Los siete colores del oceano

Mueca

Los primeros meses fueron de manos torpes. La abuela, que había pasado setenta y cinco años hablando con la boca y con el cuerpo entero cuando la boca no alcanzaba, se sentaba cada noche frente a Elio con un pequeño librito prestado por la escuela del barrio, y practicaba letra por letra el alfabeto de señas como quien aprende a caminar de nuevo a una edad en que ya se cree saber caminar. Se equivocaba, reía de sí misma, volvía a intentarlo. El abuelo, más lento y más terco, tardó más —pero no se rindió nunca, ni una sola noche, aunque los dedos artríticos le dolieran al formar cada seña.

Elio los observaba aprender su idioma con una mezcla de asombro y algo que no tenía nombre todavía, pero que años después reconocería como gratitud. Ningún adulto, hasta entonces, se había esforzado tanto por llegar hasta él. Sus padres le habían pedido, sin decirlo, que se adaptara él al mundo. Sus abuelos, sin decirlo tampoco, decidieron adaptarse ellos al suyo.

Lo matricularon en la escuela del barrio, una escuela pequeña y humilde con maestros que apenas sabían qué hacer con un niño que no oía ni hablaba, pero que aprendió, para sorpresa de todos, a leer los labios con una precisión que parecía casi un truco de magia. Elio descubrió que podía seguir una conversación entera con solo mirar el movimiento de una boca, el fruncir de unas cejas, el temblor de una mandíbula al mentir. Pero prefería, siempre que podía, que le hablaran con las manos. Había algo en el lenguaje de señas que la lectura de labios no tenía: no solo transmitía palabras, transmitía a la persona entera —el ritmo de su carácter, la ternura o la prisa con que decidía decir las cosas.

En la escuela lo miraban distinto. Los otros niños, con esa crueldad despreocupada que solo la infancia se permite, imitaban sus gestos a sus espaldas, se reían del sonido extraño y gutural que a veces escapaba de su garganta sin que él pudiera oírlo ni controlarlo. Elio no entendía del todo por qué. No sentía que le faltara nada; sentía, simplemente, que veía el mundo desde una ventana distinta a la de los demás. Pero volvía a casa cada tarde, y ahí, frente al fuego pequeño de la cocina, sus abuelos le devolvían con las manos y con la mirada lo que la calle le quitaba: la certeza de que no había nada roto en él.

—*Eres perfecto tal como eres* —le dijo una noche su abuela, con señas todavía imperfectas pero con un sentido que no admitía dudas.

Elio no lo entendió del todo esa noche. Lo entendería, poco a poco, durante el resto de su vida.




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