de Julia
¿Qué carajos pasaba con esa mujer? Actuaba como si tuviera el derecho de manejar la vida de Clara
Caminé hacia el estacionamiento principal del hotel. Le había pedido a Lina que buscara el auto y me encontrara ahí, así que cuando llegué, tocó bocina y se pasó al asiento del acompañante. Me subí al lugar del conductor, y me puse el cinturón en silencio
—¿Está todo bien, cariño?— preguntó ella
— Todo en orden — respondí, aunque no sonaba muy convencido
Miré por el espejo retrovisor; el diablillo estaba en el asiento de atrás, profundamente dormido.
—¿Seguro?
—Si tía — le dije y sonreí forzadamente
Ella asintió, aunque se notaba preocupada
—No olvidemos de pasar por el helado — agregó
Tomás no se despertaría hasta llegar a casa, pero si nos olvidábamos de su premio quiénes no dormiríamos seríamos nosotros. El viaje a casa fue en absoluto silencio. Yo estaba sumido en mis pensamientos y Lina entendía que, cuando me ponía así, no era capaz de llevar adelante una conversación
Sólo se escuchaba de fondo el sonido de la mochila de oxígeno y la respiración entrecortada de Tomás. Lina iba bostezando a mi lado; estaba seguro de que en la noche de pelis se dormiría en el sofá, cómo de costumbre
Llegamos a casa una hora y media después. Como era fin de semana, la carretera estaba atascada y las heladerías estaban repletas, pero finalmente conseguimos el helado de Tomás
Estacioné en el garaje y fui directo a la puerta trasera del auto. Mi hermano seguía durmiendo, así que lo tomé en brazos junto a su mochila y lo llevé hasta su cuarto
— Cariño, no olvides de recargar la mochila— me recordó Lina, mientras bajaba las cosas de la playa
Asentí en silencio. Acomodé a Tomás delicadamente sobre la cama. Quizás dormiría hasta el día siguiente; todas las actividades que habíamos realizado por la tarde lo habían dejado exhausto.
Por lo general, el diablillo no salía mucho de casa y a veces tampoco iba a la escuela. Cualquier cambio brusco de temperatura o exposición a posibles ambientes de contagio podían producirle infecciones o más problemas a su salud y debíamos evitarlo.
Él lo entendía; era un niño tan inteligente que rara vez se quejaba
Tenía cinco amigos de su escuela. En verano, solían aprovechar el gran jardín parquizado que Lina cuidaba con su vida, para jugar con pistolas y globos de agua. Mi tía se convertía en una anfitriona perfecta: preparaba grandes meriendas con mucha pastelería y chocolatada y los niños se quedaban horas jugando. A veces, incluso, hacían pijamada con películas y pochoclos
Tomé la manta del Capitán América y lo cubrí mientras él se hacía bolita. Cambié la conexión de la mochila al tanque que usaba por las noches y le coloqué pequeños pedacitos de gasa detrás de sus orejas para que la cánula no lastimara su piel mientras dormía. Cuando terminé, me recosté a su lado, escuchando su respiración entrecortada y el siseo del aparato de oxigeno
Cerré los ojos y vinieron a mi mente unos pequeños flashbacks de esa tarde.
El primero, cuándo corroboré que la chica sentada en la pequeña gruta de la playa era Clara. Sonreí; había sentido una especie de felicidad genuina. El segundo, cuándo Lina la invitó a compartir el picnic. Estaba muy nervioso. Sabía que mi tía habría hecho eso con cualquier persona, era parte de su naturaleza, pero pensar en pasar tiempo con Clara fuera del trabajo definitivamente me ponía nervioso, 'Y me gustaba'
El último, fue una mezcla de pequeños instantes: Mientras charlaba a solas con Clara y observaba sus mejillas coloradas por el sol; cuándo la veía sonreír junto con Tomás cada vez que ganaban un punto en el tejo; o cuando cayó en la arena porque se tropezó con uno de los discos y reímos todos juntos.
O cuándo la vi con ese conjunto deportivo azul y mis gafas puestas... me mordí el labio
Una vocecita media ronca me despertó. En algún momento, mientras revivía mentalmente la tarde, me había quedado dormido. Mi hermano estaba hablando dormido y recitaba frases inentendibles entre sueños.
Miré el reloj del Capitán América en la mesita de noche y marcaba las 23:40
Me levanté rápidamente, tratando de no despertar al demonio y fui hacía el living. Escuchaba el ruido muy bajito de la tele y encontré a Lina dormida sobre el sillón; había dos tazas de té sobre la mesita ratona. Me había estado esperando hasta que el sueño le ganó. La desperté suavemente para que se mudara a su cama; el sofá no era especialmente cómodo para dormir toda una noche.
Esperé a que cerrara la puerta de su habitación y comencé a guardar los restos del picnic en la heladera. Lavé platos, vasos, y tazas del té. La pequeña siesta de dos horas me había hecho recargar energía, pero eso me costaría otras dos horas más de insomnio.
Me senté en el sofá y sintonicé el canal deportivo. Estaban trasmitiendo un partido de fútbol viejo de Argentina contra Canadá; le presté atención solo los primeros diez minutos.
Fui en busca de mi móvil, 'inútilmente' pensé. Cualquier persona que me hubiera necesitado un sábado por la noche, estaría durmiendo en ese preciso momento, por lo que no habría ni mensajes, ni llamadas.