Los siete colores del oceano

Mudez

Hubo un verano en Roma, de esos que la ciudad recuerda por el calor y no por lo que en él se perdió, en que un niño de siete años dejó de escuchar el mundo. Nadie lo anunció con solemnidad; no hubo presagios, ni pájaros que se detuvieran en las ventanas, ni el silencio antes del silencio. Solo una fiebre, alta y terca, que llegó un martes y decidió quedarse.

Se llamaba Elio, y hasta ese verano había sido un niño como cualquier otro: de esos que gritan en las calles empedradas persiguiendo palomas, que preguntan el porqué de todo tres veces antes de aceptar la respuesta. Tenía una voz —dicen que dulce, aunque nadie la recuerda ya con exactitud— y un par de oídos que un día simplemente dejaron de traducir el mundo en sonido.

La fiebre subió durante tres noches. Su madre, aún entonces presente, le ponía paños húmedos en la frente y rezaba en voz baja a un santo que no parecía estar escuchando tampoco. Al cuarto día la fiebre cedió, como ceden las tormentas que ya han hecho su daño, y Elio abrió los ojos a un mundo que seguía moviéndose exactamente igual, con la diferencia de que ya no hacía ruido.

Al principio pensó que todos habían enmudecido con él. Miraba las bocas de sus padres moverse, formando palabras que antes lo llamaban a cenar o le pedían que se abrigara, y no entendía por qué ahora llegaban vacías, como cartas sin remitente. Tardó semanas en comprender que el silencio no era del mundo. Era suyo.

De aquel niño que gritaba en las calles quedó apenas un rastro: un par de ojos azules —azules de una manera que parecía imposible, como si alguien hubiera mezclado siete cielos distintos en un solo iris— que ahora observaban todo con la atención de quien ha perdido un sentido y debe compensarlo con los demás. Elio aprendió a leer el mundo en gestos, en el temblor de una mano, en la forma en que la luz entraba distinta según la hora del día. Aprendió, sin quererlo, a ver lo que otros ni siquiera notaban.

Lo que no aprendió fue por qué, poco después de esa fiebre, sus padres empezaron a mirarlo con la misma vacilación con la que se mira algo roto que no se sabe si vale la pena reparar.




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