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Me senté al borde de la cama y observé el estado deplorable del lugar. Había estado doblando cartones y tirando papeles desde que había vuelto de la playa, por lo que había restos en toda la alfombra. Necesitaría una aspiradora y un cesto muy grande para la basura
—Creo que lidiaré con este problemita otro día — dije en voz alta
Estaba agotada; no tenía energías para seguir ordenando esa noche. Suspiré y me zambullí en la cama. Mientras miraba el techo, mi mente regresó a la tarde en la playa. Nunca me había sentido tan cómoda ni me había divertido danto. Pero, al mismo tiempo, también estaba enojada. La situación con Julia se había tornado completamente extraña; su comportamiento había sido autoritario y duro
Alcancé el teléfono de la habitación y llamé a recepción. Me atendió Ana
— El Arrayán, recepción, ¿En qué lo puedo ayudar?
— Hola Ana soy Clara
— ¡Hola Clari! — exclamó con una mezcla de sorpresa y alegría contenida
Después de lo de las hamburguesas, habíamos tenido pequeñas charlas ocasionales, pero yo no dejaba de mantener una cierta distancia. Antes de que todo se rompiera, ella me había demostrado ser una gran persona. Era dos años mayor que yo y mamá una pequeña de cuatro años: Emma. Era una niña preciosa, rubia, de unos hermosos ojos azules como el cielo y rulitos que la hacían parecer un querubín. La habíamos llevado al parque unas cuantas veces cuando Ana terminaba su primer turno.
También habíamos planeado ir a un pub a modo de festejo cuando ella terminara su período de prueba en su puesto y la dejaran efectiva. Nunca me entrometía en asuntos del hotel, pero había hablado con papá y le sugerí que Ana sería una buena recepcionista; era muy simpática y atenta. Le dije que se merecía el puesto y que realmente lo necesitaba. Justo ese día, nuestra amistad se terminó.
— Um ¿Clari? — la voz de Ana me devolvió al presente
—Si. Aquí estoy
— ¿Necesitabas algo? ¿Estas bien?
Me aclaré la garganta. Ni siquiera sabía por qué había hecho esa llamada. Conocía los turnos de Ana y sabía que ese día cubriría el puesto de noche
Me aclaré la garganta
— Estoy bien — en realidad estaba confundida — ¿Podrás, mañana temprano, enviarme una aspiradora?
¿Qué?
— Por supuesto Clari — su voz también sonaba confundida
— Gracias — dije y colgué de inmediato
La verdad era que estaba buscando a mi amiga. Necesitaba conversar, contarle de mi día y lo feliz que había sido en la playa. Pero esa amiga, hace meses, había decidido no estar para mí
Busqué mi móvil. No tenía ninguna notificación. Suspiré. De un día para el otro me había vuelto dependiente
—Nunca— me dije en voz alta y lo tiré sobre la cama. El aparato rebotó y cayó al suelo.
Definitivamente tenía que empezar a tomarle un poco más de cariño a ese móvil.
Mi cuerpo, cansado de correr en la arena y de limpiar, pedía a gritos un baño relajante, asi que decidí que era buena idea llenar la bañera y agregar sales.
Cuando recién me había mudado a esa habitación, lo que más disfrutaba era la bañera. Todas las noches preparaba el agua caliente con mucha espuma, encendía un par de velas, y veía Friends en el iPad mientras me sumergía. Pero había dejado de hacerlo desde aquel día
Sin pensarlo demasiado, tomé las toallas, y el pijama de polar gris. Encendí el iPad, busqué Friends, y puse a llenar la tina. Tres minutos después me metí dentro del agua caliente; mis piernas y manos lo agradecieron, estaban totalmente heladas. El frío nocturno del otoño ya se sentía con fuerza
Tomé el exfoliante que tenía un aroma delicioso a durazno y lo pasé por mis brazos. Me puse acondicionador en mi cabello y lo dejé actuar mientras me recostaba y le daba play al capítulo de Friends. Sonó I'll there for you y sonreí; siempre que lo hacía al escuchar la intro
Entonces comencé a revivir esa tarde. El hermoso y cálido sol de otoño sobre mi piel, el olor a mar, el sonido de las olas... y Bastián.
Había sido un día completamente distinto.
No tenía familia por parte de mamá; ella era hija única y sus padres, mis abuelos, habían fallecido cuando yo era pequeña. Por parte de papá tenía a mi tío, su hermano, que vivía en Inglaterra y tres primos de casi mí misma edad. Solíamos visitarlos en navidad, pero el resto del año hablábamos solo un par de veces al mes.
Pasar tiempo con Bastián, Lina y Tomás me hizo desear tener una familia real. Eso me entristeció; mi única realidad era un padre ausente que viajaba constantemente y cuándo estaba en la ciudad, solo peleábamos. Era como la nada misma.
Recordé cómo Lina cuidaba de Tomás y le aplicaba protector solar cada hora para evitar quemaduras, o cómo lo obligaba a usar piluso... y lo recordé a él. La tristeza en sus ojos al hablarme de su hermano y la chispa de felicidad en esos mismos ojos cuando jugamos al tejo.
Recordé los hermosos huequitos que se le formaban en sus mejillas cuándo sonreía y sus manos calientes ayudándome a levantar tras mi caída en la arena.
Sonreí. Pensé en esas gafas negras, y la remera blanca ajustada a su torso, y lo bien que le quedaba el blanco en su piel morena. Su perfume, el de siempre, al que me empezaba a acostumbrar. Su voz, calma y segura. Y su risa silenciosa
Sacudí la cabeza. Friends se reproducía en la pantalla, pero yo tenía otra película proyectándose en mi cabeza.
La temperatura del agua había bajado y el frio se comenzaba a sentir, así que era momento de salir. Tomé la toalla y me sequé el cuerpo. Luego, me coloqué crema corporal y cuando se absorbió, me puse el pijama velozmente, parecía que estaba corriendo una maratón contra el tiempo.
Sequé mi cabello con demasiada paciencia y coloqué, en las puntas, un aceite de coco que Ana me había regalado hace un tiempo atrás. Una vez que estuve lista, me dirigí hacia la habitación.
Eran la doce de la noche de un sábado y yo ya estaba lista para dormir. Mi juventud verdaderamente había desaparecido.