Los siete colores del oceano

Silencio

Fue el abuelo quien notó primero la sombra que a veces se posaba sobre Elio sin avisar. No era tristeza exactamente —o no solo eso—, sino una especie de exilio hacia adentro, momentos en que el niño se quedaba mirando un punto fijo de la pared, como si en algún lugar detrás del yeso hubiera una puerta que solo él podía ver. Le pasaba después de la escuela, después de que los otros niños lo señalaran o se burlaran de sus manos moviéndose en el aire. Se sentaba en un rincón y ahí se quedaba, ausente, hasta que alguien —casi siempre la abuela— lo devolvía al mundo con un gesto suave sobre el hombro.

El abuelo, que había tocado el violín desde joven en fiestas de barrio y bodas humildes, guardaba el instrumento en un estuche gastado que rara vez abría ya, con las manos más torpes de lo que solían ser. Una tarde, viendo a Elio hundido otra vez en su rincón de silencio, lo sacó del estuche sin decir nada. Se sentó frente al niño y empezó a tocar.

Elio, por supuesto, no oyó una sola nota. Pero vio algo que le pareció más importante que cualquier sonido: vio la forma en que el cuerpo entero de su abuelo se transformaba con el arco, el modo en que cerraba los ojos, el temblor casi imperceptible de su mandíbula en las notas más altas. Vio que aquel hombre, que rara vez mostraba lo que sentía, se permitía sentirlo todo frente al violín.

Se acercó, y el abuelo, entendiendo sin palabras, le dejó apoyar una mano sobre la madera del instrumento. La vibración le subió por los dedos, por el brazo, hasta un lugar del pecho que Elio no sabía que existía. No era sonido. Era otra cosa —algo que solo él, quizás, podía sentir de esa manera: la música convertida en temblor, en pulso, en un idioma que no necesitaba oídos para ser entendido.

Desde ese día, el abuelo le enseñó a sostener el arco, a colocar los dedos sobre las cuerdas, a sentir con el cuerpo entero el compás que no podía escuchar. Elio aprendía observando, imitando, corrigiendo por tacto lo que otros corrigen por oído. Al principio el sonido que producía era torpe, quebrado, doloroso incluso para quienes sí podían oírlo. Pero el abuelo nunca se impacientó. Le corregía la postura con las manos, le mostraba con el propio cuerpo el ritmo, y esperaba.

Pasaron los años y el niño torpe se convirtió, sin que nadie lo planeara, en algo distinto. Su abuelo, una noche, después de escucharlo —o de *verlo* tocar, que para ambos ya era lo mismo— se llevó las manos al pecho y luego hacia Elio, con una seña que el niño ya conocía bien: *hermoso*. Y añadió otra, más lenta, casi solemne: *mejor que yo*.

Elio no le creyó esa noche. Tardaría años en descubrir que su abuelo nunca le había mentido en nada.




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