Los siete colores del oceano

Manos Cerradas

Sin el abuelo, el dinero que antes apenas alcanzaba dejó de alcanzar del todo. La abuela seguía vendiendo pan cada madrugada, con las manos cada vez más lentas y la espalda cada vez más curva, pero sus fuerzas de ochenta y cinco años no eran las de antes, y Elio, que ya era un hombre joven de diecisiete años, sintió que le correspondía a él sostener lo que quedaba de la casa.

Salió a buscar trabajo con la misma determinación con la que había aprendido a tocar el violín sin oírlo: sin quejarse, sin pedir compasión, solo pidiendo una oportunidad. Recorrió talleres, cocinas de restaurantes, mercados donde se necesitaban brazos para cargar cajas. En cada lugar la respuesta llegaba antes de que él terminara de mostrar el papel donde había escrito, con su letra cuidada, que era sordo y mudo pero que podía trabajar igual que cualquiera. Algunos ni siquiera leían el papel completo. Otros lo miraban con una lástima disfrazada de amabilidad que dolía más que un portazo directo: *lo siento, muchacho, pero no sabríamos cómo darte instrucciones.*

Volvía a casa cada tarde con las manos vacías y el orgullo un poco más golpeado, aunque procuraba que la abuela no lo notara. Ella, sin embargo, lo conocía demasiado bien —conocía el peso distinto de sus pasos cuando el día había ido mal— y en esas noches le servía la sopa más caliente, como si el calor de la comida pudiera compensar el frío de tantas puertas cerradas.

El invierno llegó temprano y duro ese año. Hubo noches en que cenaron solo pan del que no se había vendido, y otras en que ni eso, porque la abuela prefería guardar lo poco que quedaba para el desayuno. Elio, que había aprendido de niño a leer el mundo con los ojos porque los oídos no le servían, empezó también a ver el hambre reflejada en el rostro de su abuela: en las mejillas cada vez más hundidas, en las manos que temblaban un poco más al amasar.

Pero no se rindió. Había algo en él, heredado quizás del abuelo, que se negaba a aceptar que su cuerpo distinto fuera excusa suficiente para el mundo. Cada mañana volvía a salir, cada mañana volvía a tocar puertas que se cerraban, y cada noche volvía a casa con el violín todavía intacto en su estuche, como una promesa que aún no sabía cómo cumplir.

Fue una tarde de esas, volviendo con las manos vacías por enésima vez, que pasó frente a la Fontana di Trevi y la vio como nunca antes la había visto: no como un monumento para turistas, sino como un lugar lleno de gente, de movimiento, de oídos dispuestos a escuchar algo distinto en medio del ruido de la ciudad. Se quedó un rato observando, sin saber todavía que esa fuente estaba a punto de cambiarle la vida entera.

Esa noche, en casa, sacó del rincón el pequeño banco que su abuelo le había construido años atrás para que pudiera sentarse a practicar el violín con comodidad. Lo miró largo rato, como si el mueble le estuviera hablando. Y por primera vez en semanas, sintió algo parecido a la esperanza.




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