Los siete colores del oceano

Gesto

Salió de casa al amanecer, antes de que la abuela se despertara, para que no lo viera dudar. Llevaba el violín del abuelo en su estuche gastado y, bajo el brazo, el pequeño banco de madera que aquel mismo abuelo le había construido años atrás. Caminó por las calles de Roma que empezaban apenas a desperezarse, con ese temblor en el pecho que no era frío sino miedo, y con una pregunta que no lo dejaba en paz: *¿y si nadie se detiene? ¿Y si se ríen, como se rieron siempre?*

Llegó a la Fontana di Trevi cuando la luz de la mañana empezaba a dorar el mármol y el agua, y todavía había pocos turistas. Eligió un rincón discreto, cerca de la fuente pero no tanto como para estorbar, y ahí colocó su banco. Se sentó, abrió el estuche, y lo dejó abierto frente a él, como había visto hacer a otros músicos callejeros: una invitación silenciosa a quien quisiera dejar unas monedas.

Antes de tocar, sacó del bolsillo un papel doblado muchas veces, ya gastado en los pliegues, donde había escrito con letra cuidada: *Soy sordo y mudo. Quiero ayudar a mi familia y ser un gran violinista.* Lo apoyó contra el estuche, donde cualquiera pudiera leerlo, y respiró hondo.

Cerró los ojos —una costumbre que había aprendido de su abuelo, aunque a Elio no le hiciera falta cerrar los ojos para no distraerse con el sonido— y empezó a tocar.

No podía oír lo que salía del violín, pero sentía cada nota como una vibración que le subía por los brazos, por el pecho, hasta ese lugar donde guardaba todo lo que no podía decir con la boca: el abandono de sus padres, el amor de sus abuelos, la muerte reciente del hombre que le había enseñado a convertir el silencio en música. Tocaba como si cada compás fuera una frase que llevaba años queriendo pronunciar.

No supo, porque no podía saberlo, el efecto que sus manos estaban teniendo sobre los transeúntes. No supo que una mujer se detuvo con la mano en el pecho, ni que un grupo de turistas japoneses bajó las cámaras para simplemente escuchar, ni que un anciano se sentó en el borde de la fuente con los ojos húmedos, recordando quién sabe qué música de su propia juventud. Solo supo, al abrir los ojos entre pieza y pieza, que el estuche ya no estaba vacío: había monedas, y algún billete, y sobre todo había gente. Gente que se había detenido. Gente que, por primera vez en su vida, lo miraba tocar y no se reía.

Guardó esa primera mañana en la memoria con el mismo cuidado con que guardaba el violín en su estuche: como algo frágil y valioso. Volvió a casa con más dinero del que había visto en semanas, y con algo todavía más importante, aunque no supiera nombrarlo todavía —la certeza silenciosa de que había encontrado, por fin, un lugar en el mundo donde su diferencia no era motivo de vergüenza, sino la razón misma por la que la gente se detenía a escucharlo.

Volvió al día siguiente. Y al siguiente. Y al siguiente después de ese. La Fontana di Trevi se convirtió en su escenario, su sustento, y sin saberlo todavía, en el lugar donde el destino le tenía preparado algo que ni el violín más hermoso podría haberle anunciado.




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