Los siete colores del oceano

Puños

Roma es una ciudad que ama la belleza y desconfía de lo diferente, y Elio, a medida que crecía, empezó a sentir el peso de ambas cosas al mismo tiempo. Sus ojos —esos siete azules imposibles mezclados en un solo iris— hacían que la gente se detuviera a mirarlo por la calle, encantados sin saber muy bien por qué. Pero bastaba con que él intentara hablar, con que de su garganta escapara ese sonido gutural y extraño que no podía controlar, para que el encanto se rompiera y la mirada cambiara de curiosidad a lástima, o peor, a un asco apenas disimulado.

Aprendió a distinguir los tipos de silencio que lo rodeaban. Estaba el silencio propio, el suyo, el que llevaba dentro desde la fiebre. Y estaba el silencio ajeno, el que la gente le imponía cuando decidía que no valía la pena esforzarse por entenderlo. Ese segundo silencio dolía de una manera distinta, más fría.

En la escuela, un grupo de niños había hecho de la imitación su juego favorito. Movían las manos de forma exagerada, se reían, imitaban el sonido que a veces se le escapaba a Elio sin que él pudiera oírlo. Él los miraba sin comprender del todo la crueldad —¿qué había hecho él para merecerla?— pero sí comprendía, con una claridad que dolía, el gesto de la burla, universal en cualquier idioma, sonoro o silencioso.

Llegaba a casa algunas tardes con la ropa sucia de haber sido empujado, o simplemente con los ojos enrojecidos de contener algo que no quería mostrar. Su abuela no necesitaba preguntar qué había pasado; el rostro de Elio ya se lo decía todo, en el único idioma que jamás miente: el del cuerpo cansado de resistir. Lo sentaba en su regazo, aunque ya no fuera edad para eso, y le peinaba el cabello con los dedos mientras el niño se dejaba consolar sin señas, sin palabras, solo con la certeza de que ahí, en esa casa pequeña y pobre, nadie lo miraría nunca con desprecio.

—*El mundo no siempre va a ser bueno contigo* —le dijo una vez el abuelo, con señas simples porque no había otra forma de decir algo tan grande—. *Pero tú no tienes que ser como el mundo.*

Elio no entendió del todo la frase esa tarde. La entendería años después, sentado frente a una fuente, tocando un violín para desconocidos que al principio también dudarían de él antes de rendirse ante lo que salía de sus manos.

Por ahora, sin embargo, era solo un niño aprendiendo una verdad amarga: que a veces el precio de ser distinto es tener que aprender, mucho antes que los demás, a sostenerse solo.




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