Los Siglos Amándote

|Conexión Dorada|

Aquella especie de calabozo apenas presentaba cierta luz a través de pocas antorchas encendidas. Un espacio sucio, donde las ratas se desplazaban libremente como si fuese todo hecho para ellas aunque en realidad no. Paredes de piedras grises alrededor, algunas rodeadas de musgo que crecía y nadie frenaba. Parecía todo en silencio, pero no uno cualquiera.

Era un silencio como de velorio.

Tal cual la muerte llega y todo calla. A veces llega con aviso y otras donde caía de sorpresa, haciendo todo inevitable.

El sonido colectivo de pisadas fué el que rompió todo. Entre los pasillos, a pasos apurados, aparecía un hombre de mediana edad que era sacerdote. Sus ropas eran de lino blanca y puro, totalmente aseado. Portaba una máscara de cobre, una que solo lo usaba para estar allí. Aquella careta era bastante extraña en diseño, creando un aire de inquietud. Además de que en sus manos traía una daga, creando más tensión en aquél ambiente. Escoltándolo, otros dos hombres con máscaras de hierro.

Y atrás de ellos, un muchacho de apenas trece años de edad. No llevaba algo con qué cubrir su rostro como los otros mayores, no temía en demostrar quién era. Sus ropas eran andrajosas, y sucias como si fueran de hace semanas. Un cinturón de cuero viejo, llevando vendaje. Descalzo, sintiendo como el frío del suelo mordía sus pies con cada paso. La tez ciertamente blanca, con las mejillas enrojecidas apenitas. Su cabello negro como las plumas de cuervo le llegaban a la base del cuello, tan liso y fino que solo parecían tiras. Uno de sus ojos era oscuro tal cual su pelo pero el otro... El otro presentaba ya gran claridad que demostraba que estaba ciego de ese ojo.

No llevaba una daga como el sacerdote, él iba sin nada en las manos pero por lo tanto estaba ahí, en ese lugar donde utilizaban la sangre solo para cumplir deseos profundos. El muchachito había oído por sí mismo la cantidad de tortura causada en uno de los lugares perfectamente escondidos de la catedral, y ahora estaba exactamente ahí.

Al fondo de ese pasillo semi oscuro, había una celda iluminada de una sola antorcha prendida. Uno de aquellos escoltas caminó al frente y sacando una llave. Con extrema lentitud que fué totalmente inquietante para el pelinegro, fué abriendo. Pronto, ese hombre se hizo a un lado dejando que el chico pase.

Ingresó con cierta indesición a la celda por solo verlo. Ese chico de su misma edad y de aspecto tan inusual estaba ahí, colgado de la pared. Con las muñecas atrapadas entre cadenas y los pies flojos a centímetros del suelo. Ese muchachito presentaba -lo que para el pelinegro era peculiar- gran blancura en todo su cuerpo. La tez era pálida, presentando cicatrices tanto viejas como nuevas, a veces también heridas todavía abiertas. Las ropas, aunque hubieran sido presentables se encontraban tan arruinadas que mostraban la crueldad vivida allí. El cabello níveo y corto como el corte de una mujer, con suciedad aún. Esos ojos entre tonalidad de rojo o morado, o quizás gris; esos ya no tenían brillo, estaban apagados. Su respiración era entrecortada como si hiciera el esfuerzo. Estaba cansado ya.

Moribundo.

El pelinegro sintió una punzada de pena al verlo. No era justo tener a alguien sufriendo de esa manera. Pero era hora de cumplir su pequeño deseo, y esperaba no tener que derramar tanta sangre.

El albino solo veía como se llevaría a cabo el próximo anhelo al que debería dar su sangre. Cerró los ojos, esperando alguna daga clavarse en algún lugar de su cuerpo. Pero no ocurrió. Solo sintió dolor en su índice, teniendo que abrir los ojos y recibir la sorpresa de que el muchachito había pinchado su dedo con una aguja. En vez de brotar el carmesí común de un humano, brotaba dorado. Un verdadero espectáculo de ver, como si el chico de blancura impresionante tuviera oro fundido corriendo por sus venas.

Según contaba la leyenda, quien derrame aquel líquido podría cumplir un deseo profundo. Y resultaba siendo verdad.

—Deseo que mi hermano mayor se recupere —Susurró el menor ya al ver brotar la sangre.

El sacerdote, fuera de la celda, bajo la máscara de bronce no podía creer eso. Pero a la vez lo contó como algo válido la humildad del chiquillo.

—Lamento mucho tener que haber hecho esto sabiendo el dolor que siguen trayendo las otras —Murmuró el pelinegro, mirando hacia los ojos del albino.

Sacó el vendaje que traía en su cinturón. El chico encadenado, observó aquello con curiosidad. Sus ojos recuperaron el brillo cuando el muchachito comenzó a vendar sus heridas. El de cabellos oscuros pedía bajo consentimiento poder levantar un poco la ropa y despegarla de la sangre seca así poder seguir dando vendaje. Al acabar sonrió muy apenas. Levantó su mirada hacia el chico encadenado.

—Es lo poco que puedo hacer —Dijo poniendo su palma en el pecho del chico.

Pero en el albino, algo se desató en aquél contacto. Un destello dorado creado entre su pecho y la mano del pelinegro. Algo que quizás otros no veían, pero él sí. Eso era conexión, una conexión dorada.

—Es innecesario que lo sepas, pero mi nombre es Einar. —El pelinegro sonrió. Por si le llegase a quedar eso como recuerdo bonito, por lo menos el otro chico sabría su nombre.

—El... Mío es... —Empezó a decir con esfuerzo. Su voz era baja y calma como el agua. Fué interrumpido antes que pudiera decirlo.

—Ya es suficiente, niños. —Retumbó la voz del sacerdote, ingresando a la celda. Con la daga preparada en manos.

El siguiente deseo sería el más duro de todos. Era ya sabido. Einar se dió cuenta de esas intenciones del hombre, así que se puso en medio del camino.

—No puede hacer esto —Lo enfrentó —. Usted es un sacerdote, esto está en contra de su reglamento. De las órdenes que usted sigue.

El hombre estaba molesto, tratando de hacer a un lado al menor; pero este seguía igual de terco y continuaba metiéndose en su camino tratando de impedir lo que estaba a punto de hacer.




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